Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Libertad y propósito
Selección de ContraPeso.info
6 febrero 2018
Sección: LIBERTAD GENERAL, Sección: Análisis
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¿Quiénes valoran más a la libertad? Esta es la idea de Álvaro Feuerman en su columna.

Por la experiencia podemos comprobar que los seres humanos, cuando no tenemos un propósito en la vida, somos más proclives a sentirnos cómodos, a permanecer inactivos, a percibir como abundantes a nuestros dones, en particular a la libertad, y a que se atrofien nuestros naturales sentidos de supervivencia y de ganas de progresar.

En su célebre tratado de economía, Ludwig von Mises (1949) afirma que la acción es propósito deliberado, y que el hombre decide actuar cuando considera que luego de actuar satisfará alguna necesidad.

Actúa con incertidumbre, y al hacerlo asume un riesgo, porque su decisión de actuar es anterior a la acción y a la consecución de los resultados. Estos últimos no siempre serán los esperados.

Entre la decisión de actuar y los resultados de la acción, intervendrá el tiempo y las circunstancias del momento. Pero el ser humano no actuaría si no tuviera un propósito en particular. Esto es válido para cualquier acción.

Y este concepto, la acción humana, es la base para comprender todo el andamiaje de la ciencia económica.

«Ahora bien, quien sólo desea y espera no interviene activamente en el curso de los acontecimientos ni en la plasmación de su destino. El hombre, en cambio, al actuar, opta, determina y procura alcanzar un fin. De dos cosas que no pueda disfrutar al tiempo, elige una y rechaza la otra. La acción, por tanto, implica siempre y a la vez, preferir y renunciar… Se podría decir que la acción es la expresión de la voluntad humana».

Y, al referirse a los requisitos previos a la acción humana, Mises destaca que:

«Consideramos de contento y satisfacción aquel estado del ser humano que no induce ni puede inducir a la acción. El hombre, al actuar, aspira a sustituir un estado menos satisfactorio por otro mejor. La mente presenta al actor situaciones más gratas, que éste, mediante la acción, pretende alcanzar. Es siempre el malestar el incentivo que induce al individuo a actuar. El ser plenamente satisfecho carecería de motivo para variar de estado. Ya no tendría ni deseos ni anhelos; sería perfectamente feliz. Nada haría; simplemente, viviría».

Se deduce de lo anterior que, aquellas personas con altos ideales y un claro propósito de vida, considerarán más seriamente la importancia de la libertad, dado que la necesitarán para llevar a cabo sus planes y alcanzar sus fines.

Por el contrario, el hombre-masa, en el sentido anteriormente definido por Ortega y Gasset (1930), difícilmente presentará mayor interés en la misma.

No debiera llamarnos la atención que en la primera mitad del siglo veinte hayan surgido tantos brillantes libros sobre la libertad. Fue justamente cuando avanzaban los totalitarismos en toda Europa y en el mundo.

Viktor Frankl, en su libro El Hombre en Busca de Sentido (1946), nos dice que tener un propósito en la vida es algo esencial para el ser humano. Relata sus vivencias en un campo de concentración durante la segunda guerra mundial, y concluye que solo lograban sobrevivir aquellos que tenían un propósito en la vida.

Esa experiencia, y las reflexiones que le generaron, lo llevaron a fundar una nueva escuela austríaca de psicoterapia, la logoterapia, con características únicas. Una de estas características —explica— consiste en que, en lugar de revolver el pasado se enfoca mayormente en el futuro y en la necesidad de encontrar un sentido a la vida.

En el prefacio del libro, Gordon W. Allport recuerda que a Frankl le gusta citar a Nietzsche: «Quien tiene un porqué para vivir, encontrará casi siempre el cómo».

Frankl distingue «tres fases en las reacciones mentales de los internados en un campo de concentración: la fase que sigue a su internamiento, la fase auténtica de vida en el campo y la fase siguiente a su liberación».

Durante la primera fase, cuenta que, luego de un momento previo de negación o de falsas esperanzas —lo denomina ilusión del indulto—, en determinado momento adquiere conciencia real del lugar en el que se encuentra y de sus tremendas consecuencias:

«en ese momento toda la verdad se hizo patente ante mí e hice lo que constituye el punto culminante de la primera fase de mi reacción psicológica: borré de mi conciencia toda vida anterior».

