Una curiosa idea que resalta la noción de efectos no intencionales. Sobre todo la idea de que buscando un bien personal se logra un bien ajeno. Y lo contrario, buscando un bien ajeno podrá tenerse un mal general. Hacer el bien sin quererlo ni buscarlo, sin intención.

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Introducción

La coincidencia es fascinante. Comienza con una publicación de 1776 que contiene una idea quizá no tan original como bien expresada, y sigue en 1835. En ese año se publicó otra idea curiosamente similar.

Es la idea de que existe la posibilidad de hacer el bien sin quererlo ni buscarlo. De que sin haber intención personal, el individuo puede hacer el bien. Y lo opuesto, queriendo hacer el bien, la persona hará el mal.

Empecemos por casi el principio.

Primero, Adam Smith

Vayamos a 1776 y La Riqueza de las Naciones, el libro de A. Smith (1723-1790). Escribió allí que, «No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés».

Otro forma de poner eso mismo es esta cita,

«Cada individuo está siempre esforzándose para encontrar la inversión más beneficiosa para cualquier capital que tenga […] Al orientar esa actividad de modo que produzca un valor máximo, él busca solo su propio beneficio, pero en este caso como en otros, una mano invisible lo conduce a promover un objetivo que no entraba en su propósitos […] Al perseguir su propio interés frecuentemente fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si de hecho intentase fomentarlo».

La idea es atrayente, siempre lo ha sido. La frase del carnicero se cita una y otra vez. La clave está en «Al perseguir su propio interés frecuentemente fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si de hecho intentase fomentarlo».

Esto sucede porque resulta todo un descubrimiento que queriendo hacer algo, como buscar mi propio beneficio, termino haciendo también algo que ni siquiera he pensado, un bien para el resto.

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Segundo, Tocqueville

Vayamos ahora una buena cantidad de años más tarde, a 1835, con otro libro, La Democracia en América, de A. de Tocqueville (1805-1859). De allí hago la cita:

«… donde los funcionarios públicos no tienen interés de clase que hacer prevalecer, la marcha general y continua de gobierno es benéfica, aunque los gobernantes sean a veces inhábiles y despreciables… Así es como sucede que, en los gobiernos aristocráticos, los hombres públicos hagan el mal sin quererlo y en las democracias produzcan el bien sin haberlo pensado».

La misma idea básica, la de hacer el bien (o el mal) sin realmente buscarlo ni quererlo.

Théodore Chassériau - Alexis de Tocqueville

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Tercero, Mandeville

Es curioso que la idea original haya nacido antes, con Bernard de Mandeville (1670-1733) y su libro La Fábula de las Abejas, de 1705. Allí creó lo que ahora se conoce como la Teoría de los Efectos no Intencionales.

Es decir, las personas pueden hacer el bien o el mal sin quererlo ni buscarlo. Todo un descubrimiento.

Buscar el bien sin quererlo

¿Como funciona esa posibilidad? En resumen, esquemáticamente funciona así:

  • Una persona A cualquiera realiza una acción con la intención i, la que sea.
  • Esa misma acción de A también tuvo el efecto e en la persona B, y que A no había considerado.
  • Por tanto la acción de A tuvo un efecto, bueno o malo, en la persona B y que no fue parte de la intención de A.

Igual que el carnicero que vende sus productos buscado su propio beneficio y sin tomarlo en cuenta, hace posible que otros puedan comer.

La creación de todo un sistema no intencional

Más aún, buscando todos vender sus productos y teniendo como meta su bienestar personal, se logra tener un sistema que es benéfico para todos. El carnicero puede tener la cerveza y el pan que él no produce.

Sin tener intereses de clase, los gobernantes democráticos lograrán buenos resultados a pesar de sus incapacidades.

La Fábula de las Abejas es más cínica, una sátira en la que se muestra que algunos vicios privados resultan de beneficio público. La historia narra cómo la decisión de los habitantes de una sociedad de no robar lleva a la ruina a los fabricantes de cerraduras, candados y rejas.

Una idea contra intuitiva

Estamos frente a una idea que lleva su tiempo entender. No es precisamente algo nuevo y desconocido, pero costará trabajo aceptar que sin quererlo, cualquier puede beneficiar a otros (o dañarlos).

Una idea que contiene una lección personal: esforzarse en anticipar efectos no buscados posibles ocasionados por acciones que buscan un objetivo intencional. Pueden ser efectos no intencionales buenos, pero sobre todo habrá que cuidarse de los malos.

Y hay, sobre todo, una lección para los gobernantes. Una lección de prudencia y sabiduría, la de tratar de anticipar efectos imprevistos, no buscados, buenos y malos… y considerarlos en sus decisiones.

Con una precaución difícil: esos efectos no intencionales no son intuitivos, requieren cierto refinamiento en el uso de la razón.

Por ejemplo, el caso de un político que proponía elevar impuestos a los artículos de lujo, con lo que elevaría la captación de recursos fiscales. Nunca entendió que en la realidad, esa captación podía bajar, que se perderían empleos, que se generaría contrabando….

Esta es la misma razón por la que muchas medidas buenas son rechazadas, porque en apariencia sus objetivos son malos, aunque sus efectos colaterales sean una maravilla. Por ejemplo, el dejar libres los precios, lo que puede dar la apariencia de que subirán, aunque en realidad sin buscarlo intencionalmente bajarán.

Queriendo un bien personal se logra un bien ajeno (o un mal)

El caso del panadero de Adam Smith es llamativo. Puede verse un mecanismo curioso.

  • El panadero A busca su beneficio b, que es ganar dinero y vivir mejor.
  • Para lograr b, A ofrece pan en venta entre otros varios que hacen lo mismo.
  • Eso hace que las persona C, D, E, F… puedan encontrar pan a precios accesible y este es un beneficio que A no tuvo como intención, pero que es real.

