Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Imposible Experimentar Siempre
Leonardo Girondella Mora
13 marzo 2007
Sección: CIENCIA, Sección: Asuntos
Catalogado en: ,


Colocar toda la confianza en la razón y dejar que ella sea el más grande valor humano tiene dos posibles acepciones:

• La total confianza en la razón y su poder para con ella conocer la realidad que rodea al ser humano, entendiéndola y elevando a la razón como el criterio máximo a seguir, por lo que la vida es regida bajo el criterio de que todo aquello que no pueda ser explicado por la razón es desechado.

• La ponderada confianza en la razón y su poder para conocer a la realidad y explicarla, pero reconociendo que parte del proceso de aprendizaje es el ensayo-error, por lo que la vida es regida por un principio que establece que hay cosas que la razón no explica y que no por ello deben ser puestas de lado.

La diferencia entre ambas posiciones es su dosis de confianza en la razón, desde la total hasta la prudente. La total confianza en la razón lleva, en las ciencias en las que la observación es posible, a crear el hábito de ignorar como nulo valor todo lo que no sea sujeto de esa observación.

La consecuencia de esta forma de pensar limita al saber humano a lo que es sujeto de observación científica, como la reacción de sustancias químicas o las tasas de inflación y su relación con el gasto gubernamental.

Desde luego, esa posición de total confianza tiene un problema inherente e innegable: las equivocaciones humanas, los errores de la razón, las pifias de la ciencia. Las ha habido, existen y no hay razón para decir que ellas se han terminado. Siguen cometiéndose.

Es verdad que el trayecto general de la ciencia es de progreso, pero si esa es la tendencia general, también incluye errores que hacen al menos tener que reconocer que la razón tiene errores y que no es perfecta.

También debe reconocerse que existen terrenos en los que la observación no es posible para lograr el conocimiento. Son los campos que han sido llamados metafísicos: ética, política, arte, epistemología y las demás. Son los campos que enfrentan las verdades de mayor trascendencia y que investigan de dónde venimos, a dónde vamos, qué es lo bueno, por qué existe el mal, cómo conozco.

Son campos sujetos a la razón, pero no a la observación.

¿Cómo experimentar el origen humano? Pueden hacerse estudios antropológicos y tenerse hallazgos, pero nada de eso da la respuesta última sobre el origen humano, ni sobre la existencia de Dios, ni de las razones por las que existen normas prescriptivas. Sobre esto la distinción se mantiene: son temas sujetos al análisis de la razón, pero no son observables, ni sujetos de experimentación.

De lo anterior sostengo que existe un error en sustentar el conocimiento humano solamente en el conocimiento que viene de las ciencias de la observación, pues ello deja de lado otro conocimiento también sujeto a la razón, pero no observable.

Confiar enteramente en las ciencias de ese tipo, por ende, es un error que mutila la esencia humana y la deja sin explorar las más importantes cuestiones. Un ser humano guiado sólo por la ciencia experimental es un ser incompleto.

Y además de incompleto, un ser a la deriva por otra causa: al dejar de responder a las preguntas más esenciales, ese vacío de conocimiento es llenado por fuerza con subjetividades irracionales que empeoran la situación del ser incompleto para adicionalmente dejarlo a una deriva personal, sin criterios que expliquen su razón de ser.

El desprecio de lo no científico tiene esos dos efectos simultáneos, el de un conocimiento incompleto y el de una libertad sin guías. Sin embargo, al incorporar  la parte de la realidad no sujeta a observación, pero parte de la realidad y por tanto sujeta a conocimiento, podrán corregirse esos efectos.

Intentar hacerlo no será una misión sencilla, pues la moda intelectual está orientada a lo observable, con la tecnología jugando un papel extremo de distracción mental.

No son malas en sí mismas las cuestiones tecnológicas, ni los avances de la ciencia, ni el creciente bienestar; lo negativo de ellos está en nosotros que hemos sido colocados en una posición que menosprecia lo no tangible, y deja eso a nuestro criterio personal sin preparación para resolver sus cuestiones. Nadie en lo individual está preparado para contestar preguntas sobre lo no observable y por ello necesita igual instrucción que la requerida por la necesidad de uso de una nueva maquinaria.

El problema radica en que existe la preparación para calcular la resistencia de materiales, pero no para enfrentar decisiones morales, como el comprar mercancía pirata. A esta distracción debe adicionarse el descuido de la religión y su menosprecio, con la consecuencia natural de dejar un vacío mayor, pues ella es una fuente de respuestas a esas interrogantes esenciales humanas.

Esta situación ha sido tratada innumerables veces y en algunas de ellas se ha señalado una de sus peores consecuencias, la sed de poder. Cuando el vacío moral, que eso es de lo que hablo, es llenado por las ansias de poder, su consecución todo lo legitima, como se ha visto en los terribles regímenes del siglo 20 que asesinaron a millones de inocentes: si la vida humana es despreciable, ésa es una de sus consecuencias.

Sin embargo, si se reconoce y sabe que la vida humana es invaluable, habría al menos obstáculos de consideración para oponerse al abuso del poder.

Por último, es digna de señalar una paradoja de nuestros tiempos.

Cuando en una sociedad la inseguridad y los delitos se elevan, la respuesta de la sociedad es casi siempre la de endurecer las leyes y los castigos con la intención de impedir esos actos considerados malos y negativos. Es una reacción natural y muy humana, y que muestra nuestro conocimiento de lo malo y cómo tratar de aminorarlo.

Sin embargo, esa petición de endurecimiento de normas se vuelve lo opuesto con las iglesias, a las que suele pedirse relajar sus normas una y otra vez [ver Ratzinger, Joseph, Seewald, Peter (1997). Salt Of The Earth : Christianity And The Catholic Church At The End Of The Millennium. San Francisco. Ignatius Press. 0898706408, p. 166].


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