Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Montesquieu, México y la División Del Poder
Eduardo García Gaspar
14 agosto 2004
Sección: LIBERTAD POLITICA, POLITICA, Sección: Análisis
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De todas las ideas políticas de todos los tiempos, no hay ninguna con mayor fama que la de Montesquieu con su exposición de la división de los poderes gubernamentales. Esta idea no puede ignorarse, especialmente en México, donde se cree que la democracia es sólo cambiar de gobernantes y poca atención se presta a la existencia de pesos y contrapesos en el gobierno.

El énfasis mexicano en la noción del “sufragio efectivo” como único elemento de la democracia ha producido un efecto colateral importante, el creer que la democracia es sólo tener elecciones limpias que el final resulten en el triunfo legítimo de un gobernante en el que se depositan todas las esperanzas de mejorar al país.

La democracia es bastante más que esa limitada visión mexicana, heredada en buena parte por los orígenes de la revolución de 1910 fundados en ese reclamo no-reeleccionista. Si el voto ciudadano y el respeto a los resultados de una elección es algo, ello es un mecanismo para la división del poder y no un sistema de elección de los mejores gobernantes.

La visión mexicana de la democracia puede ser corregida al menos en parte con el examen de las ideas de Montesquieu, en este tercer número de la serie Democracia en México de UnaSegundaOpinion.info.

Montesquieu, Carlos Luis Barón de Secondat (1689-1755), fue un filósofo y literato francés. Su obra más célebre es Del Espíritu de las Leyes, publicada en 1748 y considerada como uno de los libros de mayor influencia en la historia de la filosofía política. La idea destacada en esta carta proviene de Montesquieu, Del Espíritu de las Leyes, Altaya, Grandes Obras del Pensamiento, Barcelona, 1993, libro XI, De las leyes que dan origen a la libertad política en su relación con la constitución, pp. 113-121.

El poder contra el poder mismo

Pocas veces mencionado explícitamente, el punto de partida de Montesquieu es el evitar los abusos de poder. Es una experiencia de siempre, afirma el autor, que todo aquél que está en una posición de poder siente la inclinación de abusar de él, hasta donde encuentra límites. Su recomendación para evitar ese abuso del poder es enfrentarlo consigo mismo: el poder puede frenar al poder.

La intención del autor es encontrar una manera de evitar la concentración del poder porque el poder tiende a ser abusado y su sugerencia es frenar al poder con el poder mismo.

Su siguiente paso es tomar como ejemplo al gobierno inglés para establecer que dentro de un estado existen tres poderes. Cada uno de ellos tiene funciones diferentes.

El poder legislativo promulga leyes, las enmienda o deroga. El poder ejecutivo es el encargado de los asuntos del derecho de gentes, dispone de la guerra y de la paz, envía o recibe embajadores, establece la seguridad, previene las invasiones. El poder judicial es ése del que depende el derecho civil, el castiga los delitos o juzga las diferencias entre los particulares.

Después, Montesquieu establece muy brevemente otra realidad cotidiana: la libertad política de un ciudadano depende de la tranquilidad que nace de la opinión que tiene cada uno de su seguridad propia. Para que exista libertad, por tanto, se necesita un gobierno de tales características que ningún ciudadano pueda temer nada de otro.

La motivación central de Montesquieu es la libertad dentro de una situación en la que no existen abusos de poder. Es a continuación que Montesquieu procede a hacer las aseveraciones que más fama le han dado.

La unión del poder legislativo y del poder ejecutivo en la misma persona o en la misma institución es un ataque a la libertad. Esa unión significaría la emisión de leyes déspotas y tiránicas que serán aplicadas de la misma manera.

La unión de poder judicial al poder legislativo, significaría que la vida y la libertad de los ciudadanos estarían sujetas a un poder arbitrario, ya que el mismo juez es a la vez el legislador. La unión del poder judicial al poder ejecutivo, significaría que el juez tendría la fuerza del opresor.

Por tanto, para evitar los abusos de la autoridad y para preservar la libertad, el poder del gobierno debe ser balanceado. Debe ser dividido. Debe ser separado. Para apoyar su idea, llega Montesquieu a hacer una aseveración muy clara. Dice que todo estaría perdido si el mismo hombre, el mismo cuerpo de personas principales, de los nobles o del pueblo, uniera en sí esos tres poderes.

Cuando eso sucediera, habría un ataque a la libertad. Cuando estuvieran unidos el poder de hacer las leyes, el de ejecutar las resoluciones públicas y el de juzgar los delitos o las diferencias entre particulares, el ciudadano viviría bajo un gobierno tiránico. Por eso, dice el autor, siempre que los gobernantes han querido hacerse déspotas han empezado por reunir todas las magistraturas en su persona.

Y ahora Montesquieu nos da sabios consejos

A continuación Montesquieu se dedica a dar una variedad de sugerencias. Por ejemplo, para el poder judicial hace la siguiente recomendación. Dice que este poder es uno tan grande (juzgar a los hombres) que conviene que no sea dado a un grupo permanente.

Más aún, este poder debe ser ejercido por ciudadanos comunes. Este tribunal tendría solamente la duración necesaria para el juicio. Así se hace invisible y nulo, por no estar ligado a un determinado estado o profesión.

En cambio, los otros dos poderes sí pueden darse a personas o cuerpos permanentes, ya que no ejercen actos específicos sobre un ciudadano particular. Son más bien, una representación de la voluntad general del estado y de la realización de esa voluntad.

