Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Sinrazón de la Razón
Leonardo Girondella Mora
19 febrero 2010
Sección: CIENCIA, Sección: Asuntos
Catalogado en:


A los humanos les gusta clasificar las cosas —una de las clasificaciones más famosas que se aprenden en las escuelas es la de las diferentes etapas de la historia y que aquí apunto muy someramente, para luego entrar en mi tema.

Prehistoria en oposición a Historia. Es todo lo que sucedió desde la aparición del ser humano hasta que llega la etapa de la antigüedad clásica. Tiene dos subetapas, la de la edad de piedra y la de la edad de los metales.

Historia. Desde la antiguedad clásica hasta los tiempos actuales. También se divide en subetapas: antiguos clásicos y tardíos; edad media en dos períodos, alto y bajo; luego viene la edad moderna y ahora se está en la edad contemporánea.

Dentro de esas etapas, en las más recientes, se da un período que se llama Ilustración, o Siglo de las Luces y que, se asigna al siglo 18 aunque comenzó antes, del que se dice que fue el siglo de la razón —un fenómeno claramente occidental y europeo, en el que surgieron con fuerza ideas de libertad y razón y se multiplicaron los adelantos científicos y tecnológicos.

Creo que lo anterior es suficiente para comenzar con mi tesis: la Ilustración dio fuerza a la idea del poder de la razón humana y que sin duda existe. Una gran contribución, pero que llegó a extremos: la razón humana se dijo, es capaz de todo. No tiene límites y debe confiarse en ella absolutamente.

La nueva mentalidad, sin embargo, a pesar de sus ventajas, produjo una consecuencia indeseable, la soberbia de la razón —la mente humana es todo en lo que se puede confiar, nada más es digno de confianza. Es más, todo aquello que no pueda pasar por el filtro de la razón, debe ser desechado. No es que la razón se mala, sino que ella fue llevada a extremos injustificables.

Cuando se piensa que no puede confiarse en nada más que el resultado de un examen racional de las cosas, se producen efectos extraños —deberán, por ejemplo, hacerse de lado todas las costumbres y tradiciones, pues no son racionales (en realidad son a-racionales). Igualmente, deberán desecharse las creencias religiosas y morales, pues ellas no tienen un sentido racional. Se necesita reconvertir todo a algo racional.

La exageración que contiene la exaltación de la razón sin límites presenta problemas.

• La razón puede equivocarse y se sabe que comete errores —las evidencias son abrumadoras. ¿Cómo arriesgarse a destruir todo lo anterior y construir una nueva sociedad basada en un proyecto que contiene riesgos de error?

• La razón va, con el tiempo, afinándose y mejorando sus resultados, por lo que quizá lo que hoy parezca irracional, en algún tiempo futuro puede resultar ser lógico y verdadero.

• La razón no coincide en todos con una misma conclusión acerca de la verdad —en un mismo tiempo, puede haber dos o más teorías que explican la naturaleza del color, o el comportamiento atómico, o las maneras de progresar. ¿Cuál de todas esas opiniones será tomada con verdad y aplicada a la sociedad?

• La razón puede encontrar fenómenos de tal complejidad que no son sujetos posibles de análisis racional, como una sociedad formada por seres libres.

• La razón, más aún, supone que ella es la única manera de conocer al mundo y encontrar la verdad —no acepta otras maneras posibles.

• La razón absoluta exige un acto de fe y se contradice a sí misma —ella considera a los actos de fe como inadmisibles porque no son racionales.

En pocas palabras, la razón no es mala en sí misma —pero tampoco es algo en lo que puede confiarse totalmente, como para rechazar todo lo que no parezca racional. Lo que digo es que es racional aceptar que lo racional tiene fallas y que no puede tenerse una fe ciega en ella.

La posición cristiana me parece la más razonable en esto —acepta la razón como un don de Dios y la acepta con gusto, pero no cree que ella lo es todo y que sólo en ella debe confiarse creyéndola infalible. Para el cristiano existe otra vía adicional de encontrar la verdad y que viene de la revelación divina, lo que tiene el efecto de domar la soberbia de la razón ilimitada.

Entre esas dos posiciones —la de la exaltación racional desde la Ilustración y la de la razón humilde— surgen conflictos serios. Uno de ellos es muy conspicuo: la exaltación de la razón como medio ilimitado de conocimiento considera a cualquier otra vía de conocimiento como rival. Por eso, reclama la destrucción de todo lo que considera herencia de tradiciones, valores que no puede explicar, creencias que no entiende, sucesos que no parecen racionales.

Y sucede lo lógico —se entiende a la libertad, el otro gran valor de la Ilustración, como el deshacerse de todo lo que no puede entender racionalmente. Por tanto, liberarse es antes que nada retirar a las religiones que sostienen que hay otra manera complementaria para llegar a la verdad.

Termino con mi conclusión y tesis —confiar sin limitaciones en el poder de la razón, rechazando todo lo que no pueda explicarse racionalmente es un extremo tan indeseable como el rechazar totalmente el poder de la razón y decir que ella no existe. Los dos extremos están en el error y existe una posibilidad mejor, la de creer en la razón reconociendo que ella no es omnipotente, que existen otras maneras no incompatibles de alcanzar la verdad.

Llegará otra etapa en la historia, una que quizá se caracterice por la aceptación de la razón razonable.


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