Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Las Dos Van Muy Juntas
Eduardo García Gaspar
28 septiembre 2011
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, SOCIEDAD
Catalogado en:


Quizá lo más interesante que la vida nos da es la oportunidad de escuchar a otros. Como, por ejemplo, a quienes son críticos de la religión y que se precian de hablar mal de la fe. No son pocos los que así hablan.

Escucharlos es un placer. Parecen ellos, si no me equivoco, criticar un fenómeno que reprueban con ansias. Dicen ellos que a la persona razonable no la mueve jamás la fe, que la fe es exclusiva de las religiones y de ellas nada más.

Cada vez que oigo eso, pienso en mi coche y la fe que he puesto en quienes armaron los frenos que tiene. No conozco a esas personas. No creo que jamás las conoceré. Ni a los que los diseñaron, ni a quienes produjeron las piezas, ni a quienes las armaron. Pero, me parece, les tengo tal fe que en ellos he confiado mi vida.

Si quitamos la fe de las personas, nos quedamos sin confianza en los demás. Y sin confianza en el resto, mucho me temo que nuestra sociedad ya no lo sería. Aunque no sean religiosas, por tanto, creo que todas nuestras acciones tienen una dosis de fe. Tienen fe porque en ellas hay lo que llamamos confianza.

La persona que habla de que la fe sólo puede ser religiosa, si quiere ser congruente con ella misma, tendría que hacerse consultas médicas a sí misma. Tener fe en el médico y en la medicina recetada sería un absurdo, si no se tiene fe. Confiamos todos en, por ejemplo, saber que Velazquez pintó Las Meninas, pues no lo vimos hacerlo.

Esa persona que dice que la fe puede ser sólo religiosa, pero no propia de una mente razonable, además, es paradójica: tiene la suficiente fe en sí misma como para expresar esa opinión. Tiene la confianza suficiente en su mente como para decir algo que cree cierto.

La verdad es que la fe domina nuestras vidas. Está presente en nuestros actos siempre. No sólo tenemos fe en otros, también la tenemos en nosotros mismos. Confiamos en opiniones nuestras, en decisiones propias, en consejos de expertos, en la gente que construyó nuestra casa, en el abogado que consultamos.

Pienso con confianza que al contrario de lo que esos críticos dicen, tener fe es algo de lo más razonable que puede hacerse. Por el contrario, un mundo sin fe sería irracional. La realidad es que la fe no es propia de las religiones solamente, es un asunto universal, cotidiano, en todas nuestras acciones.

Pero, por supuesto, hay una diferencia notable entre las cuestiones religiosas y el resto de los asuntos de nuestra vida. La diferencia no es la fe, todas nuestras acciones son en alguna medida producto de la fe y la razón. Lo que diferencia a la fe religiosa es el tener fe en algunas ideas.

Por ejemplo, tiene usted, me imagino, fe en las personas que fabricaron la cerveza que va a beber: tiene confianza en la calidad, en que sabrá igual que la anterior.

Del otro lado, si usted es cristiano, tendrá fe en un Dios hecho hombre, que murió, resucitó y que algún día regresará. Son dos instancias de fe, pero de distinta naturaleza.

Creo que estos asuntos bien valen una segunda opinión para demostrar que la cuestión de la fe es una de confianza y que la fe no es algo exclusivo de las religiones. Al contrario, toda nuestra vida está llena de acciones que por necesidad presuponen una buena cantidad de fe en otros y en nosotros mismos.

La fe, así en general, vive dentro de cada persona. Ella tiene fe en lo que la vista le hace ver y el oído escucha. Tiene fe en sus opiniones y en el poder de su mente parar pensar. Tiene fe en sus ideas, convicciones y valores. Confía en otros, incluso en esos a quienes no conoce o conoce muy poco.

Claro que todos podemos errar y distorsionar lo que vemos, equivocar nuestros razonamientos, fallar en nuestros valores. Pero eso no quita que la fe sea no solamente un asunto religioso, es un asunto integral en toda nuestra vida. Tanto que la fe y la razón, lejos de ser enemigas, caminan muy juntas. Una no podría existir sin la otra.

Le digo, escuchar a otros es un placer, así sea para contradecirlos. Se piense distinto a otros o igual, nuestra vida tiene esos placeres inigualables. Los de tener fe en las oportunidades de examinar las cosas y usar nuestra razón.

Espero haber satisfecho su fe en que leer esta columna valdría la pena. Por mi parte, tuve confianza en decir algo interesante.

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