Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Precio Justo, Problema Solución
Leonardo Girondella Mora
20 marzo 2013
Sección: ECONOMIA, Sección: Análisis
Catalogado en:


El Estado busca que exista un sistema comercial de procesamiento, distribución y consumo que sea equilibrado, para que todas las personas tengan la misma oportunidad de acceder a los bienes y servicios a precios justos”. Carlos Osorio, titular de la Cartera de Alimentación, Venezuela.

La idea de precios justos es muy vieja —puede remontarse hasta los Escoláticos Tardíos, incluyendo su idea de salario justo.

La idea es intuitiva y surge principalmente del lado del comprador —es esa sensación de ver precios que tienen toda la apariencia de ser demasiado elevados, ese sentimiento de haber pagado un monto excesivo por un bien necesario.

Si se quitan de en medio las sensaciones y los sentimientos, será posible tener una idea razonable de lo que puede ser un precio justo —que es lo que exploro en el siguiente experimento mental.

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Sugiero al lector que se coloque en el papel de un gobernante que tiene como función central encontrar el precio justo de una casa —aunque podría ser de cualquier otro bien, como un lápiz, o un automóvil. Sí, que asuma el papel de una especie de juez que determinará qué es un precio justo.

Si el lector es del tipo autoritario, establecerá el precio de acuerdo con lo que él piensa y el problema se resolvió —dirá que la casa vale, por ejemplo, 997,542 pesos sin nada que lo ponga en duda. Pero entonces será cuestionado sobre su manera de llegar a ese precio, o cualquier otro, por lo que tendrá que recurrir a escuchar las opiniones de quien la compra y quien la vende:

• El comprador argumentará que un precio justo de la casa sería, por ejemplo, 850,000 pesos —y confesará quizá que quisiera pagar menos de eso, pero que estaría dispuesto a pagar más, tal vez hasta 1,100,000 pesos.

• El vendedor, por su parte, propondrá que para él un precio justo es el de 1,600,000 —y siendo franco dirá que cualquier oferta superior a 1,800,000 será muy aceptable, pero que considerará toda oferta superior a 1,200,000 si es que no hay otra mejor.

Armado con estos datos, el lector en su posición de juez de precios justos entenderá a ambas partes —y se guiará por sus ideas propias. Si piensa que el vendedor está abusando con precios altos, quizá decida que el precio justo es lo que diga el comprador —como se piensa en la cita al principio de la columna.

Podría ser que, por el contrario, el lector como juez inapelable, simpatizara con el vendedor y determinara que el precio justo de la casa es de 1,500,000 —lo que lastimaría al comprador, igual que antes se lastimó al vendedor.

¿Como tomar una decisión justa, que considere a los intereses de ambas partes?

Hay un método seguro de producir resultados buenos para las dos personas —consiste en reunirlas en una sala, frente al juez encargado del caso, y dejar que ellas se pongan de acuerdo entre sí. Lo que sea que acuerden, quizá 1,100,000 o cualquier otra cantidad, será el precio justo para esa casa.

En esta posibilidad, sucede algo extraño —el juez deja de ser necesario, el lector que ha sido nombrado juez de precios justos ha constatado que no es él necesario y que los precios justos de las cosas pueden ser decididos por las personas una frente a otra.

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La solución es ideal —un mecanismo simple dado a un problema complejo, el de justicia en los precios. Si el comprador y si el vendedor aceptan un precio para la casa, eso significa que ambos han encontrado justicia en ese precio, pues de lo contrario no lo habrían aceptado.

Por supuesto, en el trato entre ambos se supone el cumplimiento de obligaciones, como el pago real por el bien, bajo las condiciones acordadas y, también, un bien con la calidad conocida por el comprador.

El experimento mental tiene una ventaja adicional que no es con frecuencia apuntada, la de erradicar egoísmo por alguna de las partes. Que el comprador ofrezca 50,000 por la casa es igual de excesivo que para el vendedor pedir 5,000,000. ¿Como saber esto?

No es difícil, al contrario —pueden verse datos de ventas de casas similares, para tener una idea del rango de precio que ellas tuvieron y eso será una guía para las dos partes. Y todo esto presenta una revolución absoluta en el valor de las cosas, las que tienen el precio que las personas piensan que representa el servicio que ellas le darán. No un valor intrínseco, sino el que ellas les dan.

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En resumen, el problema se ha resuelto con un mecanismo simple, el poner cara a cara a quien compra y a quien vende. Es más, no hace falta siquiera ponerlos uno frente a otro —basta con que el comprador entre a una tienda y decida o no comprar tal o cual cosa. ¡Es asombroso lo simple que puede ser!

El comprador va a seguir queriendo precios excesivamente bajos y el vendedor precios exageradamente altos —los dos buscarán el extremo de un beneficio personal que en buena parte se resuelve con sus acuerdos voluntarios.

Dependiendo del momento, los precios subirán y bajarán —como un efecto de la cantidad de casas que se vendan. Si hay muchos vendedores y pocos compradores, los precios bajarán, pero subirán cuando hay pocos vendedores y muchos compradores. ¿Qué hacer en estos casos de precios que suben y bajan?

Lo mismo que antes —dejarlos libres de acordar entre ellos sus precios, porque lo acordado por ellos muestra el punto en el que ambos reconocen que en ese precio determinado hay justicia para los dos.

Addendum

Lo que he querido mostrar es la conveniencia de dejar que las personas decidan entre ellas lo que consideran un precio justo —y nadie mejor que un comprador y un vendedor para definirlo.

En cambio, si entra un juez a sustituir las decisiones de ellos dos habrá gran riesgo de lastimarlos a los dos o al menos a uno de ellos —es decir, fijar un precio que a todas luces no es justo.

Nota del Editor

Hay más ideas sobre el tema en ContraPeso.info: Precios

El experimento de sillón que ha hecho Girondella puede parecer extremo, pero ilustra el fondo real del problema de fijar precios sin tener la opinión del comprador y del vendedor en una situación específica. Son ellos, en realidad, los únicos con el conocimiento suficiente como para juzgar si un precio les conviene o no. Nadie fuera de ellos tiene ese conocimiento.

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