división social

¿Qué es Explotación? Su definición y significado. Puede haber explotación solamente cuando una de las partes deja de cumplir su parte de la obligación en un intercambio voluntario. Más el célebre error de Montaigne.

.

Introducción

La palabra tiene un uso frecuente. Tan frecuente como poco claro su significado. Resulta conveniente, por tanto, examinar la substancia y trasfondo de explotación.

David Friedman tiene una respuesta sencilla y clara sobre el significado de explotación, sus tipos y las condiciones que necesita para existir.


La idea fue encontrada en la obra de Friedman, D. D. (1996). Hidden order: the economics of everyday life. New York, NY: HarperBusiness.


Punto de partida: la producción

El pequeño apartado, titulado «Producción y Explotación» (capítulo 9), inicia diciendo que vista de cierta manera la producción no existe.

Nada se produce de acuerdo con leyes físicas que establecen que la suma total de masa y energía no puede elevarse ni reducirse.

Entonces lo que se llama ‘producción’, sigue diciendo Friedman, es otra cosa. Es el rearreglo (rearrangement) de materiales y energía. Es la transformación, de materiales y de energía, de cosas menos provechosas en cosas más útiles.

En la producción, por ejemplo, se toman materiales como mineral de hierro más otros materiales, a los que se transforma en automóviles. Igual sucede en el resto de los casos de producción, ese nuevo arreglo de materias y energía que eleva la utilidad de las cosas.

Lo mismo para el intermediario

El caso del intermediario es similar. De este se dice que simplemente lleva las cosas de un sitio a otro, beneficiándose de lo que otros han creado. Pero el intermediario también realiza un nuevo arreglo de materiales.

Toma a esos automóviles y los ordena en una instalación, un lote en el que los reúne con clientes específicos.

Igual que el productor, el intermediario ha incrementado el valor de sus materias y recibe un ingreso por su contribución al aumento de utilidad de las cosas.

¿Qué es explotación?

A partir de lo anterior, Friedman entra en el tema de la explotación. Dice que con frecuencia se afirma que los empleadores explotan a los trabajadores.

Cuando se habla de explotación, hay dos significados diferentes y que están implícitos al mismo tiempo en tales discusiones. El autor las distingue con claridad.

1. Explotación como beneficio mutuo

El primero es la explotación del tipo que se tiene cuando una persona se beneficia de la existencia de otra.

Friedman usa el ejemplo de su matrimonio: espera beneficiarse de su mujer como ella espera beneficiarse de su marido. Uno «explota» al otro y los dos tienen éxito.

Si este es el significado de explotación, entonces puede concluirse que ella es la razón por la que los humanos son seres sociales y no animales solitarios.

Otro ejemplo del autor. Unos vecinos en uno de los pisos de su edificio gustan de la jardinería. Eso significa que que el autor se beneficia de servicios gratuitos de jardinería.

Pero al mismo tiempo sus vecinos usan sin costo el espacio del jardín para su recreación. ¿Quien explota a quién?

2. Explotación como daño a otro

El segundo es otro tipo de explotación, uno en el que el beneficio de una persona significa un daño en la otra.

No existe en este tipo de explotación el beneficio mutuo del anterior. Aquí una de las personas resulta con una pérdida y la otra con una ganancia.

Este segundo tipo de explotación puede sustentarse en dos posibilidades.

A. Mundo suma cero

Una, la de que el mundo es un juego de suma cero, en el que lo que una persona gana otra lo pierde. Esta posibilidad no es plausible, dice el autor.

B. Mundo sin retribución

La otra posibilidad es que una de las personas rehuse dar a la otra el beneficio que esperaba en el trato con la otra.

En la relación entre dos personas que se benefician mutuamente con un trato entre ellas, una deja de retribuir a la otra por el beneficio recibido.

Esta posibilidad es una «asimetría curiosa», escribe Friedman. Si la persona da toda la ganancia a otra, la otra ha ganado por causa de la relación entre ambas y debe devolverla a la otra.

