Significado de la felicidad humana. Las cualidades que la hacen tan compleja, cambiante y personal que hace imposible que sean los gobiernos responsables de hacer felices a sus ciudadanos.

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Felicidad humana un intento de encontrar su significado

La felicidad personal puede ser definida como el nivel de satisfacción de las necesidades y aspiraciones personales de cada persona.

Una especie de satisfacción perdurable y justificada de la vida propia como un todo (Murray, Charles, In Pursuit of Happiness and Good Government, Simon and Schuster, New York, 1988, p. 44.).

Ese significado de felicidad es simplemente el de un nivel general de satisfacción de diferentes necesidades y aspiraciones dentro de una jerarquía individual.

Significado personal de la felicidad

La felicidad humana tiene en su esencia misma un significado individual y particular, diferente para cada uno de nosotros y en extremo difícil de ser articulado objetivamente.

Cada persona posee un conjunto distinto de necesidades, aspiraciones, gustos, aficiones, inquietudes y opiniones, en diferentes prioridades.

Cada persona tiene su peculiar definición de la felicidad y ningún hombre tiene la misma idea de la felicidad que otro (Spencer, Herbert, Social Statics, Robert Schalkenbach Foundation, New York, 1985, p. 6).

Felicidad cambiante en niveles variados

Más, esa definición sufre cambios en el tiempo para cada persona. La definición puede ser mejor entendida si la vemos en alguno de los más pedestres niveles.

Quien guste de comer platillos picantes, apreciará la existencia de pimientos, especies y chiles de diversas clases. El que guste de la lectura de obras clásicas satisfará esa afición en la medida que dentro de su comunidad existan libros de Cervantes, Shakespeare y otros.

La felicidad personal, por tanto, incluye niveles tan básicos como la disponibilidad de agua. O tan elevados como la consagración personal a alguna orden religiosa.

Felicidad un significado humano

La felicidad personal es el nivel de satisfacción de miles de necesidades personales, que en cada persona son diferente en cantidad, calidad, dinámica y jerarquía.

En un país con cien millones de habitantes hay cien millones de significados de la felicidad humana, cada instante. Todas distintas, imposibles de ser explicadas en términos objetivos y totales.

En cierto momento para una sola persona es vital la existencia de un teléfono, mientras que la disponibilidad de tribunales eficientes es la menor prioridad.

Para otra persona en ese mismo instante, ambas necesidades son cuestión de vida o muerte, cosa que en dos semanas será totalmente diferente. Cada persona en cada instante varía en prioridades de necesidades, además de variar en términos de estilos, preferencias y gustos.

Necesariamente algo muy personal

📌 Este individualismo del significado de la felicidad humana provoca que sea inútil intentar alcanzarla por otra persona que no sea la misma que la decide. Por la sencilla razón que ella es la única que la conoce en su totalidad, urgencia y complejidad.

La implicación necesaria de esta individualidad de la felicidad personal es la imposibilidad de todo intento de decidir por parte de terceros la felicidad de una persona.

Es la noción de la individualidad y de la determinación de los fines personales para hacer un plan personal y propio, sin que los demás lo puedan impedir, a menos de que ellos se vean perjudicados (Mill, John Stuart, Sobre la Libertad, Sarpe, Madrid, 1984 páginas 40 y 41).

Es tan compleja, tan cambiante y tan detallado el significado de la felicidad humana que no puede ser definida ni conocida en específico, ni siquiera por el mismo ciudadano en lo individual.

Por ejemplo, en un momento de lucidez quizá alguna persona pueda darnos decenas de esas necesidades, incluso con sus prioridades. Pero es casi seguro que esa persona olvidará cuestiones que toma como gratuitas, como la existencia de una moneda estable, la llegada a tiempo del estado de cuenta de su tarjeta de crédito y la resistencia del cosido de la camisa que viste.

Intentar conocer a la felicidad personal es una tarea imposible para terceros, lo que significa necesariamente que nadie puede intentar lograrla en otros fuera de sí mismo.

Por tanto, si queremos ser felices nosotros mismos y hacer felices a los demás, la única posibilidad real es la de lograr condiciones que hagan posible esa felicidad decidida individualmente y con responsabilidad personal única.

