Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Precio Más Justo
Eduardo García Gaspar
21 enero 2016
Sección: ECONOMIA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Es un error obvio. Tanto que no se nota. Consiste en creer que hay dos personas diferentes.

Dos personas que son distintas. Uno es el comprador y otro el productor.

Llevado a una visión colectiva, esto produce una visión errónea.

Se concibe a la sociedad como formada por dos grupos dispares, disímiles. Cada uno comprende personas con intereses encontrados, opuestos. Los compradores se enfrentan a los vendedores. Unos quieren comprar barato, otros quieren vender caro.

Incluso, es fácil poder llevar esa idea de intereses desacordes hasta el atrevimiento de proponer una idea de lucha entre las dos clases de personas.

¿Ve usted ya el error? Es tan patente y transparente que puede perderse con facilidad.

Consiste en creer que efectivamente hay un grupo de personas que solamente hacen una cosa, comprar y otro grupo que únicamente hace la otra cosa, vender.

Dicho de otra manera, los que compran no venden y los que venden no compran. Eso, por supuesto, es falso. No puede subsistir quien solo vende sin comprar nada. Tampoco lo opuesto. Visto con más amplitud, quien trabaja y produce también compra.

Es decir, no hay dos grupos de personas en la realidad. Lo que sí existe son personas que hacen ambas cosas, comprar y trabajar (producir y vender). La aclaración es necesaria para entender la formación de los precios de los bienes.

Los precios se forman por medio de acciones de intercambio de bienes, en las que se manifiestan los acuerdos entre las personas que están comprando y las que están vendiendo en ese momento. Nada que sorprenda a quien se haya puesto a pensar un poco.

Pero entonces, a partir de aquí las cosas se ponen interesantes.

Póngase usted en su papel de comprador y analice sus motivos de compra. Verá que decidirá comprar o no pensando en el uso que le dará al bien concreto. Si es útil para usted a ese precio lo comprará; de lo contrario, no lo hará.

Usted, en ese papel de comprador, decidirá la compra basado en sus necesidades y gustos. O, como lo expresó Aristóteles, «pretium rei humana indigentia mensurat» (el precio de las cosas se mide con las necesidades humanas).

Póngase ahora usted mismo en el otro papel, el del vendedor y analice sus motivos de venta. Verá que aceptará vender sus bienes pensando en preferir recibir un dinero a cambio del bien que usted posee.

Esto ya es un descubrimiento. El comprador compra porque prefiere adquirir el bien que tener en su poder el dinero que paga por ese bien. El vendedor vende porque prefiere tener el dinero que recibe a seguir poseyendo el bien. El monto acordado entre ambos es el precio más justo que jamás puede lograrse.

Ese precio justo es el producto de la valoración subjetiva de las personas, las mismas personas que a veces compran y a veces venden.

Las dos partes valoran subjetivamente sus necesidades, calculan personalmente sus prioridades, examinan sus deseos y deciden comprar o vender. La base esencial de la decisión de ambos es claramente subjetiva y personal, dentro de las circunstancias específicas del momento de tal decisión.

La conclusión es obvia, pero con facilidad se pasa por alto: los precios son determinados por las necesidades personales de ambos, quien compra y quien vende. Puesto de otra manera, el valor de las cosas es subjetivo. Depende de la valoración que dé al bien cada uno de ellos.

No hay mucho que agregar, excepto por apuntar otro error similar al de creer que hay dos grupos separados, uno de compradores y otro de vendedores. Este error es el creer lo que parece obvio: suponer que los precios son determinados por los costos de producción (a lo que suele agregarse un cierto margen de ganancia).

El problema es que la valoración subjetiva realmente ignora el costo de producción. Poco lo importa a quien compra lo que ha costado producir el bien que adquiere. Mucho o poco, lo que le interesa es la utilidad que tendrá y que calculará como mayor al precio que paga.

Incluso al vendedor, en ocasiones, le interesará más tener el dinero en la mano que permanecer como dueño del bien que ha producido, independientemente del costo que haya tenido al fabricarlo. Pero no es todo.

Suponga usted que el gobierno mande fijar los precios de los bienes tomando como base su costo de producción. Esto creará una tentación irresistible para quienes vendan, la de aumentar precios en general alegando tener costos altos de producción (sin incentivo alguno para reducirlos).

¿Se preocupa usted por conocer el precio justo de las cosas? La respuesta la conocemos ya y desde hace varios siglos.

«El valor de un artículo no depende de su naturaleza esencial sino de la estimación de los hombres, incluso cuando esa estimación sea tonta»

Post Scriptum

La cita es de Diego de Cobarrubias y Leiva (1512-1577), «jurista, político y eclesiástico español. Representante de la escuela de Salamanca en su siglo de oro». Citado en Early Economic Thought in Spain, 1177-1740.

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