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¿Qué es una revolución? Definición, significado, características, condiciones. Un término usado con descuido.

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Introducción

Todos lo hemos escuchado. Se repite sin mucha idea de su significado. Un producto del descontento que resulta una intención descabellada.

Es esa idea de que lo que 3se necesita es una revolución para cambiar las cosas». Es un uso descuidado del término. Se padece en todas partes y el tema bien vale algunas precisiones.

Definiendo revolución

Primero, por supuesto, el descontento es una cualidad. Quizá hasta una virtud, la que nos lleva a intentar hacer y mejorar. Nada malo hay en esto, al contrario. Querer mejorar es una buena intención.

Pero las cosas comienzan a tener peligro cuando en el intento por mejorar se incluye un requisito fatal, la destrucción del orden presente. Esta es la definición de revolución en el sentido político que suele dársele.

Revolución, dos elementos

Los reclamos de revolución tienen, por tanto, dos elementos.

Uno es el descontento con la situación actual, tan grande y urgente que lleva a la desesperación del segundo elemento, la petición de aniquilar la situación presente, destruirla.

En dosis variables, este segundo elemento destructivo está presente en los reclamos revolucionarios.

Por ejemplo, en Venezuela y su revolución bolivariana. O en México, con otros reclamos, los del EZLN. Incluso con MORENA, el nuevo partido mexicano.

Otros reclamos, por supuesto, son más claros, como el de los bolcheviques. En fin, examinar sus componentes es un buen ejercicio para entender el cuidado que debe ejercerse al hablar de revolución.

Violencia inevitable

En una revolución real hay violencia inevitable, la que se necesita para destruir el orden existente, la situación actual. No hay otro camino y esto tiene un efecto mencionado muchas veces.

La fascinación que las revoluciones ejercen en personalidades fanáticas y extremas, en cuyas manos suelen terminar esos movimientos. Pesonas que buscan la pureza absoluta de sus ideales.Remember Robespierre:

«Entre 1793 y 1794, lideró el denominado «Reino del Terror», durante el cual gobernó Francia de forma autocrática, sumiendo al país en un período de persecuciones políticas, incertidumbre generalizada y continuas ejecuciones por traición, sedición, conspiración, entre muchos otros crímenes». es.wikipedia.org

Lo que deja de verse es el otro lado de esa atracción fatal, el rechazo que personalidades más tranquilas y razonadas sienten por procesos violentos.

La gente sosegada, calmada, dada a pensar y razonar, será vista incluso como enemiga de la revolución por quienes son partidarios de la destrucción.

Destrucción como objetivo único

Peor aún, en una revolución suele suceder que el proceso de destrucción del orden presente suele tomar el primer plano, ese en el que todo se concentra.

Es así que se relega y olvida el objetivo de mejorar lo actual, esa realidad nueva que iba a construirse y que ha quedado escasamente definida. Remember Stalin:

«En 1937, una campaña contra supuestos enemigos de su gobierno culminó en la Gran Purga, un período de represión masiva en el que cientos de miles de personas fueron ejecutadas, e incluso fueron condenados líderes del Ejército Rojo acusados de participar en complots para derrocar el gobierno soviético».es.wikipedia.org

Diferentes personalidades

Lo que me parece realmente notable es el tipo de personas que se sienten atraídas por una revolución.

En su primera etapa, cuando surge el descontento con lo actual y que llega a niveles extremos, la revolución recibe ayuda de los bien intencionados. Gente que tiene buenas ideas, que posee buenos sentimientos. Remember Madero en México.

Una vez que la revolución está en marcha, entra en juego otro tipo de personas. Son esos a quienes atrae la violencia, los juicios sumarios, la justicia personal y un celo tal que sienten ser la encarnación misma de la revolución. Remember Che Guevara.

Pero una vez consolidada la revolución, los violentos dejan su lugar a otros personajes, los burócratas, los oscuros personajes de oficina e intelectuales que les acompañan.

Un giro de 360 grados

Lo anterior me lleva a eso que mucho se ha mencionado, el giro de 360 grados que suelen producir las revoluciones.

Queriendo acabar con un orden indeseable extremo, acaban por crear otro, quizá peor, en el que el único cambio ha sido uno de amos. Remember la URSS.

Revolución, uso descuidado

Regreso a mi punto de partida. Me parece que el término revolución se usa con un desmedido descuido. Y aún más, en mi experiencia es frecuente que sea un cierto grupo el más descuidado de todos.

El de los intelectuales de izquierda, los que sucumben una y otra vez a la atrevida noción de que una revolución resolverá todos los problemas del presente. Son esos inocentes que, sin saberlo, abren la puerta a los violentos.

Los reclamos de revolución, no son otra cosa que una cosa que una declaración de guerra con el estado actual de cosas. Remember al subcomandante Marcos. Y en una guerra así, «una gran oscuridad desciende y los ángeles no pueden distinguirse de los demonios», como escribió Paul Johnson.

A lo que voy es la la ligereza y a la frivolidad con la que se hacen llamados revolucionarios, sin darse cuenta de lo que dicen. Una revolución es un asunto serio, extremo, la última de las últimas opciones políticas.