Nada más allá de propiciar la abundancia de bienes puede intentarse colectivamente con éxito.

Ante esta complicada y compleja estructura del significado de la felicidad humana, la única solución posible para alcanzarla es la de tener un arreglo social propicio a la abundancia y accesibilidad de satisfactores que serán empleados individualmente por cada persona. Ella es la única que conoce sus necesidades (Hayek, Friedrich, Road to Serfdom, The University of Chicago Press, Chicago, 1972, pp. 58 y 59).

Significado de la felicidad humana: amplio y diverso

Además, las necesidades deben ser entendidas de la manera más amplia, para incluir aspiraciones, inquietudes, gustos, aficiones, costumbres y demás.

Donde están incluidas motivaciones de ayuda y colaboración con los demás, obligaciones morales percibidas de amor ante el prójimo y uno mismo. Tan es necesidad el dar una limosna a la iglesia de nuestra preferencia, como el seleccionar el lugar de trabajo, o el vestir algo que proteja contra el frío.

Tan es necesidad el dar una limosna a la iglesia de nuestra preferencia, como el seleccionar el lugar de trabajo, o el vestir algo que proteja contra el frío.

Podemos imaginar, por ejemplo, la existencia de un gusto en una persona, el de tomar una copa de ron antes de comer, algo que forma parte de sus costumbres.

Lo mismo podemos imaginar para otra persona que requiere una dieta especial sin azúcares, para quien la disponibilidad de sustitutos de esa sustancia sea parte del bienestar.

Es una lista de una gran cantidad de necesidades, que va desde la disponibilidad de médicos hasta la existencia de coches a escala, pasando por una variedad verdaderamente impresionante de necesidades.

Necesidades que son satisfechas por computadoras, misas, periódicos, libros, varilla para construcción, velódromos, servicio de policía, electricidad, discos, detergentes.

Por bolígrafos, cursos de contabilidad de costos, revistas, cemento, teatro, servicios bancarios, correo, telas, universidades, gasolina, juguetes, botanas, museos y millones más.

El bien común

Todos estos satisfactores tiene un papel central en el significado de la felicidad humana. Más aún, deben ser creados los medios que crean los medios para crear los medios que crean los medios que hacen esos bienes finales.

Esto es el bien común, la existencia de esos medios que sirven para satisfacer necesidades. Eso que podemos crear en la sociedad es el bien común, la felicidad personal es una responsabilidad individual.

Cada persona, sin tener una articulación organizada de su felicidad personal, reconoce una serie de necesidades propias a las que asigna prioridades. Y las que trata de satisfacer de acuerdo a las condicionantes personales y a las limitaciones ambientales.

De entre los satisfactores disponibles las personas seleccionan los que más les conviene considerando factores limitantes y circunstanciales, intentando lograr su beneficio, lo que no debe ser interpretado como la conducta fríamente calculadora del homo economicus.

Es la idea de un público elector que maneja activamente información y que no puede concebirse como una audiencia pasiva de las comunicaciones que recibe (Bauer, Raymond A., «The obstinate audience: the influence process form the point of view of social communication», The Process an Effects of Mass Communication, W. Schramm y D. Roberts, editores, University of Illinois Press, Urbana, 1972).

Bien común y felicidad

Es decir, las definiciones propuestas de bien común y del significado de la felicidad humana nos han ayudado a entender que el bien común es nuestro objetivo en la sociedad.

Esto es lograr las condiciones más propicias para la creación de tantos satisfactores como sea posible, dar a las personas la oportunidad de usar sus talentos y su trabajo para crear lo que por medio de intercambios es de beneficio mutuo.

El intercambio es lo que transforma al bien común en felicidad personal.

No se trata de optimizar recursos usando un modelo matemático dentro de la mente de las personas, sino del logro de un concepto vago, indefinido, cambiante e impreciso que puede reflejarse en la idea de realización propia.

No es la idea del homo economicus, sino el concepto de un hombre imperfecto, racional, pero limitado, capaz de cometer errores y de satisfacer caprichos.

La definición de mi felicidad a los ojos de otros puede parecer tremendamente ridícula y tonta; igual que la de otros a mí me parece idiota o irrelevante.