El principio general es claro. Buscando un beneficio personal al ofrecer sus bienes, los productores también benefician a otros, siempre que se cumplan ciertas características, como la de la competencia.

Pero, también, puede suceder lo opuesto: queriendo hacer algo bueno por otros terminar lastimándolos sin intención (efectos no intencionales negativos).

Otra manera de ver esto: el buen economista… y el malo. Entra Hazlitt

Entre buenas y malas políticas económicas se encuentra la diferencia misma que hay entre un buen economista y uno malo, lo que también puede calificar también al buen gobernante y al malo.

H. Hazlitt (1894-1993) lo ha expresado con brevedad en una obra clásica:

«El mal economista solo ve lo que se advierte de un modo inmediato, mientras que el buen economista percibe también más allá. El primero tan sólo contempla las consecuencias directas del plan a aplicar; el segundo no desatiende las indirectas y más lejanas. Aquél solo considera los efectos de una determinada política, en el pasado o en el futuro, sobre cierto sector; este se preocupa también de los efectos que tal política ejercerá sobre todos los grupos». H. Hazlitt, Economía en Una Lección

La disimilitud es diáfana y se trata de la amplitud de panorama en la visión de cada uno. Del panorama restringido y limitado de uno a la perspectiva amplia y libre del otro. Es lo que está detrás de la idea de hacer un bien a otros sin quererlo.

Un ejemplo flamante y notable del panorama restringido es la política proteccionista en contra del comercio libre entre naciones, como la que México adoptó durante años y que tiene una antigua tradición mundial. Un caso de querer hacer un bien y lograr un mal.

La crítica usual contra el proteccionismo usa al efecto en el consumidor como la parte dañada e ignorada. El proteccionista defiende a la industria y al empleo nacional lo que intenta restringiendo o prohibiendo mercancías extranjeras, y creyendo que eso fortalecerá a la industria y al empleo.

Lo hará en cierta medida, pero olvida que los productos nacionales serán más caros que los importados, lo que producirá un efecto negativo en los trabajadores a quien quiso proteger, por no mencionar la posibilidad de contraofensivas de otros países restringiendo las importaciones del país que las impuso primero.

Visión amplia y restringida

El asunto central que quiero enfatizar es el de la visión miope y la visión amplia. Obviamente, con la visión amplia, el buen gobernante no podría justificar la protección industrial de su país cerrando sus fronteras a las importaciones.

No es eso todo, en otra obra del mismo autor se tiene la misma idea, solo que ahora examinando a Keynes:

«Lo que Keynes ilustra […] es su persistente falacia (sobre la que descansa la estructura total de su Teoría General) de considerar los efectos de las tasas de interés solo en los deudores y no en los acreedores, el efecto de los salarios solo en los ingresos de los trabajadores y nunca en los costos de los emprendedores». H. Hazlitt The Failure of the New Economics

No es nueva la distinción hecha por Hazlitt. Ya había sido hecha por otro personaje, F. Bastiat (1801-1850): un buen economista ve las consecuencias generales de las acciones económicas, pero no hace eso un mal economista.

«Toda la diferencia entre un mal y un buen economista es esta: uno se limita al efecto visible; el otro tiene en cuenta el efecto que se ve y los que hay que prever». bastiat.org

Un asunto de examinar efectos no intencionales

Lo que he expuesto citando a esos dos personajes no es un asunto arduo de intuir. Cualquier persona con una mínima capacidad podrá discernir que antes de actuar resulta conveniente pensar en los efectos totales que tendrá el acto realizado.

Trasladar a la arena política ilustra, de otra manera, lo que estoy intentando comunicar. Por ejemplo:

• El mal gobernante o economista actúa prometiendo y realizando acciones con un panorama limitado a los efectos inmediatos que busca en ciertos segmentos o sectores.
• El buen gobernante actúa prometiendo y realizando acciones con un panorama general ampliado a los efectos inmediatos y posteriores en todos los segmentos y sectores.

Ventana de ideas relacionadas

📍 La idea de hacer un bien sin quererlo tiene su contrapartida, la de querer hacer un bien y producir un mal. Los dos son casos de efectos visibles e invisibles en los que se sucumbe a la falacia de la buena intención.

📍 El empresario que buscando su bienestar y mayores ganacias ofrece mercancías en un libre mercado es el caso más célebre de todos. Va contra la primera impresión que contempla una acción de egoísmo sin percatarse del cúmulo de efectos en la enorme complejidad económica. Este es el campo de la «la mano invisible» y del arte de anticipar consecuencias.

📍 El caso opuesto es el de esos que argumentan tener las más admirables intenciones pero cuyas acciones producen consecuencias malas. Este es el problema de, por ejemplo, los efectos secundarios de los programas sociales y su diferencia con programas sociales exitosos.

📍 Muestra también el caso de conceptos como justicia social y los problemas que operan en contra de su objetivo. O el de los mercados negros y economía informal y, en general, los efectos colaterales del intervencionismo.

S📍 e trata de un asunto de perspicacia y prudencia, que encuentra un caso notable en la prohibición de bebidas alcohólicas y toma la forma de lecciones económicas no aprendidas.

Conclusión

Mi intención ha sido resaltar la idea de que existen acciones personales por las que buscando un bien personal se logran también, sin quererlo, beneficiar a otros. Un caso notable de esto son los mercados libres competitivos.

Y apuntar también, la idea de que es posible y sucede con frecuencia, que queriendo hacer un bien en otros, un gobernante termine por dañar a todos con efecto colateral.


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[Actualización última: 2022-02]

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Más de cuatro décadas de escribir columnas de opinión y análisis políticos en periódicos y en línea. Autor de tres libros.