Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Películas e Imaginación
Eduardo García Gaspar
28 octubre 2015
Sección: RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


«Los efectos tienen efectos». Eso dijo una persona. Se refería a los efectos especiales de las películas y los programas de televisión.

«Nos hacen perder el sentido de la fantasía, de la imaginación», continuó diciendo.

Esta opinión tiene sentido, más del que puede pensarse en un principio.

Veamos esto más de cerca, con otra persona. Dijo ella que sus hijos vieron un filme, La Ventana Indiscreta. La cinta Rear Window de A. Hitchock. La historia de un fotógrafo que desde una silla de ruedas observa a sus vecinos y lo que ve le hace pensar que se ha cometido un asesinato. Una buena película a todas luces.

Sus hijos terminaron decepcionados. Era aburrida y pesada. No tenía efectos especiales. Quizá sea que las nuevas generaciones los necesitan. Puede ser que sin ellos no tengan la fantasía para imaginar. Necesitan que se vea real para creer. Necesitan que las cosas se vean para aceptar.

Las escenas de sexo no pueden ya ser sugeridas, tienen que ser obvias. Como en otra cinta, Juana la Loca, donde podrían haber sido sugeridas para dar más tiempo a una historia fascinante.

En fin, quizá el punto sea más o menos claro. Se ha perdido imaginación. La fantasía se ha traspapelado. Para creer algo tiene que verse. Una especie de incredulidad de Tomás, el apóstol, convertida en rasgo universal, o casi. Como si los ensueños se hubieran extraviado.

Una situación paradójica para una sociedad que presume de mente abierta y opiniones sin prejuicios. La mente abierta más bien se ha cerrado y no admite nada que no pueda ver, que no pueda tocar, ni probar.

O que prohibe, por ejemplo, el vino en la canasta de La Caperucita Roja.

Más en concreto, nuestros tiempos se han cerrado a nada que no pueda verse, ni sentirse, ni comprobarse. No es que no sigan existiendo nociones de fantasía, y muy populares como El Señor de los Anillos, o Harry Potter. Lo que digo es que han dejado de ser posibilidades.

Ellas, para ser divertidas, tienen que ser realistas. Tienen que tener efectos especiales. Sin ellos, serían un fracaso. Es la pérdida del sentido de la imaginación y que se cierra a la posibilidad de que exista algo más allá de los sentidos. La sola consideración de que exista resulta absurda y ridícula en nuestros tiempos.

El libro de Charles Taylor, A Secular Age , resume bien este rasgo de nuestros tiempos. Dice que hemos pasado de un mundo a otro. De mundo en el que se aceptaba lo sobrenatural a otro que se ha cerrado a esa posibilidad.

Del mundo vulnerable que admitía la existencia de lo sobrenatural y tenía la posibilidad de ser «encantado», nos hemos trasladado a un mundo seguro y autosuficiente para el que lo sobrenatural es un estorbo supersticioso. Había antes buena dosis de inocencia e ingenuidad, la del infante que admite la posibilidad de duendes y hadas y brujas.

No más. La idea ahora es la de un escepticismo sistemático que solo lo tangible puede remediar. Un buen ejemplo de esto es esta cita de un blog:

«… no hay nada de forma práctica que demuestre que un ser con las características de Dios exista: No se ve, no se comunica, no se manifiesta, no es medible, no es físicamente detectable [sic] […] Un ser que sea invisible y etéreo es en esencia inexistente y al no ser cuantificable ni medible significa que su interacción con nuestro mundo es nula».

Es un buen ejemplo del espíritu de los tiempos que corren. Es como el no gustar de una película porque sus efectos especiales no son suficientemente reales. No satisfacen a la mente que necesita ver para creer y dar significado a las cosas en su interior y no fuera de él.

Taylor lo ha definido como el contraste entre la persona porosa de antes, abierta a otras posibilidades, y la persona amortiguada o neutralizada (buffered) de hoy, cerrada a lo exterior. Es como haber construido un escudo protector contra lo que amenaza a lo exclusivamente humano.

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