Si fuese absolutamente racional la felicidad encontraríamos sin sentido, por ejemplo, el uso de botones de colores en los vestidos y tal vez hasta la compra de una casa propia.

Más sobre el significado de la felicidad humana

Es muy posible que las personas no necesariamente posean ese concepto de felicidad personal como tal.

Pero sí tienen y reconocen una gran serie de necesidades, a las que ellas llaman así, necesidades, o bien caprichos, ganas, gustos, placeres, pasatiempos, carencias, inquietudes, menesteres, urgencias, obligaciones, aspiraciones, deberes y demás. Los tienen en el monto en el que los satisfacemos logramos nuestra felicidad personal.

No esperemos que cada persona haga una lista de la totalidad de sus necesidades, que posteriormente establezca una prioridad entre ellas y a cada una le dé una evaluación de satisfacción.

Los humanos no actuamos de manera tan ordenada y lógica. No tenemos el tiempo para hacerlo, ni la necesidad.

La persona busca satisfacer sus necesidades y para ello emprende en el tiempo actividades individuales o en grupo cuyo propósito último es ese haciendo ajustes conforme se presentan cambios en las circunstancias.

Limitaciones del medio ambiente

Más aún, esas actividades no se realizan en un vacío, sino dentro de las limitantes impuestas por atributos del mismo individuo y por situaciones ambientales previstas e imprevistas.

Debemos, pues, entender que el rango posible de acciones a realizar por parte del individuo tiene varios tipos de limitaciones.

Unas son limitaciones personales como las capacidades y habilidades del individuo, los recursos con los que cuenta y su estilo propio o personalidad, incluyendo un código ético de conducta.

Otras son limitaciones externas a la persona como el nivel de disponibilidad de los satisfactores, las condiciones generales de la sociedad, las leyes y reglamentos gubernamentales. También deben considerarse las limitaciones provenientes de circunstancias particulares imprevisibles.

Un nivel subjetivo de felicidad

El nivel total de felicidad personal está dado, entonces, en una especie de resultado compuesto por el nivel de satisfacción de cada necesidad ponderado por la importancia que a ella le fue asignada subjetivamente y lo logrado dentro de la varias limitaciones dentro de las que se vive.

Este nivel, sin embargo, no es percibido por el individuo de una manera numérica, objetiva y clara, capaz de establecer que mi felicidad hace dos años era del 45.78% y ahora es del 51.09%. Sino de una manera subjetiva y global, como un concepto general de qué tan feliz se es.

El gobierno y el significado de la felicidad humana

Una vez vista la felicidad personal, será útil enfatizar una idea sobre la naturaleza humana.

¿No somos acaso las personas seres llenos de defectos y al mismo tiempo capaces de grandes logros y admirables acciones? Tenemos muchos defectos, fallas y vicios, pero también muchas cualidades, capacidades y facultades.

Si se nos encargara la construcción de un sistema de gobierno que fuese lo más perfecto y deseable posible, gran error se cometería al ignorar esa naturaleza humana.

Y mucho bien se haría al intentar lograr las condiciones necesarias que levantaran nuestras virtudes y castigaran nuestras fallas. La conclusión de esta realidad es natural.

La conclusión obvia

Ningún hombre es lo suficientemente perfecto como para serle confiado el poder sobre los demás sin una serie de pesos y contrapesos que eviten en la sociedad los vaivenes propios de la voluntad de uno solo (Trenchard, John y Gordon, Thomas, Cato´s Letters or Essays on Liberty, Civil and Religious, and Other Important Subjects, No. 115, February 9, 1722, «The encroaching Nature of Power ever to be watched and checked», Liberty Fund, Indianapolis, 1995, p. 803).

Aunque eso fuera posible, ese gobernante no tendría la información necesaria para lograr la felicidad personal de sus gobernados.

Es decir, tenemos dos imposibilidades totales que impiden la creación de un gobierno desequilibrado, el entregar enormes decisiones a un ser imperfecto.

Pero sobre todo, la carencia de información que ese hombre necesita para lograr la felicidad personal de cada ciudadano. No puede él, ni nadie más, conocer el significado de la felicidad humana del resto de las personas.

