Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Educar para Decidir
Eduardo García Gaspar
14 noviembre 2016
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Son divertidos. Entretienen e instruyen. Son ejercicios mentales, de sillón.

Tienen la ventaja de poder hacerse sin sudar y acompañado de amigos y algunas copas. No está mal.

Hagamos uno de esos ejercicios.

Pensemos que sin previo aviso nos vemos transportados a una especie de paraíso terrenal. Allí hay abundancia de todo. Nada falta.

Basta con desearlo para que aparezca eso que queremos. Estamos en una tierra mágica, en la que no hay escasez alguna y donde viviremos el resto de nuestra vida

¿Cómo será nuestra vida allí? ¿Tendremos que tomar decisiones o simplemente haremos todo lo que queramos? Estamos en un escenario ficticio, pero que se parece al del archimillonario que no pone atención en los precios de lo que desea.

Esa vida, sin embargo, necesita de la razón para decidir entre las varias opciones que se nos presentan. Es un problema de tiempo que nos impide la simultaneidad de acciones. No podemos, al mismo tiempo, comer, dormir, leer, pasear, navegar por Internet. Tenemos que decidir.

Decidir entre alternativas y, por ejemplo, si decidimos dormir eso significa que pensamos que esa es la mejor opción en ese particular momento. Todo lo demás abunda, pero no el tiempo (y nosotros no podemos duplicarnos para hacer todo simultáneamente).

Decidir es, al final de cuentas, un cálculo de costos que nos lleva a concluir que perder los beneficios de las alternativas no seleccionadas es menor al costo de perder la seleccionada. O sea, calculamos que ganamos más haciendo lo que hemos decidido hacer que haciendo las otras cosas posibles.

La conclusión es interesante: incluso en un escenario de recursos sin límite tenemos que decidir entre alternativas cuyos costos debemos calcular. Todo porque el tiempo es escaso y tenemos solo una individualidad. Partiendo de aquí podemos especular sobre dos escenarios muy distintos.

Uno, el escenario ideal en el que las condiciones son tales que no hay limitaciones de tiempo ni de persona; ya no hay decisiones que tomar. Es simplemente un estado absoluto de felicidad, bienestar, o como quiera usted decirle. Ya no hay costos por oportunidades perdidas. Me imagino que algo por el estilo sea el Cielo según el Cristianismo.

Otro, el escenario diario de nuestras vidas, en el que no solo hay escasez de tiempo, sino de recursos. La vida que esto nos depara es la de decisiones entre posibilidades de acción: hacer esto o aquello, comer esto o lo otro, ahorrar y gastar, posponer o no. Vaya, hasta la tontería aparente de qué tanto tomate comprar cuando su precio es de 15 pesos por kilo.

Nuestra vida, entera y completamente, es una sucesión interminable de decisiones de importancia muy variable. Una conclusión que me parece innegable y a la que hemos llegado en este ejercicio de sillón (al que desafortunadamente, debido a la hora, no acompaño con un ron Dos Maderas 5+3; en fin, una dolorosa decisión mía).

Somos, por naturaleza, hominis qui iudicet, si es que puede decirse así en latín, seres que deciden, lo que puede hacer recordar al homo economicus. Sea lo que sea nuestra naturaleza es tomar decisiones, es decir, seleccionar entre alternativas, seleccionado la que consideramos nos produce más valor personal.

Con eso entramos en problemas serios, los de cómo saber qu[e decisión es la mejor. La que más beneficio produzca en la persona, dirá alguno. Pero eso no basta, pues robar podría beneficiar a uno dañando a otro. Al menos, entonces, hay que tener alguna regla que impida lastimar al resto dañando su potencial para beneficiarse a sí mismos.

Ya es un adelanto, uno que abre otra puerta: si no es bueno dañar a otros, entonces resulta lógico que tampoco sea conveniente dañarse uno mismo. Esto es lo que hace reprobable a vicios como las drogas y las adicciones.

La cosa se complica a partir de aquí muy marcadamente y no tengo ni intención ni espacio como para entrar en esos asuntos.

Lo que puedo apuntar solamente es que somos seres muy marcados por el tomar decisiones y que si eso está en nuestra naturaleza resulta lógico que nuestra educación y nuestra instrucción deba ayudar a saber cómo tomar decisiones, buenas decisiones.

Educar para decidir es una parte de la educación que incluye muchos aspectos morales, de lógica y análisis, religiosos, filosóficos, éticos y demás, algo que creo que en estos tiempos es relegado a un lugar secundario. No es un buen panorama.

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