grandes ideas

No es quién gobierna, sino cómo gobierna. Este es el real asunto político. Algo que se ha olvidado porque la política ha sido tratada como un asunto de selección de gobernantes. Y no como uno de modo de gobernar.

Introducción

¿Quién debe gobernar? La pregunta llama a la respuesta automática: los mejores. Incluso resolviendo la vaguedad de qué significa «los mejores», la respuesta está incompleta. No puede ser eso la solución de todo asunto político.

No resuelve la paradoja de malos gobernantes que producen buenos resultados y buenos gobernantes que producen malos resultados.

La idea de Karl Popper contiene una mejor respuesta, la que comienza no con eso de quién debe gobernar, sino con otra pregunta que lleva por mejores caminos.

La idea fue encontrada en la obra de Popper, Karl Raimund, The Open Society And Its Enemies, London, Routledge & K. Paul (1966), volumen 1, «The spell of Plato», capítulo 7 «The principle of leadership», pp. 120-125.

Punto de arranque, menos Platón

El primer punto es quitarse de la cabeza a Platón, el que planteó esa pregunta de quién debe gobernar. Pensar así confunde el tema. Lleva a la respuesta obvia.

Solamente hay una respuesta posible: deben gobernar los mejores, los más sabios, los que mejor puedan hacerlo. Otros la han respondido a su estilo: debe gobernar la raza más pura, el pueblo, los trabajadores; o cualquier otra sugerencia dependiendo de las ideas propias.

Incluso sabiendo esa respuesta, la realidad muestra que no siempre es así. No siempre llegan al poder los mejores, ni los más sabios. Demasiadas veces es lo opuesto. El poder es ocupado por los malos, los peores, los viciosos y corruptos.

La posibilidad del mal gobernante

Esta eventualidad, la del gobernante malo, abre la puerta para ver el tema desde otra perspectiva: preguntar qué debe hacerse para estar preparado y enfrentar la eventualidad de un mal gobernante.

Esto es cambiar la pregunta de quién debe gobernar, para entender a la política de forma que pueda responderse otra pregunta muy diferente. ¿Cómo deben estar organizadas las instituciones gubernamentales para resolver el problema de gobernantes malos o incompetentes y que ellos causen el menor daño posible a sus gobernados?

Solucionar el problema político creyendo que se trata de la selección de los mejores, no resuelve la realidad inevitable de que lleguen los peores.

La solución, en cambio, es cómo se gobierna de manera que se minimice el daño que puedan causa los malos gobernantes.

No es quién gobierna, sino cómo gobierna. No debe pensarse en seleccionar a los mejores y dejar que gobiernen. Esta es una mala solución. Debe pensarse con precaución y prevenir el caso de un mal gobernante.

El error de la autoridad sin límites

Hay una idea implícita entre quienes piensan en responder a la pregunta de quien debe gobernar y responden diciendo, el pueblo, los sabios, la voluntad general, o lo que sea.

Presuponen que la autoridad no tiene límites, que todo se resuelve gobernando según la voluntad sin obstáculos de los elegidos porque son considerados los mejores.

Es la hipótesis de creer que el poder es ilimitado y carece de frenos, que no tiene elementos que lo controlen.

Quien propone que deben gobernar los proletarios, por ejemplo, siempre presupone que ese poder es inacabable. El que gobierna debe hacer lo que desee y nada más hay qué decir sobre el tema. Nunca pode atención en el asunto de que lo importante no es quién gobierna, sino cómo gobierna

La hipótesis del poder sin fin no es realista. Por mucho poder que tenga un gran tirano, él depende de su policía, de sus compinches y verdugos. Tiene que hacer concesiones entre grupos aliados y alejados. No existen casos de soberanía ilimitada, de poder soberano absoluto, de una sola persona en el poder.

En realidad, pensar en términos de lo anterior, los de la soberanía o poder libre del gobernante, sin darse mucha cuenta de ello, evita ver otro aspecto central de la política: «el control institucional de los gobernantes» para equilibrar los diferentes poderes.

La calidad real de los gobernantes

Popper afirma sentirse inclinado a pensar que los gobernantes en rara ocasión han sido personas por encima del promedio, ni moral ni intelectualmente, y con frecuencia han estado por debajo del promedio.

A lo anterior añade que cree razonable, en la política, prepararse para el peor gobernante, al mismo tiempo que intentar buscar el mejor.

Pero lo que es cierto es que es una locura basar todos los esfuerzos políticos en la vana esperanza de lograr la selección de líderes que gobiernen con excelencia.

La objeción anterior no es suficiente para probar las ventajas de centrar la atención en no es quién gobierna, sino en cómo gobierna, en ese control institucional de los poderes.