Al fin, una definición

En resumen, puede darse una definición de revolución: un movimiento político extremo que tiene como causa un descontento extremo con la situación actual, a la que promete remediar estableciendo un orden social mejorado que requiere la destrucción del actual.

El requerimiento de la destrucción del orden actual social es lo que la caracteriza esencialmente y le hace ser una medida de extremo riesgo. Resultaría, por tanto, aconsejable determinar los requisitos de una revolución justa, que no deben ser muy diferentes a los de una guerra justa.

De memoria he usado elementos de Johnson, P. (1992). Modern times: the world from the twenties to the nineties. New York, N.Y: HarperPerennial.

El abuso de lenguaje que es frecuente en política, tiene otro ejemplo en el descuido con el que se usa el término fascismo.

Es un recurso último, realmente el final

Se le trata, sin embargo, con ligereza y demasiada imprudencia. Hablo de revolución, en su sentido político.

Ella es entendida como un cambio de gobierno por medios violentos.

Su objetivo supuesto y esperado es el mejorar las cosas con respecto al estado anterior.

Mi punto es que es algo tan grave que merece un enorme respeto.

Tratarla con liviandad y frivolidad desmerece su significado auténtico. Cuando alguien usa la palabra “revolución” debe hacerlo con conocimiento de lo que dice.

Una vez tratado este uso superficial e indebido, el tema de una revolución bien merece una segunda opinión. Comencemos con una consideración de Erasmo de Rotterdam.

Si no recuerdo mal, de una lectura de hace años, este hombre no era un fan de las revoluciones. Pensaba que no eran causa de felicidad para las personas. Por una razón, la dualidad entre violencia y paz, entre barbarie y civilización.

De allí que sea realmente la revolución la última y más extrema de las posibilidades. Su costo es exorbitante y quizá mayor al de su alternativa.

Una revolución es la última y más costosa opción para el logro de una promesa no garantizada. Si las cosas cambian por ese medio, no hay seguridad de que las cosas mejoren lo suficiente como para justificar un costo tan alto.

La cosa empeora frente a la opinión de que una revolución solamente cambia a quienes detentan el poder y nada más que eso, como en la Revolución Rusa.

Esquemáticamente, una revolución para cambio de gobierno, tiene tres etapas claras.

• Primero, la situación del régimen original contra el que se lucha.

• Segundo, la lucha en sí misma, ese período de violencia desbocada y cruel de pelea entre nacionales, como en la Guerra Civil de los EEUU y la de España.

• Tercero, la erección del nuevo gobierno y su consolidación por medio de la fuerza para desaparecer a los contrarios.

En medio de todo eso está la gente común, la que sólo es testigo del conflicto y a la que se le altera su vida enteramente. Su bienestar se reduce por largo tiempo, como en la Revolución Mexicana.

No es un bonito panorama. Es la desaparición de eso que puede llamarse civilización, la forma educada de resolver problemas a bajo costo.

Lo más temible es la segunda etapa, la de la lucha violenta, pues ella abre las puertas a los odios y aversiones de grupos extremos que se encuentran súbitamente en una posición oportuna para actuar por sí mismos y complicar las cosas, creando víctimas inocentes.

Esto significa la entrada a la ideología extrema que encuentra una oportunidad de adquirir el poder.

Varias fotografías en los diarios y diversos videos en la televisión, que mostraban a personas protestando en las calles en México, me hicieron pensar en esto. Portaban algunas una pancarta que decía “Si hay imposición, habrá revolución”.

Un eslogan irresponsable llevado por gente que no sabe de qué habla. No tiene conciencia de lo que dice. Más asombroso fue, creo, la liviandad con la que muchos otros vieron eso mismo y no comprendieron su alcance.

Las elecciones en México, como en muchas otras partes, provocan inquietudes políticas y fanatismos personales. Son los momentos en los que todo se agita y, afortunadamente, la turbación se sublima en ese mecanismo imperfecto de votos que declaran vencedor a quien obtiene el mayor número.

Hay aquí eso que se llama civilización y que es un acuerdo educado para dirimir conflictos.

Incluso en ocasiones conflictivas y problemáticas, siempre hay formas de resolución. Muchas formas previas al último recurso.

Y todas ellas son preferibles, todas, en la casi totalidad de las situaciones. Formas en las que la revolución no es siquiera considerada y si lo es, ella resulta una opción odiosa y extrema. Una alternativa rechazada por principio, jamás mencionada.

Creo que el tema bien vale una segunda opinión para apuntar la ligereza irresponsable con la que en este país se ha usado actualmente una palabra extrema, “revolución”. Es esto parte de un fenómeno de estos tiempos de demasiada televisión y escasa razón, el uso indiscriminado de palabras que merecen respeto.

Hay otras, como “genocidio” y “discriminación” que también han sido usadas con igual ligereza. Es una pérdida sustancial del sentido del lenguaje y de lo que se dice al hablar.


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Y unas cosas más para los interesados…

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[La columna fue actualizada en 2020-08]