Vida completa

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Sabemos lo que es la felicidad porque conocemos lo que es el sufrimiento. Es por tener sed que sabemos de la satisfacción de beber (parafraseando a M. de Montaigne).

Hay algo en nuestros tiempos que limita nuestra capacidad de sentir felicidad y es ese terrible rechazo a aceptar el sufrimiento, a sentir culpa, a percibir arrepentimiento. Una negación del sentido de la vida y su dignidad.

Entendamos ese viejo concepto de Sócrates, de que una vida que no se cuestiona, que no se examina, es una vida que no merece ser vivida. Y eso es precisamente lo que se obtiene en nuestros tiempos cuando la posibilidad tecnológica se convierte en el criterio máximo de bienestar y el razonamiento tiene el sucedáneo de los clisés y eslóganes.

Se trata de, al final de cuentas, hacer filosofía y eso equivale a ponerse a pensar sobre las cosas más importantes de la vida (lo que sospecho no incluye a la vida íntima de celebridad alguna, ni la última versión del sistema operativo de algún aparato).

Y es que sin examinar la vida propia, dejamos que otros lo hagan sustituyéndonos. Si abandonamos el cuestionarnos a nosotros y a nuestra vida, terminamos por creer que el sufrimiento, el sentir culpa y el percibir arrepentimiento son cosas a evitar a toda costa, siendo así presa fácil de quien sea que nos prometa cuidarnos de los problemas de la vida desde la cuna hasta el féretro.

Lo que creo que bien vale una segunda opinión es proponer que se acepte que en la medida en la que no examinemos nuestra vida dejaremos de entender a la felicidad. ¿Por qué? Porque el examen de la vida propia lleva a la aceptación de eso que es rechazado en nuestros días: el sufrimiento, el sentido de culpa y el arrepentimiento.

Y sin eso que es rechazado, mucho me temo, no es posible hacer filosofía sobre nuestra vida y hace imposible a la felicidad. Cuando mucho, la felicidad llega a ser entendida como un gobierno que absorbe las consecuencias de nuestra irresponsabilidad (como los abortos pagados con fondos públicos, o la renta mensual a nuestros padres y abuelos).

El símil que esto me recuerda es el de la historia de Esaú y Jacob, en la Biblia (Génesis 25:27-34): por un plato de lentejas el primero vende al segundo sus derechos de hijo mayor; por adquirir de inmediato lo irrelevante renuncia a lo importante posterior. Algo así nos sucede en estos tiempos.

La urgencia de la satisfacción inmediata y poco importante nos lleva a ceder a otro nuestra vida futura y los asuntos más importantes de ella. En buena parte esto se debe a la renuncia del instrumento que más nos sirve para examinar nuestra vida, la religión.

La pérdida del sentido de lo sagrado produce un vacío que se llena con la voluntad humana, eso que P. Johnson, el historiador inglés, llamó «el espíritu de Prometeo» : una confianza injustificada en la sabiduría humana (lo que conduce al culto de la personalidad política y el entendimiento de los gobernantes como salvadores nacionales).

En fin, solamente he querido resaltar un punto, el del sentido de la vida y que incluye esas cosas que hoy se rechazan y cuya solución ha sido cedida a los gobiernos: que ellos nos blinden contra el sufrimiento para nosotros abandonarnos al gozo inmediato.

Eso no es una vida completa.

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