Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Dios, Una Conversación
Eduardo García Gaspar
5 septiembre 2014
Sección: RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


La conversación fue interesante. Incluso, a veces, fascinante. androjo

Tres personas hablábamos de un tema concreto. ¿Existe Dios o no?

Cada quien exponía sus ideas, sin interrupción.

Podían hacerse preguntas para aclarar, no para criticar al otro.

Fuimos dos agnósticos que a veces sonaban como ateos y un católico. Fue una buena experiencia. No se intentaba convencer a nadie. Queríamos conocer la posición del otro, comprenderla.

De esa conversación derivé algunas ideas que comparto.

Primero, el tema importa y crea interés. No es algo que haya desaparecido. Sigue presente. Parece como si los humanos tuviésemos algo en nuestra esencia que nos lleva a pensar en lo sobrenatural.

Sean religiones establecidas, cultos curiosos, o creencias alocadas, la noción de lo sobrenatural pesa en lo humano. Quizá sea un componente de nuestra naturaleza. Un componente que lleva a algunos a dedicar tiempo a negar a Dios y a otros a afirmarlo.

Segundo, existe la idea de que la ciencia está en oposición a la religión. Mejor dicho, a la noción de lo sobrenatural. Parece como si el saber algo sobre la composición química de un planeta fuera prueba suficiente para negar la existencia de Dios.

Esta oposición es algo que no hace mucho hubiera producido sorpresa, cuando simplemente no se pensaba en que podía haber esa oposición: el mundo creado por Dios es inteligible y conocerlo es posible. Ahora parece pensarse que conocer es posible conocer al mundo y que cuanto más se conoce menos se necesita de Dios.

Tercero, una impresión personal no tratada en esa conversación. Algo que me causa enojo y descontento. Me refiero al mal desempeño de tantos ministros religiosos.

No los escándalos sexuales, sino la impreparación que lleva a malas homilías, malas explicaciones y en ocasiones, a un desagradable gusto por meterse en política y economía, sin conocimiento alguno.

Cuarto, un aspecto que me lleva a concluir que al final de cuentas creer en Dios y, más aún, ser miembro de una religión, es una decisión personal. Lo mismo que ir por el camino contrario y concluir que no existe, o no pertenecer a religión alguna.

Existe buena cantidad de información sobre el tema de Dios, a favor y en contra. Considere usted, por ejemplo, los evangelios y las cartas de los apóstoles, más la narración de sus acciones, en el caso del Cristianismo. No es una evidencia histórica que pueda ser desechada con facilidad.

Pero no importa. Usted puede mostrar a otros todas las evidencias en favor de la existencia de Dios, que las personas al final de cuentas tomarán una decisión libre basada en sus propias evaluaciones. Y será una cuestión de fe, tanto el creer en Dios como el no creer; el ser católico como el negar esa religión.

Esto es particularmente notable. Tanta fe hay en el religioso convencido como en el ateo convencido. Creer y no creer es, por lo visto, algo que se decide personalmente, quizá como una intuición dispuesta para ser seguida o no.

Quinto, algo que llama la atención: la tentación religiosa universal de imponerse sobre la libertad de la gente. Es comprensible. Piense usted en la persona que está totalmente convencida de que su religión es la verdadera y verá que eso puede crear un celo que, en ocasiones, será mal llevado.

Lo estamos viviendo en nuestros tiempos, hoy mismo, con las persecuciones religiosas en Medio Oriente. Hubo tiempos anteriores en los que ha sucedido lo mismo. Esto me lleva a pensar que una verdadera religión tiene en su esencial una creencia en la fe personal, es decir, en la libertad personal para ser o no persuadido.

Visto de otra manera, la religión que diga ser verdadera no puede tener otro principio que el amor, aunque a veces sus fieles se olviden de ello.

Sexto, un elemento curioso y que contiene una buena dosis de soberbia. La tendencia personal a ser un juez último de su propia moral. Hay elementos positivos en esto, eso que llamamos conciencia y que nos sirve de brújula para distinguir lo bueno de lo malo.

Pero hay elementos negativos cuando la conciencia se convierte en una herramienta de acomodo a lo placentero y conveniente. Eso que produce en las personas una moral a la carta, producida por ellas mismas y diferentes entre sí.

En fin, la conversación a la que me refiero y que duró un par horas, con un par de amigos y un par de tequilas, fue en extremo placentera y, lo mejor, sirvió para hacer eso que a Sócrates tanto gustaba, el examinar la propia vida.

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