Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Buen Millonario
Eduardo García Gaspar
21 diciembre 2010
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


La historia es muy conocida. Quizá sea la parábola más citada, junto con la del hijo pródigo.

Me refiero a la del buen samaritano: un hombre está lastimado y lo ven otros dos, los que no le ayudan. En cambio, el tercero, del que no se esperaba ayuda, lo lleva a ser atendido.

Y más aún, cubre los gastos de la atención médica que necesitaba el hombre lastimado.

Mucho me temo que la historia sea percibida de forma incompleta. Es fácil ver el sentido de compasión del samaritano. Su respeto a la regla de tratar a otros como quiere uno ser tratado.

Muy bien, pero eso no es todo. El samaritano tenía también otra cosa a su disposición, los medios para cubrir esos gastos médicos.

Sí, lo que movió todo fueron sus buenos sentimientos, pero ayudó mucho el tener esas monedas que cubrieran los gastos del herido.

A principios de este mes fue enunciado que 16 supermillonarios dieron sus fortunas a causas filantrópicas. Uno de ellos, el fundador de Facebook. Todo lo organiza una institución, Giving Pledge, iniciada por Bill Gates y Warren Buffet.

No son sucesos nuevos, pero sí pueden mostrar una tendencia mayor en estos tiempos.

No sé qué puede estar dentro de la mente de esas personas, ni qué los mueve a hacer lo que hacen. Todo lo que puede verse es lo exterior: donar cantidades importantes de su propio dinero a una institución que realiza filantropía. No está mal el asunto.

Están también en esas conductas los elementos del buen samaritano, esa motivación a ayudar a otros menos afortunados y, por supuesto, la posesión de medios para llevar a cabo las tareas de ayuda. Sin embargo, se carece del tercer elemento.

El samaritano ve cara a cara al hombre tirado al lado del camino, que fue víctima de asaltantes. Lo lleva personalmente a ser atendido y promete regresar a verlo. Este contacto cara a cara es lo que hace la distinción entre caridad y filantropía. Esta última es un tanto impersonal, pero la caridad es por definición personal.

La diferencia no es una crítica a la filantropía, simplemente es una manera de aclarar la distinción entre esas dos maneras de ayudar a otros.

Porque de lo que se trata es de eso, de ayudar a otros como un deber irrenunciable y del que se rendirán cuentas.

La distinción entre una y otra, es en extremo útil, pues a las personas comunes nos dice que seguramente no podremos ser filántropos. No tenemos esas fortunas, como la de Andrew Carnegie hace décadas.

Está bien, no podemos ser filántropos, pero sí podemos ser caritativos y ayudar cara a cara aunque sea a unos pocos.

El caso bien vale una segunda opinión para corregir una percepción errónea que he encontrado con alguna frecuencia: algunas personas creen que están imposibilitados a ayudar a otros porque no son ricos y concluyen que la caridad no es para ellos. En realidad, lo que no pueden ser es filántropos, pero sí caritativos. Todos lo podemos ser.

Pero, además, es deseable corregir otra percepción, que me parece aborrecible. La de las personas que critican a esos filántropos acusándolos de que podían dar más, de que en realidad dan porque les conviene para reducir impuestos, de que donan por conveniencia e interés propio, no por interés en ayudar a otros.

Quienes así opinan, me parece, son dominados por la envidia y el odio, lo que les impide ver la realidad de un buen acto. Lo que está dentro de la mente del que da es imposible de ver y no puede suponerse que es siempre negativo.

Simplemente no lo sabemos. La verdad es que no comprendo cómo puede odiarse al que hace una caridad.

En resumen, tenemos la obligación de ayudar. Es eso, una obligación y es personal, no colectiva. El buen samaritano hizo su buena obra por voluntad propia, sin que nadie lo forzara. Esos millonarios están haciendo algo muy parecido, que coincide en eso mismo, lo de ser voluntario.

Es para alegrarse que ellos cuenten con fortunas importantes que les permitan tener los medios para realizar su caridad. Si tuvieran menos recursos, sus ayudas serían menores y no harían tanto bien.

Lo único que nos queda es esperar que tales ayudas sean bien canalizadas, que se den con inteligencia y que no causen el vicio que una mala caridad crea.

El vicio en quien la recibe: creerse con derecho a ella y tornarse en un perezoso de hace de la caridad recibida un modo de vida.

Post Scriptum

La columna ha sido clasificada en:

• La sección general de ContraPeso.info: Etica. En ella se agrupan columnas que tratan principios morales o éticos, como por ejemplo, la idea de Robert Sheaffer en Moral del Resentimiento.

• El catálogo particular de Contrapeso.info: Virtudes y Vicios. En él se han agrupado columnas que desarrollan temas como el de la existencia del vicios, por ejemplo, la idea de Robert Malthus en La Razón Del Mal.

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