Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Menor de los Males
Eduardo García Gaspar
31 octubre 2006
Sección: GOBIERNO, Sección: Una Segunda Opinión
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Hay en los gobernantes un deseo ilimitado de hacer de la sociedad que gobiernan un mundo perfecto. Los deseos son admirables, pero la hipótesis es irreal. Nuestro mundo no es perfecto ni lo podrá ser. Intentarlo puede llegar a crear más problemas, más intensos, que produzcan situaciones más graves que las que se intentó resolver.

En política el gobernante se enfrenta a situaciones concretas que debe resolver, por ejemplo, la autorización de casas de mala nota, la legalización de las drogas, la limitación de los derechos humanos de los criminales y muchas otras más. Son problemas difíciles, prácticos y concretos, que requieren gran sutileza de análisis. Tomemos el ejemplo de la prostitución.

En la reacción inicial y comprensible, creo que todos estaremos de acuerdo en el principio central de que es mejor una sociedad en la que esa actividad no existe. La prostitución rebaja a las personas, daña sus cuerpos, ataca su dignidad. Muy bien, estamos de acuerdo en eso. Pero ahora aterricemos en el mundo real y pongámonos en los zapatos del político.

¿Deberá autorizar lugares de prostitución? Sabemos que el ideal diría que no y la medida más simple del político es prohibirla y combatirla, no diferente a lo que se hace ahora con las drogas. Pero ¿qué sucederá si eso se hace? Probablemente la prostitución se haga ocultamente, en situaciones riesgosas para todos, sin control. ¿Hay otra opción?

Sí, la de autorizar esa actividad. Suena terrible, pero quizá sea el menor de los males. Hay opiniones en favor de esa posición. Vienen de varias fuentes, una de ellas San Agustín. Se trata de reconocer la realidad de una naturaleza humana y aceptar la opción que menos males causa. No es fácil, ni sencillo, pero puede ser la mejor. Y esto es una muestra de la imperfección natural de nuestro mundo, el aceptar que una solución es el decidir por el menor de los males.

El otro caso es el del combate a las drogas. Al respecto sabemos que no ha dado resultado y que cuando eso mismo se aplicó con las bebidas alcohólicas, tampoco funcionó. ¿Será mejor una sociedad con drogas permitidas? Todo lo que sabemos hasta ahora sugiere fuertemente que sí. Legalizarlas producirá una sociedad imperfecta, pero menos que una sociedad en la que ellas estén prohibidas.

Los mayores problemas surgen cuando se cree que sí es posible una sociedad perfecta y se intenta tomando medidas que crean mayores males. Los dos ejemplos anteriores ilustran eso, como también lo hace la prohibición del juego. Hay más ejemplos, uno de ellos muy clásico, el de los controles de precios, haciendo que las rentas de vivienda se congelen, como se ha hecho en tantas partes.

No hay duda de que los gobernantes perseguían un bien, el de ayudar a quienes viven en casas y apartamentos rentados, pero sus efectos reales son peores. Debía optarse por la política contraria, la de permitir el libre establecimiento de precios de renta. Tampoco una medida ideal, pero mejor que la opuesta. Lo mismo sucede con las leyes sesgadas en beneficio del trabajador y muchas otras cosas.

Creo que el punto bien vale una segunda opinión: reconocer que el mundo es imperfecto es un gran paso en dirección de la aceptación de decisiones que son de beneficio real. Los buenos deseos no son suficientes. La realidad tiene sus reglas y para dominarla, hay que respetar esas reglas. Parecería todo esto una meditación filosófica un tanto inútil sino fuera por su consecuencia política.

Reconocer una realidad imperfecta abre puentes para acuerdos entre las diferentes posturas políticas. Conservadores, socialistas y liberales podrían facilitar sus acuerdos aceptando que ninguna de sus soluciones produce un mundo ideal y sus acuerdos podrían basarse en un criterios obvios, como el respetar la dignidad humana y considerar los efectos de largo plazo en toda la sociedad.

Si el anterior es mi punto central, mi intención es también clara: construir posiciones propicias a abrir diálogos en posturas políticas que se han ido radicalizando y han recurrido a la violencia para la imposición de puntos partidistas. Es de gran importancia mostrar que la violencia no es el camino, ni el radicalismo una postura adecuada en política.

POST SCRIPTUM

La referencia a San Agustín está en Ratzinger, Joseph, Seewald, Peter (1997). SALT OF THE EARTH : CHRISTIANITY AND THE CATHOLIC CHURCH AT THE END OF THE MILLENNIUM. San Francisco. Ignatius Press. 0898706408, p. 99.


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