Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Las Ideas Tienen Efectos
Selección de ContraPeso.info
1 septiembre 2000
Sección: EFECTOS NO INTENCIONALES, Sección: AmaYi
Catalogado en: , ,


Las ideas tienen consecuencias. Más aún, tienen consecuencias inesperadas y no intencionales. Esta es una realidad y Johnson la ilustra magistralmente en el inicio de uno de sus libros. Si nos preguntamos las razones de las guerras y conflictos nacionalistas, o de la existencia en pleno siglo XX de los regímenes más crueles de la historia, Johnson nos da respuestas sorprendentes por su profundidad.

Las ideas sí tienen consecuencias, tan grandes que quizá por su tamaño las dejamos de ver.

La obra consultada para esta carta fue el libro de Johnson, Paul (1992). MODERN TIMES: THE WORLD FROM THE TWENTIES TO THE NINETIES. New York, N.Y. HarperPerennial. 0060922834, chapter 1, A Relativistic World, pp.1-48.

Es un libro sumamente fundamentado y excepcionalmente interesante que se ha traducido al castellano y que es una buena lectura ahora, en el final de este milenio (además de celebrarse, por cierto, con esta carta el quinto aniversario de Ama-Yi®).

Según el autor, el mundo moderno inició el 29 de mayo de 1919, el día en el que las fotografías del eclipse solar visto en el Isla Príncipe cerca de Africa Occidental, confirmaron la verdad de una nueva teoría sobre el universo.

Fueron tres pruebas las que Einstein exigió para aceptar como ciertas sus ideas.

Esta actitud de exigencia científica era muy diferente al dogmatismo de Marx, Freud, Adler y sus seguidores. Si las pruebas no confirmaban su teoría había que echarla a la basura.

Las confirmaciones de las ideas de Einstein atrajeron la atención mundial y él se convirtió en un héroe, un nombre mencionado por todos, cuyas teorías tuvieron un efecto enorme, incluyendo lo que Popper llamó después la Ley de las Consecuencias No Intencionales.

La idea de que no hay un movimiento absoluto, dentro del terreno científico, inició una etapa de popularización que creó la noción de que tampoco hay absolutos en el bien y el mal, en el conocimiento y en el valor.

Einstein reconoció este efecto imprevisto y trató sin éxito de evitarlo.

El caso de Einstein ilustra el impacto doble de los grandes innovadores científicos. Cambian nuestra percepción del mundo físico y elevan nuestro dominio sobre él.

Pero también cambian nuestras ideas, un efecto que es más drástico que el primero, para bien o para mal, y tienen más influencia que un político.

Es el caso de Darwin y el efecto que tuvo en la lucha de clases en el marxismo y las filosofías extremas que crearon al Hitlerismo.

La Teoría de la Relatividad, sin quererlo su autor, golpeó las creencias tradicionales, la fe y la moral de la cultura Judeo-Cristiana. Se comenzó a pensar que todo es relativo.

El efecto no intencional de esa teoría fue ampliado por haber coincidido en el tiempo con la recepción pública de las ideas de Freud, las que sin base científica contrastaban con la posición de Einstein.

Freud veía como enfermos a quienes no coincidían con sus tesis, una noción que dio más tarde origen a los hospitales mentales de la URSS para los disidentes políticos.

De grandes cualidades literarias y más un artista que un científico, Freud dejó que el radio de sus juicios se ampliara a toda acción humana y creó con singular habilidad palabras y frases muy contagiosas, como el inconsciente, la sexualidad infantil, el complejo de inferioridad, la sublimación y el super-ego.

Siendo agnóstico, Freud analizó a la religión creyendo que era una invención humana, una ilusión masiva. Esto, junto con el resto de sus ideas, creó la impresión de estar frente a algo nuevo que lo podía explicar todo, presentándose como la culminación de muchas ideas a medio terminar de los intelectuales.

Freud nos creó la idea de un sentido de culpa, no como un resultado del vicio, sino como el efecto de la virtud. La culpa se tornó un sentimiento colectivo.

Combinadas las consecuencias de las ideas de Einstein y Freud, después de la I Guerra Mundial, crearon la noción de una revolución en el mundo de la cultura.

Era ya un mundo a la deriva, sin los principios que lo guiaron en el siglo anterior.

Fueron los tiempos del surgimiento del Cubismo, del Expresionismo, del Surrealismo, de Dada; de James Joyce, Proust, Diaghilev, Picasso. Era la noción de una gran lucha, ya con una dimensión política, que destruiría el mundo viejo para construir uno nuevo.

La novela del siglo anterior habló de la moral, la responsabilidad personal, de los valores Judeo-Cristianos, pero la literatura de principios del siglo XX introdujo al anti-héroe y al desprecio de la moral y la libertad.

Estas ideas coincidían con el marxismo, ya en el poder, que clamó poder ver el fondo de las cosas y así decir que somos las víctimas de fuerzas irresistibles de procesos económicos que desconocemos.

