Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Gobernantes: Mente Utópica
Eduardo García Gaspar
8 febrero 2017
Sección: FALSEDADES, Sección: Una Segunda Opinión
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Es la mente utópica. La mentalidad que hace de lado a la realidad y vive su propia fantasía.

Fantasía que supone real y auténtica, lo que le lleva a cerrar la puerta a la realidad. Algo frecuente entre gobernantes.

Mi punto es que es una estructura mental, un arreglo u organización neuronal, en extremo difícil de corregir. No importa lo absurdo que sean sus pensamientos, creencias y opiniones. Lo que tenga de disparatado jamás se percibe. Lo que posea de irracional nunca será entendido.

Lejos de eso, la mente utópica ve en sus ideas una realidad posible, una existencia segura. Esto es lo que permite la pretensión seria e imperturbable de los planes más alocados, como, por ejemplo, el régimen nazi y el fascismo.

Pero también lo que hizo posible a los sistemas políticos de la URSS, de China, de Cambodia, Cuba, Venezuela. Es lo que describe a Irán ahora mismo. No es propiamente idealismo. Tampoco la ambición de mejora y progreso. Ni siquiera es quijotismo.

Es la mente que se ha retirado de la realidad para vivir en su propio mundo. Un mundo completo, creado integralmente y que, por definición, solo comprenden unos pocos iluminados. El resto de los mortales no lo entiende y su obligación es seguir a los visionarios y a su líder.

Puede esto verse como una falacia, la falacia utópica. Está ella caracterizada por la «inmunidad a la refutación», como lo describe R. Scruton, cuando «imposibilidad y la irrefutabilidad están desvergonzadamente una junto a la otra».

La raíz del problema no está en la utopía misma, esa situación futura imaginaria en la que todo es felicidad y harmonía. La dificultad está en usar esa utopía como un sustituto irrebatible de la realidad, aislándola de cualquier duda por razonable que sea.

En la mente utópica hay un elemento de totalidad: la utopía fabricada, al implantarse, es una solución universal de todo problema.

Si la sociedad entera se modifica acorde con esa utopía, los problemas desaparecerán. Esto es lo que hace que los gobernantes haya empezado a hablar de felicidad, como en este otro caso.

«AMLO presenta plan para lograr “la felicidad de todos” […]López Obrador dijo que […] “Es una dicha enorme formar parte de este movimiento [su partido] para construir aquí, en la tierra, el reino de la justicia y la fraternidad”». milenio.com

La ambición es colosal, otro elemento de la mente utópica: una aspiración con ambiciones apoteósicas y que, por supuesto, no admiten discusión. La más pequeña duda al respecto es delito de lesa majestad, merecedor de, al menos, el ostracismo. Incluso, en algunos notables casos, un síntoma de enfermedad mental que merece reclusión hospitalaria y terapia psicológica.

La mente utópica usa un mecanismo de justificación que parte de sus buenos deseos. ¿Quién se atreve a estar en desacuerdo con lograr una sociedad perfecta con la felicidad de todos? Y así, sin más alegato que sus propósitos, justifica todo lo que propone y que, por supuesto, es irrebatible.

Una vez descrita la utopía por medio de propósitos soñadores e ilusos, procede la comparación contra la realidad. El resultado es el obvio: la realidad es claramente inferior a la utopía. Los defectos y errores de la realidad se convierten, en un non sequitur gigante, para justificar el proyecto utópico propuesto.

El lector perspicaz habrá notado un requerimiento indispensable para la implantación del proyecto de la mente utópica: necesita sin remedio una autoridad tan irrefutable como sus pretensiones. No admite desavenencias ni disentimiento, al contrario, requiere obediencia absoluta.

Y eso puede lograrse de varias formas. Al estilo de Lenin, de Mao, Pol Pot, de Castro, usando la violencia gubernamental. O más suavemente, al estilo de Gramsci, por la vía del cambio en la forma de pensar, como en Europa (donde por adoctrinamiento se renuncia a la libertad para desear un gobierno benefactor).

Puede esa mente utópica llegar al poder por medios violentos, como Castro; o bien, por la vía democrática, como H. Chávez. Una vez en el poder, en este último caso, tenderá a eternizarse. ¿Cómo aceptar que el proyecto perfecto sea detenido por una elección perdida? Sería inconcebible.

He querido tratar esta mente utópica porque a ella le facilita el camino la existencia de gobiernos de mala calidad, ineptos o corruptos, que producen deseos soñadores de corrección en la ciudadanía. Esto presenta a la mente utópica un escenario en extremo favorable y un cerebro dispuesto a aceptar a cualquier atrevido y su utopía.

Post Scriptum

Para esta columna utilicé el capítulo correspondiente en la obra de Scruton, Roger. The Uses of Pessimism. New York: Atlantic Books Ltd, 2014.

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