«Los mejores deben gobernar» es la idea que usualmente se coloca como la solución a los problemas de gobierno. 

Después de todo, para un organismo de tanta importancia para cualquier país, el seleccionar a los mejores para gobernar es una solución obvia y lógica. Excepto por un pequeño detalle, ¿cómo saber quiénes son los mejores?

En 1948, en Venezuela, R. Gallegos, el novelista, obtuvo más del 80% de los votos. Esta es la respuesta de tipo democrático, la de, por la vía pacífica, aceptar que quien reciba la mayoría de los votos es el mejor para gobernar. Como el ejemplo de un pianista convertido en primer ministro. Hay otros casos de similar naturaleza.

Los mejores, en el pensamiento democrático, son los que obtienen más votos entre otros varios que compiten en las elecciones. El supuesto necesario es que todos los que compiten deben ser los mejores del país y que quien gana es el mejor entre ellos.

Mucho me temo que las evidencias prueben que el obtener el voto de la mayoría no sea garantía alguna de haber seleccionado a los mejores para gobernar, Aunque debe aceptarse que seguir ese procedimiento es positivo para realizar pacíficamente un cambio de gobierno, lo que no es nada despreciable, al contrario.

Quienes se oponen a la democracia o son críticos de ella, suelen argumentar que de esa manera los mejores no son llevados a los puestos de poder y que ello significa el riesgo de dar poder a gente mediocre, mala y sin preparación. La crítica es real y tiene pruebas innegables, pero no apunta a la solución.

¿Quiénes son los mejores para gobernar? La pregunta quizá no tiene respuesta. Cada persona, cada grupo, tiene sus propias ideas al respecto. Recuerde las agrias discusiones de los partidarios de Trump y Clinton. En ese caso como en el de muchos otros, las diferencias son notables. Los mejores no son los mismos para todos.

La pregunta de quiénes son los mejores para gobernar lleva, sin embargo, al inevitable reconocimiento de la realidad humana: nadie es perfecto, todos tenemos defectos, cometemos errores y faltas éticas, Es decir, el mejor para gobernar es siempre un ser imperfecto, no diferente al resto de nosotros.

Y esto tiene consecuencias. Sea quien sea el ganador en unas elecciones, incluso aunque haya obtenido una gran mayoría de votos, no es alguien perfecto en quien pueda confiarse el poder sin límites. Por tanto, gane quien gane las elecciones, la mejor ruta de acción es darle a los victoriosos un poder acotado y dividido que puede ser cambiado tiempo después.

Resulta razonable concluir que dada la imperfección humana, común a todas las personas, quienes sean llevados al poder por la vía democrática continúen estando sujetos a vigilancia y supervisión cercana y frecuente para evitar que su imperfección provoque males al país que gobiernan.

Este es un riesgo significativo en el que ha caído México, con la unificación de poder entre la presidencia y los diputados:

«El grupo de Morena en la Cámara de Diputados logró la mayoría absoluta con 252 legisladores, al sumarse cinco que eran del Partido Verde […]» excelsior

Una frase atribuida a A. Lincoln resume esto admirablemente: «Ningún hombre es demasiado bueno para gobernar a otro sin su consentimiento», un consentimiento que se otorga a diario y no en cada elección.

Y una cosa más…

Para el interesado en este tema: Calidad de gobierno, con una idea de José María Luis Mora. Y también No es quién, sino cómo, con una idea de K. Popper.

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