Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Liberación Femenina y Masculina
Leonardo Girondella Mora
15 octubre 2007
Sección: DERECHOS, Sección: Análisis
Catalogado en:


La primera consideración que quiero hacer se refiere a distinguir entre Igualdad y Diferencia entre los humanos —un tema en el que se ha puesto gran énfasis. Por ejemplo, hablando de derechos humanos iguales para todos, al mismo tiempo que elogiando a los conceptos de diversidad. En este punto es posible distinguir entre dos perspectivas:

• La Perspectiva Esencial que mira la esencia humana para concluir que ella es la misma en todos los seres humanos —con una esencia igual es sencillo concluir que todos los seres humanos tienen igual valor y un mismo nivel de merecimiento de respeto: no es permitido el dañar a otro.

• La Perspectiva Diferencial que mira los “accidentes” de las personas, eso que no es esencial de todos, sino propio de algunos y que no altera la esencia humana —son los casos de color de piel, características físicas y cuestiones similares. Ninguna de ellas, se supone con lógica, altera el valor esencial de la persona.

Y mi tesis en esta consideración es que deben tenerse esas dos perspectivas por igual —una sin la otra pierden sentido.

Si todo se entiende como igualdad llega a desearse una realidad de seres idénticos que pierden la riqueza de la diversidad —y si todo lo que se ve es diversidad, los seres humanos comenzarían a verse ajenos unos a otros e incluso podría justificarse el trato desigual. Ambas perspectivas tienen igual peso, o mejor dicho, son partes de un todo indivisible.

Esa posición combinada es opuesta a las opiniones que llevan a hacer pensar que “da lo mismo que sea viejo o joven, que sea mujer u hombre, todos somos iguales y las diferencias no tienen importancia”. La mentalidad representada en esa frase es común y contiene el error de ignorar la riqueza de la Perspectiva Diferencial —aunque en la superficie tiene una apariencia correcta e incluso bella. “Todos somos iguales”, cuando es usado aisladamente, produce la significativa pérdida de la riqueza humana inmersa en su naturaleza diversa.

Sin embargo, debo reconocer una mentalidad que parece contradecir lo dicho —la apoteosis multicultural/pluricultural celebra la diversidad humana, es cierto, pero es un movimiento parcial enfocado más a las diferencias nacionales y culturales. Por otro lado, y contraria a esa celebración de diferencias personales, hay opiniones opuestas que tienden a igualar a mujeres y hombres.

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Mi tesis hasta aquí es la de tener una visión dual siempre, inseparable —lo que tiene como consecuencia considerar de igual valor a todos los seres humanos al mismo tiempo que exaltar sus diferencias. La exaltación de las diferencias, sostengo, no ha sido lo suficientemente amplia. Y el ejemplo al que quiero referirme es el de las diferencias entre mujeres y hombres, bien claras y notorias en la antropología.

Si bien es un lugar común el hablar de la heterogeneidad cultural como un gran valor y que merece ser cuidado en buena parte por causa del valor igual esencial del ser humano, propongo que esa admiración no ha llegado a sus consecuencias lógicas —se celebra la convivencia de personas de diferentes culturas y el enriquecimiento personal que eso produce, lo que es cierto, pero no hay un regocijo similar cuando se habla de hombres y mujeres y cómo esa diferencia es también causa de enriquecimiento. Es un campo en el que más se desea igualdad que reconocimiento de las diferencias.

Es decir, existe una pequeña o nula celebración de la diversidad entre hombres y mujeres —especialmente si se compara con el cuasi culto que llega a darse a la diversidad cultural o a la religiosa. Se dice que entre mujeres y hombres no hay diferencias, que ellos dos son iguales, sencillamente humanos. La paradoja llama la atención pues en su cubierta aparece como algo hermoso, colocando todo el énfasis en la Perspectiva Esencial, aunque olvidando la otra parte, la de la Perspectiva Diferencial que es innegable.

La única fuente de la Perspectiva Diferencial es la que contempla aspectos culturales y se olvida el resto de las diferencias también posibles, una de ellas la sexual —lo que sin mucho remedio lleva a entender las cosas como meramente culturales, incluyendo al sexo para concluir lo lógico bajo este modo de pensar: el sexo es una opción cultural, no una cualidad física sino una que es opcional porque al fin y al cabo, se argumenta, mujeres y hombres son iguales. El error de este punto de vista es creer que todo es cultural o determinado por hábitos y costumbres en la historia.

