Voluntad popular, mayoritaria 

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La mayoría tiene la razón. La voluntad  del pueblo debe ser obedecida.

Expresiones de ese tipo contienen un peso considerable y dan gran aliento a acciones pueden ser reprobables. ¿Por qué? Porque son un sustituto absurdo de la razón. Usualmente un disfraz del autoritarismo, incluso del totalitarismo.

Esto es algo que bien vale una segunda opinión.

1. Se tiene, por un lado, el principio democrático de mayoría, por el que es aprobado lo que sea que se someta a votación y obtenga la mayor cantidad de votos.

Un método tosco de llegar a acuerdos que eviten llegar a sistemas violentos de aprobación forzada.

El principio de mayoría es concreto, especifico, medible, personal.

2. Otra posibilidad es la noción de «la voluntad popular», que es mucho menos concreta. Alude a una entidad abstracta que tiene una cierta voluntad colectiva que puede ser conocida o inferida, pero que no necesariamente coincide con el principio de mayoría (puede incluso ir en su contra).

Esta voluntad del pueblo, suele afirmarse, es conocida aunque no por todos. Su conocimiento parece estar reservado a unos pocos iniciados que tienen la responsabilidad de implantarla.

La voluntad del pueblo es abstracta, vaga, etérea, oculta, colectiva, impersonal.

Aunque notablemente diferentes, el principio de mayoría y el de voluntad del pueblo, ambos son medios políticos que persiguen encontrar soluciones legítimas de acciones de gobierno.

Uno por el conteo de personas, el otro por la interpretación gubernamental del deseo colectivo del pueblo, los dos son sistemas que pretenden crear un sustento que justifique decisiones de gobierno.  Los dos presuponen una entidad colectiva con poder de decisión inapelable, sea la mayoría, definida numéricamente, o bien la voluntad mística popular revelada a unos pocos.

«[…] que sea el pueblo el que decida; en la democracia es el pueblo el que manda […]el pueblo de México es mayor de edad, el pueblo es sabio y sabe muy bien que representamos cada uno de nosotros». elfinanciero.com

Hasta aquí, la idea es clara. Esos son dos métodos usados para justificar medidas gubernamentales, para darles legitimidad. La pregunta que sigue es la que todos nos haríamos, ¿son esos métodos aplicables a toda decisión de gobierno?

La respuesta es no. Algunas decisiones, como la selección de candidatos a gobernar, no admiten mejores soluciones que la del voto. Sin embargo, resulta obvio que habrá muchos casos en los que no sean aplicables.

Lo que es posible asegurar sin miedo de duda es que esas dos formas sean de aplicación universal. Esto ha sido explicado así:

«[…] debemos volver a desenmascarar un mito que nos confronta con la última y decisiva pregunta de una política de la razón: el mito de que una decisión mayoritaria en muchos o, quizás, en la mayoría de los casos es la forma “más razonable” de llegar a una solución para todo el mundo». Ratzinger, Joseph Cardinal. Europe Today And Tomorrow (p. 63). Ignatius Press. Kindle Edition.

Sí, habrá casos en los que el principio de mayoría sea inútil porque no es un sustituto de la razón. Mayoría y razón no son equivalentes. Pero es no es todo.

Hay otra cosa digna de anotar, el peligro aún mayor de igualar a la voluntad del pueblo con la razón. La causa de esto es que, por definición, la voluntad del pueblo es una interpretación creada por el gobernante, quien cree que la conoce y debe implantarla.

Eso es lo que da pie a la creación de regímenes de concentración de poder en una persona, ese iluminado que supone conocer no lo que las personas quieren, sino lo que conoce a la voluntad del pueblo (sin gran necesidad de razonarlo ni demostrarlo).

Y una cosa más…

La lección al final es la obvia: ver como un riesgo significativo a cualquier gobernante que presuma conocer a la voluntad del pueblo, porque eso es solamente un producto de su imaginación y conduce a regímenes autoritarios.

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