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Competencia y Suma Cero
Selección de ContraPeso.info
28 septiembre 2012
Sección: ECONOMIA, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta una idea de Jordan Ballor. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación.

La idea central del escrito es ver el fondo de la idea de la competencia económica esquivando la falacia de la suma cero.

Una de las principales críticas a la economía de mercado usada por personas religiosas es que el mercado se nutre de la competencia, dando incentivos a la voracidad y la enemistad características de la existencia humana.

Walter Rauschenbusch capturó esta preocupación en su clásica exposición de lo que él llama “la ley de uñas y dientes” (the law of tooth and nail) en su obra Cristianizar el Orden Social (1912).

“El instinto moral de los hombres siempre ha condenado al egoísmo competitivo”, escribió, “del mismo modo que siempre ha admirado la belleza moral del trabajo en equipo.”

La fuerza moral del argumento en contra de la competencia se ha elevado en un marco en el que los bienes buscados son estáticos. Ya sea concebido en términos de cuota de mercado o el tamaño de una empresa, los líderes empresariales y políticos a menudo usan un lenguaje que hace que parezca como si el beneficio económico se produjera a expensas de los demás.

De hecho, este es un punto de vista económico con un largo pedigrí histórico.

Como escribe Craig Blomberg el estudioso del Nuevo Testamento, esto a veces se denomina “teoría de bien limitado” (theory of limited good), y era característico del mundo bíblico:

“La mayoría de la gente se convenció de que había una cantidad finita y bastante fija de riqueza en el mundo, y una cantidad relativamente pequeña de aquello a lo que jamás tendría acceso en su parte del mundo, de modo que si un miembro de su sociedad se había hecho notablemente más rico, era natural que se pensara que eso ha sido a costa de otra persona”.

Esta teoría del bien limitado ha sido conocida con muchos nombres y tomado muchas formas.

El economista austriaco Ludwig von Mises lo llamó “la falacia Montaigne”, el nombre del temprano ensayista francés moderno Michel de Montaigne, y de acuerdo con la que, como Mises dijo, “las relaciones humanas no pueden consistir en otra cosa que la expoliación del débil por el fuerte”.

El jesuita español Juan de Mariana (1536-1624), quien también poseía el ingenio notable y valor intelectual, también recogió la idea del antiguo filósofo Platón, que los “beneficios de un hombre son la pérdida de otro.”

Esto, dijo Mariana, es una de los “las leyes fundamentales de la naturaleza”, y significa que “la pérdida de un hombre es la ganancia de otro hombre. No hay forma de evitar este hecho”.

La idea de la cantidad de riqueza en el mundo como algo estático, un “juego de suma cero“, no comenzaría a ser cuestionada con éxito hasta el arribo de algunas de ideas históricamente más recientes sobre la naturaleza de la valoración subjetiva de los bienes, la innovación y los avances tecnológicos.

Sin embargo, como Charles Murray, del American Enterprise Institute, nos recuerda en un comentario reciente en el Wall Street Journal, este punto de vista destructivo de la vida económica todavía nos acompaña:

“Los estadounidenses cada vez más parecen aceptar la mentalidad que mantuvo al mundo en la pobreza durante milenios: si te has hecho rico es porque has hecho más pobres a otros”.

Pero cuando la actividad económica se concibe con un núcleo consistente en intercambios de beneficio mutuo, entonces las “relaciones humanas”, para usar la descripción de Mises, no necesitarían manifestarse fundamentalmente en “la expoliación del débil por el más fuerte.”

Y, en efecto, si las medidas de la actividad económica se amplían para incluir realidades más allá de la cuota de mercado y las desigualdades relativas, podemos ver que la competencia, bien entendida, puede ser una fuerza de mucho bien en el mundo.

Las economías de mercado tienden a recompensar a los que sirven bien a los demás y satisfacen las necesidades y deseos de sus clientes. Si la competencia entre los diversos actores del mercado se presenta como la concurrencia para superar unos a otros en la provisión de bienes y servicios cada vez mejores, entonces se facilita ver lo virtuoso de la competencia.

Como explicó el educador económico y líder empresarial Manuel Ayau, en una economía de mercado “con un sentido muy real, todos compiten para enriquecer a los demás”.

La orientación comparativa de la esencia de la competencia sin duda puede tomar formas destructivas. Como señaló Santo Tomás de Aquino, cuando se observa que el bien en los demás sobrepasa el que nosotros poseemos, hay dos reacciones básicas.

Una de ellas es lamentar el bien que el otro posee, envidiarlo, y muy a menudo por un espíritu maligno buscar su destrucción. Esto, dice Tomás de Aquino, “es siempre pecaminoso,” porque “hacerlo es sentir aflicción por lo que debería producirnos regocijo”, es decir, “el bien de nuestro prójimo”.

Sin embargo, el bien que nuestro prójimo tiene y que no poseemos, puede también provocar una reacción diferente: el celo por la virtud y la auto-superación. Al observar una relativa carencia en nosotros mismos, eso nos puede mover a hacerle frente, sin hacer caer a los otros, sino viendo nuestros propios defectos y debilidades.

Este celo es digno de elogio, especialmente cuando el bien deseado es espiritual, pero también puede recibir aprobación moral, cuando los bienes temporales son buscados juiciosa y prudentemente.

Donde la economía de mercado puede generar un espíritu de competencia, los cristianos deben trabajar para asegurar que el espíritu competitivo se exprese como, y cuando sea necesario convertirlo en, un afán por hacer el bien a los demás.

Como el apóstol Pablo exhorta en otro contexto, debemos tratar de superarnos unos a otros en el servicio a los demás: “honrándose mutuamente” (Romanos 12:10 NVI).

Cuando la competencia se interpreta como la búsqueda de maneras de amar mejor el uno al otro, se convierte en una virtud de la economía de mercado que debe ser celebrada y no despreciada.

Nota del Editor

Hay más ideas sobre el tema en ContraPeso.info: Libre Mercado. La idea central ha sido muy bien explicada por Bastiat.

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