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El error es el olvido de fuentes de diferencias que no son culturales, ni libres, ni opcionales y que sin embargo existen y son reales, imposibles de desconocer. Hay disposiciones naturales y diferencias físicas que son parte de la Perspectiva Diferencial, como la diversidad de estaturas, de edades, de estados de salud, de inclinaciones, de gustos, de habilidades. Todas ellas engrandecen la diversidad humana y nos complementan admirablemente.

La facilidad y habilidad natural de personas que se dedican a la música, al deporte, a la ciencia, a los negocios, a la reflexión, al cuidado de los demás, a la educación —todas esas habilidades, gustos e inclinaciones son difícilmente una cuestión meramente cultural. La opción opuesta, la de todos iguales en estas cualidades empobrecería a la sociedad entera. Esto es una ampliación de la Perspectiva Diferencial para reconocer que no todo es cultural, que no todo es libremente decidido, que en la naturaleza individual de cada persona existen diferencias no esenciales y deseables que acrecientan nuestra riqueza de vida.

Una de esas diferencias no libremente decididas es el sexo de la persona —el ser mujer u hombre y que enriquece a la humanidad que celebra la diversidad. Si es festejada la diversidad de culturas diferentes, de puntos de vista variados, de diversidad de manifestaciones artísticas, no es sencillo comprender la razón por la que no también deba festejarse la existencia de hombres y mujeres y que, en la misma naturaleza física nos da roles complementarios.

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Contrario a lo esperado, en el aspecto de la naturaleza sexual la diversidad se desprecia y se quiere anular —se dice que no debe haber diferencias entre mujeres y hombres, ninguna diferencia y ello lleva a un problema, el de entonces qué hacer con la sexualidad. Si ambos deben ser iguales debe decidirse qué hacer con algo que diferencia a hombres y mujeres, el sexo.

La respuesta dada es lógica dentro de esa manera de pensar: el sexo es libre, una opción cultural más sin limitaciones, decidida por cada persona. Es natural que el pensar así conduzca a diversidad de uso del sexo sin considerar la existencia de la dualidad hombre-mujer. Ellos son iguales, se dice, y su capacidad sexual nada tiene que ver con su sexo, el que no es nada más que una fuente de placer y bienestar.

La argumentación es fallida, pero tiene lógica interna —la naturaleza, se dice, es injusta, pues ha creado diferencias entre dos seres que son iguales. Uno no tiene por qué llevar la carga del embarazo, se ha llegado a decir. Bajo la influencia del culto único a la diversidad cultural no es difícil pensar así —la naturaleza misma es injusta con seres que deben ser iguales pero que en realidad no son idénticos en su Perspectiva Diferencial.

El punto de vista opuesto celebra esa diferencia natural como parte del juego de complementos que somos unos para otros. Es una posición muy distinta y que aduce que la igualdad entre hombres y mujeres requiere esa diversidad entre ellos —no es una injusticia natural, al contrario, es la sabiduría de la naturaleza que ha proveído una diversidad inherente a dos seres iguales.

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El énfasis en la igualdad esencial de hombres y mujeres, sin embargo, tiene un origen que debe ser puesto sobre la mesa —la discriminación femenina ha sido una realidad y aún lo es cuando a ellas se les niega la misma posición posible en un hombre. La reacción a la situación ha sido la natural: si el hombre es visto como el superior y la mujer como la inferior es sensato desear colocar a ambos en la misma situación, por ejemplo, con el derecho a votar en elecciones —nada hay que realmente justifique la prohibición del voto femenino.

Pero la exaltación exagerada de la discriminación femenina produjo dos efectos no intencionales de consideración:

• La elevación de las tareas consideradas masculinas al nivel de ser consideradas la meta de la mujer, el clímax de su igualdad.

• El desdeño de las tareas consideradas femeninas para convertirlas en sinónimo de inferioridad.