Con respecto a su propósito de vida, aquel que lo salvó de la muerte en una situación tan extrema, nos cuenta que, en determinado momento, mientras caminaban durante kilómetros hacia sus destinos de trabajo diarios, un compañero de prisión evocó el recuerdo de su mujer.

Eso hizo que ambos, al caminar, siguieran en silencio, pensando cada uno en su mujer. Y entonces

«[u]n pensamiento me petrificó: por primera vez en mi vida comprendí la verdad vertida en las canciones de tantos poetas y proclamada en la sabiduría definitiva de tantos pensadores. La verdad de que el amor es la meta última y más alta a que puede aspirar el hombre. Fue entonces cuando aprehendí el significado del mayor de los secretos que la poesía, el pensamiento y el credo humanos intentan comunicar: la salvación del hombre está en el amor y a través del amor. Comprendí que el hombre, desposeído de todo en este mundo, todavía puede conocer la felicidad aunque sea sólo momentáneamente si contempla al ser querido».

Respecto de la libertad interior, aquel elemento esencial del ser humano, las palabras de Frankl son conmovedoras:

«Las experiencias de la vida en un campo demuestran que el hombre tiene capacidad de elección. Los ejemplos son abundantes, algunos heroicos… El hombre puede conservar un vestigio de la libertad espiritual, de independencia mental, incluso en las terribles circunstancias de tensión psíquica y física.

«Los que estuvimos en campos de concentración recordamos a los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su propio camino.

“Y allí, siempre había ocasiones para elegir. A diario, a todas horas, se ofrecía la oportunidad de tomar una decisión, decisión que determinaba si uno se sometería o no a las fuerzas que amenazaban con arrebatarle su yo más íntimo, la libertad interna; que determinaban si uno iba o no iba a ser el juguete de las circunstancias, renunciando a la libertad y a la dignidad, para dejarse moldear hasta convertirse en un recluso típico».

Es muy esperanzador saber que, sea cual sea la circunstancia, siempre tendremos un espacio en el cual, si así lo decidimos, podrá reinar nuestra libertad y prevalecer nuestras decisiones:

«en un análisis último se hace patente que el tipo de persona en que se convertía un prisionero era el resultado de una decisión íntima y no únicamente producto de la influencia del campo. Fundamentalmente, pues, cualquier hombre podía, incluso bajo tales circunstancias, decidir lo que sería de él —mental y espiritualmente—, pues aún en un campo de concentración puede conservar su dignidad humana… Es esta libertad espiritual, que no se nos puede arrebatar, lo que hace que la vida tenga sentido y propósito… [U]na vida, por tanto, cuyo sentido dependiera en última instancia de la casualidad no merecería en absoluto la pena de ser vivida».

Más adelante, al analizar la psicología del prisionero, afirma «que muchas veces es precisamente una situación externa excepcionalmente difícil lo que da al hombre la oportunidad de crecer espiritualmente más allá de sí mismo».

Nuevamente nos recuerda que somos libres, más allá de toda adversidad:

«¿Qué es, en realidad, el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que ha inventado las cámaras de gas, pero asimismo es el ser que ha entrado en ellas con paso firme musitando una oración».

Volviendo a la cuestión de la libertad, creo que un genuino interés por la libertad, sólo se manifiesta en personas conscientes de que tienen algo importante que hacer en el mundo, una misión, un propósito definido, o quizás aún no definido, pero sí la clara conciencia de encontrarse en un camino, en una búsqueda, una dirección.

Bibliografía

  • Ludwig von Mises. 1949. La Acción Humana. Tratado de Economía. Editor digital: Loto & Leviatán.
  • José Ortega y Gasset. 1930. La Rebelión de las Masas. Alianza Editorial. Madrid. 1995.
  • Viktor Frankl. 1946. El Hombre en Busca de Sentido. Herder Editorial.

Nota del Editor

Este es el tercero de los ensayos de Álvaro Feuerman acerca de la libertad. Los anteriores y futuros están disponibles en ContraPeso.info: Álvaro Feuerman.

Agradecemos al autor el amable permiso de publicación.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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