Podría ser que al seleccionar a los mejores como gobernantes, ellos gobernaran de acuerdo a la voluntad de la mayoría, resultado realmente buenos gobernantes.

Al menos en teoría pura cabe la posibilidad de que en efecto se logre la selección de los mejores hombres para gobernar y que también ellos gobiernen a la perfección.

Los dos tipos de gobierno

Esto lleva a otra faceta del asunto: Popper reconoce dos tipos de gobierno. Conceptos necesarios para entender la idea de que lo importante no es quién gobierna, sino cómo gobierna

• Uno es aquel que puede ser cambiado sin medios violentos, por ejemplo, por medio de elecciones que elijan a nuevos gobernantes y los ciudadanos sigan viviendo normalmente. Esto es democracia.

• Otro es el tipo de gobierno que no puede ser cambiado excepto por medios violentos, como una revolución. Esto es tiranía.

Un seguro contra tiranos

De allí, propone como principio general democrático central no a la voluntad de la mayoría, como podría pensarse. Propone crear, desarrollar y proteger organismos gubernamentales destinados a evitar gobiernos totalitarios o dictatoriales.

Esto es una especie de seguro contra el riesgo de tener gobernantes malos.

Es obvio, dice, que esas instituciones gubernamentales y sus decisiones no serán siempre las mejores y que incluso algunas de esas decisiones pueden ser mejor tomadas por un dictador.

La convicción democrática parte de la aceptación de que los males de la democracia son mejores que las bondades de la dictadura, porque esos males pueden remediarse sin violencia.

Otra manera de exponer la idea de que no es quién gobierna lo que más importa, sino cómo gobierna.

Entonces democracia no es voluntad de mayoría

Siguiendo el razonamiento de Popper, se llega a una conclusión clara y que puede sorprender a muchos: la democracia no es el gobierno de la voluntad de la mayoría.

La democracia es una forma de gobierno en la que existen poderes balanceados y métodos de control, como la celebración de elecciones y la representación de los ciudadanos en instituciones gubernamentales. La idea de la república.

La democracia es una forma de gobierno en la que existen poderes balanceados y métodos de control que limitan el poder del gobernante. La democracia, por tanto, es en su fondo un seguro contra la posibilidad en extremo real de tener gobernantes malos.

La democracia define el cómo se gobierna, con limitaciones institucionales al poder del gobernante. Es el clímax de la idea de que lo vital no es quién gobierna, sino cómo gobierna, con poderes acotados.

Más aún, esa conclusión implica aceptar que el voto democrático no es expresión de lo bueno, ni de lo correcto.

La voluntad de la mayoría puede estar equivocada, la selección del gobernante puede ser la inadecuada, pero siempre habrá la posibilidad de cambiar esa decisión y de elegir otros gobernantes.

Todo sin violencia, gracias a que el gobierno está organizado alrededor de la idea de combatir la tiranía, es decir, evitar el poder sin límites ni controles.

Concluyendo, no es quién gobierna, sino cómo gobierna lo más importante de la política

Así se encuentra en Popper una idea que explica la paradoja de gobiernos encabezados por personas de excelente preparación y de loables intenciones que terminan por conducir a la sociedad que gobiernan a problemas y situaciones críticas.

La sociedad que los llevó al poder puso su atención en el quién, no en el cómo. Esas sociedad se enfocó a encontrar al mejor gobernante posible entre los candidatos, olvidándose de que lo importante no es quien está gobernando, sino los límites que tiene el poder de su gobierno.

En lugar de querer solamente llevar al poder a los mejores, debería primero tener un gobierno de poderes balanceados y posteriormente intentar seleccionar a los mejores posibles gobernantes.

El error de esa sociedad fue uno de previsión, no pensó en la probabilidad de que sus gobernantes fueran en la realidad menos buenos de lo que se pensaba, ni en que sus intenciones no fueran tan loables como parecían.

El error está en no prepararnos para la eventualidad de gobernantes malos, porque solo estamos preocupados por seleccionar a los mejores gobernantes que sea posible.

The Open Society and Its Enemies, Volume 1 : The Spell of Plato

The Open Society and Its Enemies, Volume 1 : The Spell of Plato by Karl Popper

My rating: 4 of 5 stars

En esta obra, Popper trata a tres enemigos de la libertad: Platón, Hegel y Marx. El volumen uno está dedicado a Platón. El segundo a los otros dos autores. Es un examen de ideas que han producido daño a la sociedad abierta, a ls libertad humana y eso lo ha colocado en un lugar de enorme importancia que también ha sufrido fuertes ataques. ¿Debe leerse? Definitivamente para cualquiera interesado en temas políticos.

Má sobre el error de no poner atención en cómo se gobierna y fijarse solo en quién gobierna.