La combinación de ambos efectos produce consecuencias fastidiosas —la mujer que llega a ser parte de una legislatura dominada por mayoría de hombres se ve como un logro femenino, como también se llega a ver a la mujer que deja en terceros el cuidado de sus hijos para seguir una carrera. La definición absurda de éxito femenino es el hacer tareas masculinas, como conducir un autobús o un avión. La idea detrás del pensar así es aventurada y consiste en pensar que todo lo que hacen los hombres es superior a todo lo que hacen las mujeres.

¿Nada hay en lo absoluto que hagan las mujeres que pueda considerarse admirable? La respuesta tiene que ser negativa si se piensa que la liberación femenina es llegar a hacer lo que los hombres hacen. La pregunta siguiente es ¿nada hay en lo absoluto que hagan los hombres que no sea admirable? La contestación tiene que ser positiva para justificar el llegar hacer lo que hace el hombre como síntoma del éxito femenino.

Los frenos reales impuestos a las mujeres para hacer labores consideradas de hombres, por lo tanto, causaron una degradación de las labores consideradas como femeninas, notablemente sus responsabilidades familiares —el núcleo de la sociedad, cuya responsabilidad ha recaído tradicionalmente en las mujeres fue considerado negativamente. El cuidado de la familia, de los hijos, su educación, todo eso fue colocado en la charola de lo que la mujer no debe hacer porque ella debe hacer lo que hace el hombre como señal de su éxito. Pensando así no es sorpresa que se hable de la decadencia de la familia —es una responsabilidad en buena parte femenina y todo lo que hacen las mujeres es inferior.

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El error de esta liberación femenina es sutil y debe ser explicado ya que sin duda lo tratado en los párrafos inmediatos causará la impresión de sostener la idea de querer regresar a la mujer a un papel secundario bajo el dominio masculino —no es ésa la intención de este ensayo, el que persigue entrar en esa sutileza de la equivocación de masculinizar a la mujer, como si eso fuera el ideal.

La idea del ideal femenino, en mucho, ha sido entendida como su liberación o emancipación de unas responsabilidades para la adopción de otras consideradas superiores —una mujer que sea cirujana es considerada mejor que una dedicada a cuidar a su familia. Cuanto más masculina sea, mejor; y cuanto más femenina sea, peor. El éxito femenino fue definido erróneamente en relación a otro y no a ella misma. La liberación femenina, se sostiene, es alcanzar al hombre, suponiendo que lo que él hace es siempre superior.

No hay en esto críticas a las mujeres que libremente optan por seguir una carrera profesional, pero sí es una condena a una mala definición del éxito femenino reducido a tener posiciones de influencia en el “mundo de los hombres” —como si no hubiera mérito y honor en la atención dada a una familia y la familia fuese una cuestión de escasa importancia comparada con el mundo de los negocios, la política o la ciencia.

La real liberación femenina —y masculina también— es la de la consecución de sus objetivos propios, decididos en lo personal. Si cualquiera de ellos desea ser cirujano, que lo pueda ser sin trabas basadas por ser hombre o mujer, porque su decisión es respetable en sí misma y provee esa alabada diversidad tan necesaria para enriquecernos. Si la mujer desea ser madre y cuidar de su familia, que lo haga sin la discriminación que provee la opinión políticamente correcta de que ser ama de casa es algo inferior. No lo es.

La liberación femenina es ser libre como persona —no imitar necesariamente a los hombres. Si las mujeres tienen obstáculos para realizar sus intenciones, ellos deben desaparecer cuando sea posible retirando prohibiciones como el votar o conducir un auto. Ellas son iguales a los hombre es la Perspectiva Esencial, pero entre ellos existen diferencias que son celebraciones de diversidad. Renunciar a esas diferencias es empobrecer a la sociedad y sus miembros.

La liberación femenina no es diferente a la masculina y se trata de llegar a ser las personas que desean ser —sin que se les discrimine por dedicarse a los negocios o a su familia. En esa libertad hay diversidad y complementos mutuos.


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No hay comentarios en “Liberación Femenina y Masculina”
  1. cindi Dijo:

    verdaderamente fantástico… cuando lo leí.. me sentí sensacional

  2. brenda Dijo:

    esta bien bien hecho





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