Para el poder legislativo, Montesquieu da otra sugerencia. El autor parte de la idea de que dentro de un estado libre, el hombre debe gobernarse a sí mismo. Por eso, convendría que el mismo pueblo fuera el poder legislativo. Esto es, desde luego, imposible en las grandes naciones. Y aun en las pequeñas localidades esto presenta mil problemas.

Por eso, el pueblo mismo deberá ejercer ese poder por medio de representantes suyos. Ya que cada representante conocerá bien la naturaleza de su localidad, la nación contará con puntos de vista de todas sus regiones en la actuación del poder legislativo. La ventaja de los representantes, dice Montesquieu, es que ellos poseen la capacidad de discutir los asuntos, mientras que el pueblo no lo está.

Del pueblo, los representantes reciben las instrucciones generales, sin que sea necesario entrar a los detalles. Es así que los representantes del poder legislativo son la expresión de la voz de la nación.

Montesquieu sigue ahora con consideraciones acerca del poder ejecutivo. Aquí muestra una gran sutileza. Montesquieu no quiere que el poder legislativo, representante del pueblo, se torne despótico. Por eso le otorga capacidad al poder ejecutivo para frenarlo, en beneficio de la división de los tres poderes.

Además. la naturaleza del poder ejecutivo tiene límites en sí misma. Toda ejecución es limitada en el tiempo y requiere urgencia. Por esta razón es que tampoco el poder legislativo deba contener al ejecutivo.

Montesquieu establece los principios de la constitución fundamental El cuerpo legislativo está compuesto de dos partes, cada una de las cuales estará sujeta a la otra por su mutua facultad de impedir y ambas estarán frenadas por el poder ejecutivo que lo estará a su vez por el judicial (Montesquieu ha introducido aquí otro elemento de balance, el de un cuerpo legislativo dividido en dos cámaras, una idea tan importante que será tratada con detalle en otro número de la serie Democracia en México, el próximo mes).

La primera reacción ante esa división de poderes puede ser una de simple y sencillo sentido común. ¿No se tendrá así un gobierno ineficiente, incapaz de actuar y atorado? Es ésta una situación muy conocida de los mexicanos en este momento, la de un poder legislativo inactivo e incapaz de llegar a acuerdos. Montesquieu responde que no.

Esos tres poderes se quedarán en reposo y podrán ser hasta inactivos, pero como por el movimiento necesario de las cosas, estarán obligados a moverse, se verán forzados a actuar por común acuerdo. De acuerdo con este razonamiento, la parálisis actual del poder legislativo mexicano será momentánea y sufrirá tal presión que se vea obligado a realizar su labor.

En resumen…

A la experiencia conocida de que toda autoridad tiene una tendencia natural a abusar de su poder, el autor da una solución de enorme sentido práctico. La única posibilidad de evitar ese abuso de autoridad es enfrentar al poder con otro poder. De allí, la separación del gobierno en organismos con balance de poder. El resultado no es la inacción, al menos a la larga.

El resultado de la división del poder es la tranquilidad en el ciudadano, que sabe que ninguna persona podrá abusar de él. Sin complicados razonamientos, sin análisis complejos, Montesquieu tomó esa solución y la desarrolló con sugerencias que fueron plasmadas en las constituciones y respetadas en los países más desarrollados.

En el caso de México, su constitución tomó las ideas del autor al pie de la letra, aunque en la realidad el presidencialismo funcionó como el sistema de gobierno durante toda la época del PRI, lo que seguramente ha ocasionado un marco mental en los mexicanos que les hace creer que la democracia es simplemente un cambio en la cabeza del gobierno para que el elegido en votaciones honestas gobierne bajo el mismo sistema presidencialista… algo totalmente opuesto al ideal democrático.

En ese marco mental no hay espacio para comprender que la democracia es un sistema de gobierno, una especie de instrumento, que va mucho más allá del cambiar de gobernantes todopoderosos.

La democracia, en última instancia, dice Montesquieu, sirve para frenar el poder con el poder mismo y crear una comunidad en la que sus habitantes tengan la confianza razonable de que no serán objeto de los abusos del poder gubernamental.

Es decir, la esencia de la democracia es la fragmentación del poder en esas tres funciones tradicionalmente aceptadas. Y este principio de división del poder político podría ampliarse para incluir la idea de otras divisiones del poder. Por ejemplo, las elecciones periódicas fragmentan el poder en el tiempo y el federalismo lo fragmenta en el espacio.

Más aún, la existencia de otras instituciones como las iglesias y los organismos intermedios pueden ser vistas como frenos a ese potencial abuso del poder al que toda autoridad tiende.

La valiosa contribución de las ideas de Montesquieu deben poder corregir el error de entendimiento mexicano de la democracia que consiste en creer que ella es sencillamente cambiar a las cabezas del gobierno y luego sentarse a esperar que los gobernantes elegidos realicen prodigios… lo que desde luego no sucederá y la desilusión consiguiente hará colocar esas vanas esperanzas en la nueva elección que generará iguales expectativas y similares desilusiones.

A lo que debe agregarse un riesgo alarmante, el de la posibilidad del surgimiento de un demagogo irresponsable que puede convertirse artificialmente en ese ser buscado por una población que ignora la razón de ser de la democracia.

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