Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Filantropía y Caridad
Leonardo Girondella Mora
31 octubre 2006
Sección: Sección: Asuntos, SOCIALISMO
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Una columna de Karen Woods, publicada hace ya tiempo por el Acton Institute, contiene el germen de una gran idea para distinguir dos cosas que suelen ser tratadas como su fuesen lo mismo —caridad y filantropía.

Woods usa un ejemplo del mundo real para distinguirlas.

Filantropía es lo que hizo Warren E. Buffett cuando transfirió 31 mil millones de dólares a la Bill & Melinda Gates Foundation —es una acción consistente y significativa de buena voluntad hacia terceros a quienes se pretende ayudar.

Caridad es lo que hace la tía Carmen cuando va a un hospicio dos veces por semana a atender a huérfanos y regalarles la comida de ese día —es una acción consistente y significativa de buena voluntad hacia terceros, con los que existe un contacto constante o una identificación personal con su situación.

No son lo mismo y no pretendo poner a uno sobre otro.

La filantropía es de gran ayuda y debía ser fomentada, especialmente por su capacidad para lograr grandes sumas unitarias necesarias en grandes proyectos —sus realizadores merecen una alta admiración y grandes alabanzas por esas iniciativas. Hacerlos de lado, como seres a quienes sobra el dinero y que por eso carecen de mérito es una actitud sólo explicable en quienes hacen de la envidia una explicación de la vida.

La caridad es de similar naturaleza, pero hay en ella algo más —la real participación personal de la gente común que en sus grandes números puede rivalizar con las donaciones de los filántropos: los estadounidenses dieron 260 mil millones en donaciones personales a caridades, iglesias, ayudas a desastres, con tres cuartas partes de eso proviniendo de personas individuales, unos 200 mil millones.

La caridad es contacto personal con el recipiente de la ayuda, como el visitar enfermos o como el dar clases. Tal vez sea ésta la distinción más severa entre las dos.

Dice Woods que la filantropía “a pesar de todas sus buenas intenciones, no necesariamente implica la conexión con la persona necesitada” —es cierto, algo como la distinción entre lo que es institucional y lo que es personal. Y repito, la diferencia no hace a una superior a la otra, o al menos, no da causa alguna para menospreciar a una de ellas por ser insignificante o a la otra por ser impersonal. Ambas son buenas y necesarias.

La “gran filantropía” es compleja y necesita procesos administrativos severos —especialmente los instrumentos de control que miden los resultados de las donaciones y los mecanismos de donación para impedir usos indebidos de los fondos recibidos. Es una gran herramienta para quienes no tienen el tiempo personal, pero sí los recursos y la inquietud.

La “pequeña caridad” es una operación in situ, de pequeña escala, con vigilancia directa de los involucrados —lo que la hace sencilla de vigilar y medir, y con la gran ventaja de su localismo: educa a la gente a entender que puede organizarse ella misma para realizar cosas sin necesidad de un organismo superior.

Pero si hay una diferencia entre filantropía y caridad, entre ellas hay un común denominador sensacional —el mérito personal de dedicar recursos propios al bienestar ajeno, sin pedir nada a cambio que no sea el uso responsable de lo donado.

Sólo cuando las personas pueden decir que algo es de su propiedad es que puede darse el mérito de la caridad y la filantropía. Se trata del dinero y bienes de Gates, de Buffet y de la tía Carmen y que ellos dan libremente. Ninguna otra caridad tiene mérito.

Es en estos tiempos que, por desgracia, ese mérito tal vez no sea comprendido en su totalidad y eso se debe en buena parte a la incorporación de un nuevo protagonista que no sin soberbia ha tenido éxito al colocarse como el personaje central de la caridad —los gobiernos y sus programas sociales, cuyo mecanismo de “caridad” es la coerción: quito a unos para dar a otros, sin que haya mérito alguno para quienes dan y quienes reparten.

Cuando el gobierno se adjudica ese papel protagónico la cohesión social cae —se cree que la caridad es una responsabilidad gubernamental y la persona tiende a ser menos caritativa: si llegase a ver a necesitados, se preguntará por qué no los auxilia el gobierno. Habría sido mejor preguntarse, ¿qué puedo hacer yo por ellos?


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