El efecto de todo esto fue el ataque a las bases del sentido de responsabilidad personal, del deber individual y de un código moral objetivo, lo que había sido el eje del siglo XIX, a lo que se añadió la formación de un pesimismo general.

Es una regla, continúa Johnson, que los hombres somos en exceso crueles y despiadados no por malicia tanto como por un sentido extremo de querer el bien.

Los individuos, además, no tienen tanta capacidad de hacer el mal como los gobiernos, cuyas buenas intenciones pueden crear males sin límite.

La I Guerra Mundial produjo un aumento en el tamaño de los gobiernos, especialmente el Alemania, Japón, pero notablemente en la Rusia Imperial, lo que fue un factor de mucho peso para ese conflicto por parte de Alemania.

Lenin de hecho heredó un gobierno de capitalismo de estado y copió a los alemanes muchos de sus arreglos.

En el Occidente sucedió lo mismo, los gobiernos crecieron y aumentaron su poder. Se creó un espíritu corporativista y resurgió el sentimiento de patriotismo intolerante. Los gobiernos, más grandes, se expandieron para la destrucción de sus enemigos y para el dominio de sus ciudadanos.

Todas esas ideas combinadas crearon en la juventud un sentido de guerra, que se perdió para el invierno de 1916-17, culpándose a los gobernantes. Cayendo las monarquías que eran la única y débil liga unificadora de las sociedades, ellas fueron sustituidas por la idea del nacionalismo y su consecuencia, la auto-determinación, lo que se entendió como el acomodo de fronteras de acuerdo a preferencia étnicas.

Los términos de la rendición alemana, además, fueron fatales por su falta de atención en las consecuencias económicas, señaladas por Keynes en una obra que ayudó a que esas consecuencias fueran peores.

La Liga de las Naciones, creada por pacifistas, se entendió como un sustituto moral del posible uso de la fuerza contra agresores, con la posibilidad de crear un sentido falso de tranquilidad que daba ventajas al agresor.

La debilidad de la presidencia estadounidense con Wilson no ayudó y manejó con simplismo las cuestiones de deuda por la guerra, lo que culminó en la ocupación del Ruhr. La inflación, no existente el siglo anterior, surgió en proporciones alarmantes.

Para 1919, prácticamente todos los intelectuales europeos adoptaron la tesis de la auto-determinación como un principio moral fundamental, excepto Popper y otros pocos que argumentaron que ese principio era auto-destructivo, pues al liberarse pueblos y minorías se creaban más minorías.

Fue así que se creó la razón de conflictos y guerras, poco conocidas, entre 1919 y 1922, que dejaron terribles resentimientos que se mantuvieron por años y contribuyeron a la inestabilidad europea posterior.

Los regímenes nacionalistas, con gobiernos más grandes, fueron menos tolerantes que las monarquías anteriores. Los nacionalismos irreconciliables, controlados en el siglo XIX, se destaparon hasta que Hitler y Stalin los dominaron por la fuerza.

Hubo en esa época corrientes de pensamiento que mostraban un mundo sin rumbo, sin la guía de la moral y la ley tradicional. Ese mundo a la deriva fue dominado por la autoridad usando cualquier medio. Fue una invitación al poder y al dominio.

Marx describió al mundo como uno en el que la fuerza principal era el interés económico. Freud dejó la idea de un mundo guiado por el sexo. Los dos creyeron que la religión siempre había sido una fantasía y una ilusión que movía a las masas.

Pero hubo un tercer intelectual que también ofreció sus ideas en el siglo XIX, con efecto posterior, Nietzche, otro ateo, que entendió a Dios no como una quimera, sino como un difunto, el Dios Cristiano ya no era sostenible.

En los países avanzados el colapso de las creencias religiosas dejó un enorme vacío y la historia del siglo XX es la historia de cómo ese vacío fue llenado, lo que Nietzche percibió muy bien: el candidato más probable para llenar ese vacío es el Deseo de Poder.

Esta es una mejor explicación que la de Marx o la de Freud, según Johnson.

En lugar de creencias religiosas se creó la ideología secular. Los puestos de la clerecía totalitaria de antes fueron llenados por los políticos totalitarios.

El Deseo de Poder creó también un nuevo tipo de salvador o mesías que sin limitaciones morales tiene un apetito insaciable de control.

El ataque a las ideas del viejo orden del siglo XIX creó un mundo a la deriva que se tornó en una invitación irresistible a políticos sin escrúpulos que aparecieron de inmediato.

La colección completa de resúmenes de AmaYi en tres partes, puede encontrarse aquí:

Ideas Económicas

Ideas Políticas

Ideas Culturales

La sección AmaYi de ContraPeso.info fue fundada en septiembre de 1995 y desde entonces publica un resumen mensual de grandes ideas encontradas en diferentes publicaciones.





esp
Búsqueda
Tema
Fecha
Newsletter
RSS Facebook
Extras