La influencia de siglos atrás

Disgusta particularmente, por estas razones, la idea del ser privilegiado que tiene la capacidad de guiar al resto de la sociedad por donde él desea, cuestión que viene de Platón (Las Leyes, Editorial Porrúa, 1985, p. 164).

Platón justifica la censura por parte de los guardadores de las leyes con estas palabras:

«Entre los poetas serán escogidos aquellos que son respetados en el Estado por su virtud… y sus versos se cantarán con preferencia aunque sean menos perfectos. Esta elección la hará el magistrado institutor de la juventud y los demás guardadores de las leyes… prohibiendo… a los ciudadanos que canten ninguna pieza en verso que no haya tenido la aprobación de los guardadores de la ley…».

Limitación del bien común

Mecanismos, como el de la censura, que imponen limitaciones en las contribuciones al bien común son necesarios para simplificar al gobierno desequilibrado su tarea, tan grande e imposible, como el dar la felicidad a sus gobernados.

Solo puede intentarlo reduciendo y simplificando su labor a un número de acciones limitado. Ya que serían demasiados los actos libres de los ciudadanos que tienen su propio significado de libertad humana, el gobierno hace lo posible por limitarlos imponiendo controles.

Establecer limitaciones a su libertad, como controles de precios, de apertura de empresas, de censura de publicaciones, de control de la propiedad de compañías, de prohibición de asociaciones y de limitación de iniciativas en general.

La limitación a las iniciativas ciudadanas, desde luego, significa una reducción del bien común, pues se disminuye el número de satisfactores posibles de producir.

Por tanto, es muy natural y lógico sospechar de toda idea de gobierno que postule o tenga como hipótesis la existencia de gobernantes que sean responsables de la felicidad de otros.

Ningún hombre ni grupo de ellos tiene la capacidad ni la virtud necesaria para serle confiando un poder tan desequilibrado como el dar significado a la felicidad humana.

Más aún, es imposible contar con la información requerida para intentar el logro de la felicidad humana de cada persona.

A esta conclusión, más aún, debe agregarse el cuidado que debemos ejercer en el sentido de saber detectar esos sistemas políticos que, ocultamente, están fundamentados en esos supuestos.

Es necesario, por tanto, ser lo suficientemente sagaz como para descubrir esos defectos en los sistemas sociales propuestos a pesar de todas las bonitas palabras y alegres conceptos que se usen en su explicación.

Por tanto

La conclusión es natural hasta ahora. Lo único que puede intentar un gobierno es crear condiciones favorables a la creación más y mejores satisfactores.

Y eso es posible equilibrando los poderes, dejando sueltas las iniciativas personales en un sistema de intercambios libres.


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Felicidad es el uso de la libertad, la razón, y la igualdad

Las personas somos iguales y libres, esa es nuestra naturaleza (Locke, John, Two Treatises of Government, Peter Laslett editor, New American Library, 1963; Dos Ensayos sobre el Gobierno Civil, Austral, pp. 234-235).

La conexión

Somos personas racionales, capaces de evaluar alternativas de conducta.

No hay duda alguna de que somos seres racionales, podemos pensar, podemos seleccionar actos alternativos, podemos prever las consecuencias de nuestras acciones, podemos pensar en el futuro inmediato y en el de largo plazo.

Y aunque podemos citar muchos casos en los que la racionalidad humana puede ser puesta en duda, no puede negarse esa cualidad.

De nada nos serviría ser racionales sin ser también libres, pues gran incongruencia existiría en un ser que pudiera pensar en elegir pero de hecho no lo pudiera hacer.

Un gran infierno sería la vida del imaginario ser que pudiera pensar en la posibilidad de diversos actos, sin que pudiera realizar el de su preferencia.

Visto del otro lado, si fuésemos libres sin el poder de la razón, nuestra vida sería una serie de actos inconexos y sin sentido. La razón la tenemos por naturaleza y nadie puede entrar por la fuerza dentro de ella, pero no sucede lo mismo con la libertad que es la expresión externa de nuestra razón.

Para ejercer la libertad necesitamos de un cierto orden social en el que a todos se nos respete esa posibilidad de hacer cosas que nosotros hemos decidido.