La reacción de Fido

Por Eduardo García Gaspar 

Como un reflejo condicionado

Al perro de Pavlov se le hacía salivar el sonido de una campana. El animal estaba condicionado a tener una reacción física cuando se presentaba ese sonido.

Lo reconocía y lo ligaba al placer de comer. El perro es de sobra conocido, aunque en realidad no era uno, eran más.

Se han mencionado sus nombres: Druzhok, Sultan, Zhuchko and Tsygan, pero en otras partes de habla de más perros, hasta diez, con nombres distintos, uno de ellos Baika.

Lo famoso del experimento fue eso de condicionar una conducta cuando se presentaba un estímulo: la campana producía saliva.

Es mi impresión que los animales no son los únicos que tienen esos reflejos condicionados.

El reflejo de llamar al gobierno

Existe otro caso de la misma situación y es realmente notable, merecedor de estudios más serios. No se trata de perros, sino de personas, algunas de ellas, quizá numerosas, que padecen un notable condicionamiento.

Si Pavlov (1849-1936), Nobel de Medicina en 1904, hubiera estudiado este condicionamiento de personas quizá habría merecido otro premio, pero en Economía. Con esto quiero mostrar la tendencia a poner atención en quien gobierna y no en el cómo gobierna.

Describo el experimento como quizá hubiera sido realizado: lleve usted a varias personas normales a una sala y póngalas a escuchar una conferencia sobre problemas en su país: desempleo, bajo crecimiento, mala educación, campo en problemas, toda esa lista acostumbrada.

A continuación pida a esas personas que le den propuestas de solución. La hipótesis a probar es la de que la inmensa mayoría de ellas dará soluciones basadas en la intervención del gobierno.

Si, por ejemplo, se trata de desempleo, la respuesta típica será la de que el gobierno estimule la demanda con mayor gasto, o algo por el estilo.

Si se trata de bajo crecimiento, lo mismo, el gobierno debe intervenir. Igual para resolver problemas del campo. Todo problema será intentado solucionar con propuestas cuyo común denominador es ese: más intervención del gobierno.

La frase clave es la conocida «el gobierno debe intervenir». Una variación del tema tratado por Popper acerca de lo poco importante que es quien gobierna, y que lo qye realmente importa es cómo gobierna.

En el caso de Pavlov, la campana producía saliva. En el experimento que propongo, la presentación de un problema produce esa frase, «el gobierno debe intervenir». Y la produce en mayor proporción a cualquier otra idea posible.

Refinemos ahora el experimento, que podemos llamar Pavlov II.

Dividamos a las personas en dos grupos. Uno de ellos estará formado por gobernantes, gente que trabaja en el gobierno. El otro, por personas normales, ciudadanos comunes.

Y démosles el mismo tratamiento: escuchar una lista de problemas de su país y pedirles que propongan soluciones.

Mi predicción será que el más del 80%% de los gobernantes propondrán soluciones sustentadas en la idea de que ellos se harán cargo del problema. Y que la gran mayoría de los ciudadanos propondrán soluciones basadas en la frase «el gobierno debe intervenir».

La tesis a probar

Mi punto es mostrar que existe un reflejo condicionado muy común: ante el conocimiento de cualquier problema, como personas que no tienen seguro médico, la reacción mayoritaria será esa, la de «el gobierno debe intervenir».

Y que esa reacción es automática, condicionada, como la de salivar con el ruido de una campana. Una reacción irreflexiva, sin justificación, infundada, débil, sin base.

Todo porque la atención está colocada en el quién gobierna y sus supuestos deberes, sin atender a la idea de cómo gobierna y la posibilidad de que la solución de esos problemas no le corresponda

Creada por costumbre, hábito y pereza mental. Una reacción terca y obstinada, que no atiende las más razonables y fuertes evidencias de que el gobierno es una mala solución a casi todos los problemas.

Concluyendo

La noción es fascinante, porque podría mostrar que el intervencionismo estatal no es nada más allá que un caso de un reflejo condicionado que impide usar la imaginación.

Uno de los casos que conozco de este acondicionamiento fue el de un gobernante al que se le presentaban problemas por parte de ciudadanos comunes en una reunión con ciudadanos. Sin excepción respondía que crearía una comisión gubernamental para resolverlo, o una ley, o…

Y, lo más asombroso, quienes presentaban el problema, ciudadanos comunes, aprobaban la propuesta de más comisiones estatales, más reglamentos, más leyes.

Fue en una situación en verdad reveladora: era como estar en el laboratorio de Pavlov, pero ahora sin perros. Las personas se comportaron igual que los caninos. A todo, realmente a todo, reaccionaban con esa frase, «el gobierno debe intervenir».

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