Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Proceso Electoral
Eduardo García Gaspar
22 febrero 2016
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
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Es un problema de selección de personal. Eso dice, tal vez. la inmensa mayoría de las personas.

Un asunto de escoger a los mejores. A quienes sea más aptos, a la gente correcta. Eso se dice una y otra vez.

Por ejemplo:

«La entidad veracruzana [en México] necesita mejores gobernantes y para ello se debe incentivar mayor participación ciudadana en los procesos electorales, pero con un voto razonado e inteligente».

Cada elección, en una democracia, presenta el mismo escenario. Un desfile de candidatos diversos que combaten entre sí. Intentan demostrar a los electores que son los mejores para gobernar. Esto es comprensible. Por ejemplo:

«Participemos todos, para que tengamos unas elecciones que nos lleven a elegir a los mejores gobernantes de acuerdo con la realidad y necesidades de nuestros pueblos».

En la mente común, cuando un equipo deportivo da malos resultados, suele cambiarse al entrenador. Y se busca al mejor sustituto posible. O bien, cuando en una empresa se busca un ejecutivo para puestos altos, se hace lo mismo. Se va tras de la mejor persona posible.

El marco mental para una elección de gobernantes tiene la misma estructura. Su objetivo es buscar a los mejores, pero ese proceso se hace de una forma peculiar. Dentro de los partidos se realizan procesos de selección que terminan con un finalista y, más tarde, los finalistas de todos los partidos se enfrentan entre sí.

¿Cómo se enfrentan? Típicamente, por medio de campañas electorales de cada uno, las que comprenden mensajes comerciales, actos de campañas, uso de redes sociales, declaraciones a la prensa, apariciones en televisión y radio. etc. Todo dirigido a un objetivo.

El objetivo de persuadir a los electores a votar por él, ganando el que más votos reciba. La teoría diría que por este medio se escogerá al mejor, eso de acuerdo con la opinión de los votantes. ¿Se logra la selección de los mejores?

Ninguna garantía hay de hacerlo. Dos variables influyen en esto.

Primero, la campaña electoral de cada candidato. Las campañas buscan crear y mantener amplio conocimiento del candidato y crearle una imagen asociada a atributos positivos. ¿Es real la imagen creada? No necesariamente.

Segundo, el electorado vota usando como información esas imágenes creadas, más sus ideas, conocimientos y opiniones propias y ajenas. ¿Es profundo y exhaustivo el proceso de decisión de voto? No necesariamente.

Esto es lo que bien merece una segunda opinión. Me refiero a plantear si realmente las elecciones llevan a los mejores a ocupar puestos públicos.

La respuesta es claramente no y si lo hacen, será por casualidad afortunada. El proceso electoral, por consiguiente, no produce la elección de los mejores.

La razón es doble.

Primero, el proceso electoral crea imágenes de los candidatos y eso dificulta conocerlos realmente. Segundo, el ciudadano usa esa imagen irreal y decide haciendo una análisis superficial. No sorprende que personas totalmente inadecuadas lleguen a los más altos puestos gubernamentales.

La conclusión es obligada: ambicionar que los mejores lleguen a estar en los puestos gubernamentales es, al menos, idealista. Imposible quizá. No es que sea una mala idea y de hecho no lo es. Lo que sucede es que el proceso electoral no está diseñado para eso. La evidencia cotidiana lo prueba con una contundencia absoluta. No es esto algo ideológico, ni doctrinal, es mero sentido común.

Y, sin embargo, subsiste esa idea, la que puede ser reconocida periódicamente en cada elección de cada país democrático. «Necesitamos tener a los mejores para que gobiernen bien», suele decirse de varias maneras. ¿Por qué se mantiene esa esperanza tan hueca?

Creo que hay una razón central: el constante mal desempeño de los gobernantes en funciones. Elegidos en la elección pasada suponiendo que eran los mejores, en la realidad han mostrado que no lo son. Desilusionan creando una nueva esperanza aunque ella sea igualmente infundada.

El ciclo se repite en cada elección, con una tendencia a empeorar la calidad de los elegidos. conforme la desilusión sea mayor, más se abrirá la oportunidad de candidatos extremos y radicales a los que se esté más dispuesto a acudir. Como el desahuciado que termina por acudir con brujos y charlatanes.

Bernie Sanders y Donald Trump ilustran esta entrada de candidatos excéntricos a la arena política tradicional. La elección de un gobernador sin partido en Nuevo León, México, es otro ejemplo.

Finalmente, hay una razón por la que la desilusión con los gobernantes tienden a ser cada vez mayor. Ella es el crecimiento estatal. Siendo los gobiernos más grandes, más costosos, menos eficientes y asignándose más funciones, es natural que no cumplan con lo prometido. EL PSOE de Zapatero es un ejemplo claro.

El proceso electoral, por consiguiente, no lleva a los mejores a los puestos públicos más altos. Pero, incluso si los llevara, ellos se encontrarán dentro de gobiernos tan grandes, tan costosos, tan ineficientes y tan llenos de responsabilidades indebidas, que será imposible hacerlos funcionar razonablemente.

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