En resumen, recomienda Friedman abandonar la idea de la explotación en las discusiones políticas, dejándola a la «invectiva política».

La idea del intercambio

La sencilla clasificación de los significados posibles de explotación permite comprender mejor la idea subyacente a todo intercambio voluntario: ambas personas ganan en el trato mutuo que tienen.

Una condición apodíctica, necesariamente cierta.

Y si el mundo no puede ser uno de suma cero, la única manera en la que existe explotación es aquella en la que una de las partes no cumple con su obligación en el intercambio.

Como cuando el paciente no paga la consulta con el doctor. O cuando no se da lo acordado a cambio de lo ya recibido. Una explotación que tiene otros nombres, fraude, engaño, incumplimiento de contrato.

Conclusión: la explotación del trabajador

Es posible, entonces, examinar mejor la idea de la explotación del trabajador por parte del empleador.

Solamente puede haber explotación en dos casos: cuando el empleador no paga completamente el salario acordado, o cuando el trabajador no realiza completamente la labor acordada.

La recomendación final del autor tiene gran sentido. Si se pretende tener discusiones serias y provechosas, será mejor dejar de usar esa palabra y utilizar otras que significado mas concreto.

El reducto de la arena política es el adecuado para palabras sin substancia ni contenido.



Y unas cosas más…

Debe verse:

Plusvalía y Explotación

Otras ideas:



[Actualización última: 20220-09]

.

Notas extras sobre la explotación y su origen: una terrible equivocación

Por Leonardo Girondella Mora

Un célebre error de gran consecuencia

Pocos errores tan graves ha habido en la historia de las ideas como el cometido por Michel Eyquem de Montaigne —un hombre sin duda famoso a quien se atribuye la invención del género literario conocido como ensayo.

¿El error? Haber escrito que en actos de comercio lo que uno gana el otro pierde —la única posible manera de tener beneficios personales es a costa de otros, según Montaigne. Eso que después creó la noción de la explotación.

Ningún trato, por extensión se concluye, que cause un bien en alguno puede lograrse sin daño en otro, especialmente a las relaciones comerciales.

Puesto en palabras más actuales, el error de Montaigne lleva a concluir que la venta de trigo de un agricultor a otra persona beneficia al agricultor y daña a la otra, o viceversa.

La compra que alguien hace de un sistema Windows beneficia a Microsoft pero daña al comprador, o al revés.

Cuando alguien entra a un supermercado a adquirir alimentos y otros bienes, no puede sino tener pérdidas. Los vendedores serán los únicos que ganen. O lo opuesto, son los compradores los que ganan. Pero no los dos.

La mentalidad que el error crea es una que imagina un mundo en el que solo existen dos grupos —aquellos que se benefician y los que son lastimados ya que en toda relación comercial se aplica el principio de suma neta igual a cero: lo que uno gana, el otro pierde.

Es una falacia monumental

Si se toma como premisa cierta que lo que uno gana el otro pierde en transacciones económicas, la conclusión irremediable es aceptar que lo mejor que pueden hacer los compradores es no comprar ni vender —vivirán mejor si nada compran ni venden.

No hay manera de evitar esta conclusión si se acepta como cierta la aseveración de Montaigne.

Pero, entonces, si lo mejor que puede pasar a los compradores es no comprar y a los vendedores no vender, debe aceptarse también que su vida será mejor si ellos mismos producen lo que necesitan para vivir.

La total autonomía y autosuficiencia personal es el mejor de los destinos humanos, al menos siguiendo el camino que señala Montaigne. De lo que nace la idea de la autosuficiencia nacional.

Cada persona cultivará sus alimentos y producirá su ropa; construirá su casa y sus muebles.

Cuando se dice que en un intercambio comercial, lo que uno gana otro pierde, también se está diciendo que el mejor de los mundos es uno en el que se evita esa pérdida.

Un mundo sin transacciones comerciales, por consecuencia lógica tendrá un perdedor, ese que tenía ganancias.