Hay, por tanto, una gran relación lógica entre la razón, la libertad y la igualdad. Las vemos a ellas tres como diferentes, si son vistas analíticamente, pero las entendemos como parte de un todo si las vemos contemplando la naturaleza humana.

La tesis de la división del poder respeta esta esencia de la persona y persigue un arreglo social de libertades individuales, donde puede ser usada la razón y todos merecen un mismo trato, sin diferencias.

Es el gobierno la institución que tiene sobre sus hombros la enorme carga de hacer respetar esa libertad, de manera que cada quien con su propia capacidad intente la consecución de su felicidad personal.

Una aclaración

La imaginación suele jugar un sucio truco en muchos cuando se dice que el mejor arreglo social al que podemos aspirar es uno de libertad para ser felices en lo individual.

Recordemos eso de los intercambios, hechos entre personas, de manera voluntaria, sin coerción alguna y con el objetivo mutuo de acabar ambas partes en una situación mejor a la tenida antes de realizar el intercambio.

Es obvio que por poco que aumente mi felicidad al comprar una golosina de escaso precio, he terminado con ella en una situación mejor, pues de lo contrario no hubiera comprado el dulce. Pero también termina mejor que antes el comerciante que me vendió el dulce.

Si bien este intercambio es muy pequeño, podemos imaginar sin dificultad lo que significan en aumentos de felicidad decenas de intercambios diarios de cada persona.

Con cada intercambio, por pequeño que sea, hay un aumento en la felicidad personal. Cuantos más intercambios haya más crecerá la felicidad del total y cuanto más bienes existan más intercambios se realizarán. Una idea vital en el significado de la felicidad humana.

Seguramente sacamos la otra conclusión de ese proceso: fui yo, el cliente, en la compra de la golosina, quien dio valor a la mercancía y no fue ni el comerciante, ni su fabricante.

El valor está en los ojos del que compra, que es el cliente, ése que sabe lo que para él representa en utilidad el artículo, bien o servicio que adquiere.

Intercambiar o distribuir

Comprendamos que lo que sucede en la sociedad es una infinita cantidad de intercambios, y no de distribuciones. Allí nadie reparte, ni asigna, ni raciona, ni adjudica algo a alguien, ya que las personas tan solo intercambian cosas, bienes, propiedades y servicios entre sí.

Cuando Benito compra a Arturo, es Benito el que da valor a lo que Arturo le ofrece. Por tanto, si Arturo quiere vender debe poner atención en lo que Benito desea, en lo que le agrada, en lo que le satisface, sin que mucho valga la opinión contraria de Arturo.

Ya que ambos resultan beneficiados con el intercambio, es fácil ver que Arturo trabajará para agradar a Benito. La búsqueda de la felicidad de Arturo está en ayudar a Benito a lograr la suya.

Sin quererlo, sin darse cuenta, buscando sólo su propio y personal beneficio, Arturo ha ayudado a Benito en la consecución de su felicidad (Smith, Adam, Wealth of Nations, Oxford University Press, K. Sutherland ed., 1993, p. 22).

Seamos muy reacios a aceptar arreglos sociales que funden su cimiento en distribuir, primero porque no hay en la sociedad distribuciones, sino intercambios (Buchanan, James M. What should economists do?, Liberty Press, 1979).

Debemos siempre pensar mal de quien habla de distribuir, pues rara vez querrá otra cosa que no ser él el distribuidor, lleno de poder sobre los demás. Querrá entonces el gobierno ser quien defina el significado de la felicidad humana y nadie más.

Es, entonces, pretencioso y presumido ese que quiere ser el gran distribuidor de la riqueza que no es de él. Sobre sus hombros quiere cargar una responsabilidad que no puede ser dada a hombre alguno sin grave riesgo de perder la libertad y la igualdad y de desperdiciar la razón.

¿De qué serviría ser libre, poder seleccionar acciones alternativas y tener iguales derechos, si hay alguien que nos da y quita según su personal criterio?

¿Qué derecho adicional tiene ese gran distribuidor a imponer un molde diferente en la sociedad del que hubiéramos seleccionado el resto de las personas?

[La columna fue revisada en 2020-07]