Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Merecimiento Inmerecido
Eduardo García Gaspar
8 mayo 2017
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión, SOCIEDAD
Catalogado en: ,


«El mundo es injusto porque no me da lo que yo merezco».

Eso es, aproximadamente, lo que siente una buena parte de la generación de jóvenes. La clave está en la palabra ‘merecer’, una especie de reclamo que solicita ser premiado y recompensado sin necesidad de mostrar afán, ni esfuerzo, ni sacrificio.

Como una especie de solicitud de galardón sin haber ganado la competencia.

La situación merece una segunda opinión para examinar un tipo de personalidad de nuestros días, propio de la juventud y del adulto joven. Según esta personalidad se tienen merecimientos, entendidos como derechos, y se reclama el obtenerlos.

En caso de no ser obtenidos, se reclama como una injusticia. La concepción, me parece, es la transformación de reclamos en derechos sin que exista una demostración que les dé base.

Hablando de este tema.

«Nos enfrentamos a una nueva generación del “merecimiento” o “trofeo” […] Considera que el mundo es injusto y se encierra en un sentimiento de víctima, provocando una personalidad frágil y llena de desilusión, enojo, angustia y depresión» Jesús Amaya Familia 21 (El Norte, 27 noviembre 2016).

Los elementos son mejor vistos uno por uno:

Primero, una actitud general de suponer merecer todo, o casi todo. La persona se ve a sí misma como superior y sobresaliente, lo suficiente como para considerarse receptor merecido de lo que reclama.

Segundo, una posición general no necesitar demostrar las causas de los merecimientos que pide. No siente necesidad de explicar ni de justificar los motivos de sus exigencias, los que parece dar por obvios.

Tercero, una reacción general ante el fracaso de no lograr obtener los merecimientos reclamados: desilusión, indignación, aflicción; incluso amargura, sentirse víctima incomprendida e impotente.

Esta personalidad del «merecimiento inmerecido» está asociada con otros rasgos de nuestros tiempos, que es lo que me interesa ampliar.

Esa personalidad es muy compatible con el síndrome de los derechos humanos en expansión: la creación de una lista de reclamos, sin ton ni son, que hace exactamente lo mismo, reclamar y exigir sin hablar de merecimientos ni obligaciones.

También, esa personalidad se adapta muy bien a la exaltación actual de los sentimientos sin necesidad razonar. Esa actitud de buscar zonas de seguridad contra opiniones contrarias a las propias. Un subproducto de la tolerancia desmedida.

Por supuesto, también, esta personalidad del «merecimiento inmerecido» es muy propensa a caer con facilidad de la trampa populista de culpar a otros de los infortunios propios. ¿Qué placer más grande que el asignar a otros la responsabilidad de las «injusticias» que uno sufre?

Es lo que produce peticiones de «Acceso popular a los medios de comunicación, que deberán ser éticos y veraces […] Cierre de todas las centrales nucleares y la promoción de energías renovables y gratuitas».

O bien la mentalidad simple de «la única cosa que todos tenemos en común es que somos el 99% de los que no tolerará más la codicia y la corrupción del 1%».

Me refiero a la conclusión lógica de ese tipo de personalidad: la culpa de lo que me sucede es de los otros, como una explicación universal.

Finalmente, resalto que esa personalidad es resultado en buena parte de la educación infantil, principalmente familiar. Donde no se enseña humildad, trabajo y merecimiento justificado; donde no se exige responsabilidad ni existen obligaciones; donde el fracaso no existe y los niños no fallan, ni son reprendidos, ni castigados.

Las escuelas no se quedan atrás cuando en aras del no causar traumas dejan de exigir; cuando se les dice que merecen, pero no que piensen; donde se les consiente y mima sin dejarles fracasar; donde se les instruye en derechos pero no es obligaciones.

Un rasgo de nuestros tiempos esta generación que cree merecerlo todo gratuitamente: débil, irreflexiva, sentimental, ingenua, que ignora que vive bien gracias a personas que creyeron lo opuesto, que para merecer se necesita esfuerzo y sacrificios (palabras que quizá no entiendan).

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