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Ambición de Ser Feliz
Eduardo García Gaspar
16 diciembre 2014
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


La ambición es comprensible. Es universal. androjo

Sería absurdo pensar en su opuesto. Las personas no desean ser infelices.

Al menos quieren ser parcialmente felices. Con un problema, el de cómo entender felicidad.

Un asunto de definiciones de felicidad.

“Sería feliz”, dijo una persona, “estando todo el tiempo de viaje, visitando nuevos lugares y conociendo otras gentes”. Otra aseguró que tener un par de millones de dólares en el banco elevaría mucho su felicidad.

Dijeron muchas cosas más, como vivir en una playa y dedicarse a pintar; como estudiar otros idiomas, dedicarse a hacer lo que a uno más le guste. En fin, las definiciones fueron variadas. Variadas, pero en todas ellas había algunos comunes denominadores.

En todas ellas había una dimensión emocional de placer y satisfacción. Cosas como lograr hacer realidad una ambición, ser pintor por ejemplo; o dedicarse a leer. Cosas que implican un estado de diversión, o entretenimiento. Algo muy comprensible.

Otra dimensión, bastante más oculta, es la del tiempo. En todas esas ambiciones de felicidad había un elemento que faltaba, ese del tiempo. Simplemente se ignoró. Imagine usted, por ejemplo, la felicidad definida como viajar sin interrupción. Supone que no habrá momento en el que hacer eso produzca hastío.

Esta dimensión suele ser poco observada, pero es vital. Significa que como quiera que se defina la felicidad siendo ella una diversión emocional, nunca llegará al punto de fastidiar y hartar. Es inevitable enfrentar esta realidad, la de que después de un tiempo, quizá largo, el leer novelas deje de satisfacer y ya no sea felicidad.

Más otra dimensión en común, relacionada con la anterior: esas felicidades, por definición, no son eternas. Tienen un límite en el tiempo. Quien dijo que le gustaría vivir en una pequeña casa en una playa, dijo también algo: “mientras viva”. Es decir, esas felicidades anticipan un fin y eso hace que no sean felicidades totales y absolutas.

Lo anterior lleva a conclusiones que bien valen una segunda opinión.

Una felicidad real y absoluta es una que al menos no tenga término, que sea infinita en el tiempo. Anticipar que ella tuviera un término la haría incompleta. Pero no solo eso, sino que siendo eterna no tenga posibilidad de hastiar.

Imagine, entonces, usted, esos dos requisitos de la verdadera felicidad: no tener fin y, al mismo tiempo, ser siempre de igual intensidad total.

Quien dijo que quería leer libros, por ejemplo, necesitaría tener una cantidad infinita de ellos y jamás llegar al hartazgo leyéndolos. Todo un reto, como cuando por ejemplo tenga que leer a J. J. Benítez.

Quizá el problemasea el de entender a la felicidad como una situación agradable dependiendo de gustos personales. Satisfacer deseos de ese tipo, situacionales, es necesariamente algo que se limita en el tiempo y que no está libre de hartazgo.

Buscar la felicidad, por tanto, la real y verdadera, tendrá que superar ese nivel de gozo en situaciones agradables.

Con un problema inevitable, nuestra vida tiene un término, al menos corporal. Es decir, todos moriremos, algo que afecta a nuestra felicidad sin remedio y, por consiguiente, impide la felicidad completa y sin límite, en este mundo al menos. Fascinante.

Fascinante porque obliga a pensar en otra felicidad fuera de nuestra vida corporal: creer en otra vida posterior, como los egipcios y muchos otros que ilustran esta idea universal de otra vida más allá de la actual. Si existe esa vida, es natural pensar que será allí donde se presente la posibilidad de una felicidad eterna, sin que ella fastidie.

Si seguimos pensando al respecto, encontraremos una idea potencial que ayuda a entender mejor la felicidad de la vida actual. Piense usted en esto: tratar de imaginar la felicidad eterna en la otra vida, la eterna y total, para luego hacer algo muy osado.

Intentar acercarse lo más posible en esta vida a lo que uno piensa que será la felicidad eterna posterior. Y no me refiero a creer que allá tendremos un harem por lo que en esta vida sería conveniente tener también uno (eso no cumple con el requisito de evitar hartazgo, del propietario y de sus mujeres).

Los griegos se acercaron a esa idea de felicidad, al definirla como un estado personal de bienestar, entendido como la satisfacción de la esencia humana. Con una adición que debe hacerse, la de la eternidad, donde el tiempo no existe.

Post Scriptum

En las felicidades entendidas como situaciones de gusto personal hay un elemento egoísta significativo: quien quiera viajar a muchas partes debe partir del supuesto de que muchos otros han definido su felicidad como trabajar en el mantenimiento de aviones que permitan esos viajes, por ejemplo.

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