Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Retrato Hablado
Eduardo García Gaspar
22 octubre 2004
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
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Para quienes tenemos cierta cantidad de años, es sencillo recordar uno de los temas favoritos en las épocas en las que los rumores del “tapado” eran cosa común.

Era sabido que el presidente en turno nombraba a su sucesor y que era revelada una serie de nombres de personajes presidenciables cuyas cualidades era discutidas.

Las elecciones de julio eran lo de menos. La real elección se realizaba antes de ellas, después de esa difusión y discusión de los presidenciables. Una de las partes tradicionales de ese proceso, por algún tiempo, fue la emisión de la serie de cualidades y virtudes que el futuro presidente debía tener.

Así es que se hablaba de que debía ser nacionalista, estar comprometido con la revolución, tener trayectoria comprobada, poseer compromiso con los intereses populares y toda una retahíla de atributos que justificaran su elección y garantizaran una buena presidencia.

Era una ceremonia desde luego, pero había algo positivo en todo esto y eso era discutir las cualidades de los candidatos del PRI.

Eso generaba, si no recuerdo mal, una buena especulación acerca de lo que sería su sexenio, algo mucho más profundo de lo que se hizo con Fox, cuando se habló más del hartazgo priista que de lo que sucedería en este sexenio con él en la presidencia.

En fin, me parece una costumbre saludable el retomar eso de examinar las cualidades del futuro presidente, en estas adelantadas fechas, causadas por la miopías martianas y lopistas.

En esta segunda opinión, una de las mayores cualidades de un presidente es la humildad, muy necesaria en una posición en la que se pierde piso y se ganan adulaciones. Lo contrario de la humildad es la soberbia, el peor de todos los defectos humanos. Es decir, si no es humilde, al menos debe ser lo menos soberbio posible.

Recordemos la soberbia frivolidad del López Portillo y el soberbio mesianismo de Echeverría. Fuertes contrastes contra, por ejemplo, Zedillo. Llevado a su extremo, el mejor presidente es el que no quiere serlo, el que no gusta del poder ni la adicción que él crea.

En la vieja Atenas, después de la dictadura de Hipías, en el siglo 5 a.C., se estableció una votación anual muy singular. Los ciudadanos votaban seleccionado a una persona, no para ocupar un puesto político, sino para sacar a esa persona de la ciudad por tener demasiadas ambiciones de poder. Si alguien recibía más de un determinado número de votos, se le exilaba diez años. Eso remediaba la existencia de gente con ambiciones exageradas.

No es una mala idea y confirma que una cualidad del político debe ser la humildad, o bien la no adicción al poder. La siguiente cualidad que me gustaría ver es la prudencia, definida como la sabiduría para ver los efectos futuros de las decisiones presentes, una virtud que no es propia, por ejemplo, en esa terrible “pareja presidencial.”

La prudencia es una vacuna contra el populismo y el populismo, lo sabemos, nos condujo a la peor crisis de nuestra historia. Igualmente, la prudencia es un antídoto del mucho hablar, lo que lleva a aceptar que debemos evitar al que adora ser escuchado. Se ha puesto de moda recientemente, aunque es una idea muy vieja, la noción de la rendición de cuentas.

Puede ser vista como un sentido amplio de responsabilidad personal que acarrea el reconocer errores y aceptar equivocaciones.

Visto del otro lado, esto significa evitar a todo aquel que culpa a los demás de lo que él provoca. Recordemos a López Portillo y su creación de un chivo expiatorio en los banqueros y empresarios. Un buen presidente sería el que no tiene un historial de culpar a otros de las consecuencias que él crea.

Igualmente, es deseable, muy deseable, un gobernante realista, es decir, que reconozca que la realidad exista. Esto es lo contrario de un tipo que vive en el ensueño que él mismo crea y que toma decisiones creyendo que eso es la realidad.

Debe tener ambiciones pero sus pies deben estar fuertemente plantados en la tierra, viendo la suciedad que de seguro hay allí. Recordemos que el poder tiende a atontar y que el poder absoluto embrutece totalmente.

Las demás cualidades en las que usted piensa son buenas también, como la honestidad, la experiencia y todas esas que se nos ocurran, como el tener oficio democrático y no ansia personal. Sin embargo, con las anteriores cualidades, esta segunda opinión ha querido ir algo más a fondo de lo que se suele ir.

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