Consecuentemente, el mundo mejor para el comprador es el mundo peor para el vendedor y no hay otra solución: en cualquiera de los mundos alguien será lastimado.

Pero la realidad dice otra cosa

El error o falacia de Montaigne puede verse en un examen más apegado a la realidad.

Su tesis de que lo que uno gana el otro pierde ignora que los vendedores son también compradores y los compradores son también vendedores.

No existen compradores que no sean también vendedores, pues no podrían tener dinero para comprar si antes no vendieron.

Y entonces podría verse que, si es cierto lo que dice Montaigne, la suma neta de daños y beneficios de las personas que compran y venden es de cero —lo que se gana vendiendo se pierde comprando y por consecuencia se tiende a sumar cero daños/beneficios.

Sería imposible en este mundo ficticio crear riqueza —lo único posible sería hacer pasar de una mano a otra la riqueza original existente en el origen del hombre.

Lo anterior basta para tirar por el suelo la idea de Montaigne, pero hay más —puede cuestionarse la afirmación de que lo que uno gana el otro pierde en transacciones económicas.

Intercambios voluntarios

Si la transacción económica es voluntaria debe reconocerse que sería imposible aceptar que las personas acepten por iniciativa propia ser dañadas.

Es obvio que la persona que compra no está de acuerdo con Montaigne —nadie entra por su propia voluntad a un supermercado conociendo de antemano que saldrá perdiendo. Y nadie abre un supermercado sabiendo que va a perder.

Lo anterior abre otra forma de derrumbar con contundencia la idea de Montaigne —un intercambio, si es voluntario por ambas partes, solo puede explicarse cuando las dos perciben que tendrán un beneficio.

No hay otra posibilidad de entender la entrada voluntaria a un supermercado y la existencia libre de este. Montaigne olvidó un elemento clave: la libertad del comprador y la del vendedor.

El mundo de Montaigne es uno de esclavos y amos —el amo fuerza a que el esclavo compre. Pero el mundo de personas libres anula a Montaigne: solo habrá compras y ventas cuando ambas partes creen que saldrán beneficiadas.

¡Ah, pero el error subsiste!

Si bien es sencillo derrumbar la tesis de Montaigne, no lo es el derrotar a la mentalidad que crea. La tesis de Montaigne está expresamente formulada diciendo que en intercambios económicos, lo que uno gana el otro pierde.

La claridad de su formulación permite demostrar la equivocación —pero la mentalidad que ha creado es mucho más difícil de cambiar pues no es explícita, sino que se encuentra oculta y disfrazada: quien la posee no sabe que la sufre.

Será una tarea monumental hacer reconocer a alguna persona que parte de una premisa que es falsa cuando la persona desconoce esa premisa, no la tiene expresamente formulada, y solo se limita a ver conclusiones.

Por ejemplo, quien propone políticas gubernamentales de distribución de la riqueza supone, por necesidad, que Montaigne estaba en lo correcto, aunque no se dé cuenta de ello. Igual que quienes aún creen en la explotación.

Podrán aceptar que Montaigne estaba equivocado, pero aún así insistirán en aplicar esas políticas de distribución de la riqueza. No verá la incongruencia de su pensar —que es lo que le sucedió a Marx, cuyas ideas son en buena parte una extensión grandiosa del error de Montaigne.

En un plano más amplio, todo aquel que propone medidas que interfieren en los intercambios voluntarios necesariamente supone que Montaigne estaba en lo cierto y no importa que se le demuestre que es un error, él seguirá insistiendo en alterar la voluntariedad de los intercambios libres.

Propondrá controles de precios, impuestos, regulaciones de comercio, barreras a las importaciones, lo que sea y sin importar que esas medidas estén sustentadas en el razonamiento equivocado de Montaigne.

¿Cómo cambiar esa mentalidad?

No creo que pueda hacerse sino a muy largo plazo, por una causa central —sobre el error de Montaigne ha sido construido todo el aparato del intervencionismo estatal.