Las elecciones en una democracia muestran una liga íntima entre libertad y razón. Cada persona piensa, decide y actúa votando por quien sea que quiere que gobierne. Incluso quien no vota, también piensa y actúa.

El que seamos seres libres acarrea la necesidad de pensar, de razonar. Una cualidad sin la otra no tiene sentido. Pensar es decidir y decidir requiere la disponibilidad de posibilidades de selección.

En mi caso, como el de muchos otros supongo, las elecciones pasadas en México presentaron un problema: ninguno de los candidatos y partidos propuso ideas congruentes con mis ideas liberales. Fueron ellos variaciones de diferente intensidad de gobiernos excedidos, destinados a frenar a la economía.

Volvamos al punto central: la libertad necesita a la razón y la razón necesita a la libertad, como ilustré en el caso de las elecciones de gobierno. Con libertad y razón se hacen posibles cambios pacíficos de gobierno, la utilidad esencial de la democracia.

Con esto es suficiente como para poder definir a la política, así en general, como una esfera de la razón y la libertad. Un terreno en el que se pide que las personas actúen y eso significa que piensen con libertad. No es difícil de entender.

Lo llamativo, sin embargo, son las consecuencias que eso tiene, las consecuencias políticas. Comienzan ellas con un mandato inevitable: ningún gobierno podrá actuar de manera que retire la libertad ni la razón de sus ciudadanos. Este es un mandato moral, es decir, prescriptivo y limita el poder de los gobiernos.

Violar ese mandato moral iría en contra de la misma naturaleza humana, una falta perfectamente ilustrada en el error antropológico del nacional-socialismo y del comunismo: retiraron a la libertad y combatieron a la razón suponiendo que así se construiría a la sociedad perfecta.

La conclusión es automática e inapelable: los gobiernos deben funcionar bajo un mandato moral que respete libertades y uso de la razón en sus ciudadanos. Conocemos esos gobiernos, los llamamos democracias republicanas liberales y operan bajo un principio forzoso de no sustitución de las acciones humanas (lo que expresa bien la noción de subsidiariedad).

Sobre esas bases puede deducirse aquello que va en contra de ese mandato moral de que los gobiernos respeten libertades y uso de la razón en sus ciudadanos. ¿Qué es lo que produce gobiernos que atacan a la naturaleza humana?

Situaciones como las siguientes y que se han cumplido en el caso de las elecciones mexicanas de 2018:

Ciudadanos creyentes y en espera de gobernantes entendidos como redentores milagrosos que producirán sociedades ideales. Esta esperanza fogosa necesita otorgar poderes ilimitados al gobernante y exige a los ciudadanos que dejen de pensar y cedan sus libertades.

Gobernantes místicos que pretenden tener un conocimiento privilegiado acerca del bien general y necesiten poderes excedidos para imponer sobre todos su propuesta de una sociedad perfecta y que por necesidad requiere los ciudadanos dejen de pensar, cedan sus libertades y se pongan en manos del poder.

Ciudadanos que (1) han dejado de razonar y se han convertido en ingenuos que creen cualquier promesa política en campaña, (2) no valoran sus libertades y no reconocen que las pueden perder, o (3) ambas anteriores.

En fin, tan solo he querido llamar la atención sobre la conexión entre libertad y razón como una realidad que establece un mandato moral sobre todo gobierno, el de no retirar libertades ni limitar el uso de la razón en los ciudadanos.

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