Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Meta Como Justificación
Eduardo García Gaspar
1 julio 2015
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es una impresión personal. Una percepción de algo que flota entre las ideas de muchos.

No abiertamente, sino oculta bajo una superficie de buenas intenciones.

Lo que pienso es que hay una mentalidad utilitaria escondida en demasiados.

Me refiero a la ética utilitaria, a la que piensa que lo mejor que puede pasarnos es lograr la mayor felicidad posible en el mayor número posible. Felicidad definida como gozo o placer futuro producido por cada acción presente.

Muy crudamente, se presenta como una moral determinada por los efectos que tiene cada acto.

No sorprende que en tiempos en los que se presume de eficiencia se piense también en eficiencia moral: algo posible de medir como felicidad futura. Se trata de hacer hoy lo que mañana dará resultados medibles en un parámetro de felicidad colectiva cuantiosa.

Esto es lo que justifica, por ejemplo, impuestos progresivos: el quitarle a unos pocos algo más beneficiará a los muchos que recibirán lo quitado. Hay en esa mentalidad un elemento de predicción: si se tiene, por ejemplo, educación con costo cero para el estudiante, ello beneficiará a muchos, los hará felices.

Y entonces se considera bueno, justo y obligado cualquier acción si se predice que ella causará un bien general. Un caso claro en el que el objetivo legitima los medios, no importa cuáles sean. Y generalmente son los medios de intervención gubernamental.

Mi punto, que bien creo vale una segunda opinión, es hacer explícito un mecanismo de justificación que es erróneo. Un método parcialmente utilitario que toma una meta admirable, el logro del bienestar y felicidad de todos, o al menos de la mayoría. Difícil sería estar en contra de tal fin.

Y, ese mecanismo, procede a justificar las medidas propuestas usando lo moralmente deseado de su objetivo, ese bienestar general. El problema, por supuesto, es que las medidas propuestas deben justificarse por su capacidad para lograr esa meta, no por su intención de lograrla.

Examinemos esto de manera organizada, con un ejemplo de todos los días: el justificar mayor gasto público por producir beneficios económicos generales, como empleo.

Primero, la meta de mejorar a la economía no justifica la adopción de esa política, ni de otra cualquiera. Lo que justifica a la medida adoptada es su capacidad para lograr su objetivo, no la moralidad de su intención.

Segundo, la justificación moral de una medida cualquiera, como elevar el gasto público, descuida los efectos colaterales que ese aumento puede tener. Actuando así, se comete un error de miopía. Es cierto y demostrable que el gasto público excesivo tiene consecuencias negativas e ignorar este riesgo es irresponsable.

Tercero, el asunto de la justicia y los derechos. Viendo solamente los resultados positivos que se buscan, será fácil legitimar acciones que sean opuestas a la justicia. Un mayor gasto público justificará impuestos progresivos, los que tratan a ciertas personas como ciudadanos con menos derechos. Una injusticia que se legitima por el objetivo buscado y que se adjudica justicia en sí mismo.

Cuarto, el asunto de la definición de bienestar o felicidad del mayor número posible. resulta obvio que esos son conceptos definidos personalmente, muy subjetivamente. Resulta, por tanto, imposible la meta sin esa información general. La única salida es imponer una definición universal de talla única, la que imponga la autoridad.

Estos y otros puntos que podrían examinarse, indican los peligros de usar a las intenciones como justificantes de las acciones. No solo en el caso personal, cuando podría defenderse el robar a alguien porque eso causa felicidad propia. También en el caso colectivo, cuando se justifica robar a unos para dar a otros.

Los medios no pueden encontrar su legitimidad en sus fines. Un principio que, tengo la impresión, ha olvidado una buena parte de la gente común. Esa que justifica las acciones gubernamentales que tengan un “bien social”, mientras esas acciones no las dañen. Su error no es solamente de raciocinio, sino también moral.

En tiempos de demasiada televisión y escasa razón, en los que el criterio de eficiencia parece ser el único, existe una predisposición a lo inmediato y expedito, que legitima lo que sea, si ello tiene metas deseadas. El caso lo viví hace tiempo en un caso extremo.

La persona defendió una elevación sustancial del salario mínimo diciendo que elevaría ingresos y era de justicia social hacerlo. Para ella, los que se oponían eran gente sin ética ni escrúpulos.

Post Scriptum

Si le gustó la columna, quizá también:

¿Qué es Consecuencialismo?

No bastan las Buenas Intenciones

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que intentan explicar la realidad económica, política y cultural. Defiende la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





esp
Búsqueda
Tema
Fecha
Newsletter
RSS Facebook
Extras