Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
No Llamarlo Para Todo
Eduardo García Gaspar
30 septiembre 2009
Sección: ECONOMIA, Sección: Una Segunda Opinión
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Era 1998. Se hablaba de una crisis económica. Fue cuando Milton Freedman escribió que ella no era debida al fracaso de los mercados. La historia se ha repetido ahora.

También ahora unos han dicho que la crisis de la economía se debe a fallas en los mercados, mientras que otros han dicho lo mismo que Freedman: no, la crisis no se debe a fallas de los mercados libres. La crisis ha sido causada por lo opuesto.

La crisis fue provocada por gobiernos que intervienen en los mercados y tratan de reemplazar las funciones de las transacciones libres de la gente. El reemplazo, por lo general, se justifica con grandes motivos, como ayudar a los pobres, desarrollar el campo y demás.

Pero lo que sucede es que el reemplazo toma formas concretas como subsidios, préstamos preferentes, impuestos, reglamentaciones complicadas, disposiciones de organismos internacionales… en fin, una serie de órdenes económicas dictadas como obligatorias por la autoridad.

Por ejemplo, relajar los requisitos para hipotecas individuales aceptando créditos riesgosos. O bien, dando subsidios a agricultores. Todo esto en el fondo tiene dos consecuencias que son nefastas. Primero, hace crecer el poder de la institución más poderosa de todos los tiempos. Segundo, desperdicia recursos que son escasos en una maraña burocrática manejada por intereses personales sin rendición de cuentas.

Lo que resulta en extremo curioso es un fenómeno mental y no económico. ¿Por qué a pesar de todas las evidencias que existen en contra del crecimiento del gobierno, tantas personas apoyan la idea de que esta crisis debe ser corregida con aún más gobierno? Es como tratar de saber por qué alguien sigue creyendo que la tierra es plana.

Tratando de responder esto, primero haré lo que hace un amigo: dejar de considerar a los intelectuales en general. Son demasiado soberbios, dice, demasiado pagados de sí mismos para saber que existe una realidad que es independiente de sus deseos. Ellos, añade mi amigo, piensan que sus deseos son órdenes para el resto y aún creen que todo lo que se necesita son buenas intenciones.

Bien, una vez puestos de lado los intelectuales, sigo con lo que dice otro amigo sobre muchos profesores a los que dedica palabras fuertes. Dice que por trabajar lejos de la realidad, en torres de marfil, se vuelven la gente más crédula que existe y con facilidad siguen como dogmas incuestionables lo que sea que diga su líder espiritual.

Pero también hace falta quitarnos de encima a los políticos, pues ellos tienen especial interés personal en acrecentar el tamaño del sitio en el que trabajan. Siempre querrán ellos más personal, más oficinas, más dinero, más poder.

Nos hemos desecho de los políticos, los intelectuales y los profesores, al menos muchos de ellos, pero nos quedan las opiniones de la gente común. Son las que interesan en verdad. Entre esas opiniones, por supuesto, las hay que favorecen a la libertad… pero hay muchas otras que en general están de acuerdo con la idea de que la crisis necesita más intervención gubernamental y no menos.

¿Causas de esta sorprendente mentalidad que va incluso contra ellos mismos? Una explicación podría ser la falta de poder distinguir entre dos situaciones.

Cuando se comete un robo en una casa, se llama a la policía, a la autoridad. Es la situación normal pero que crea una costumbre perversa, la de llamar a la autoridad para resolver cualquier problema, no importa cual.

Puede ser definido como un problema de inercia que no distingue entre situaciones. Cuando hay un desorden que amenaza a la gente en sus personas y posesiones, está bien esperar la intervención estatal. Si alguien ha sido defraudado, toda la lógica lleva a aceptar la intervención de la autoridad.

Pero cuando un mercado funciona con orden, no hay por qué llamar al gobierno. Y si interviene, lo que logrará será desordenarlo, y así justificar más y más intervención. Eso sucedió con la concesión de hipotecas en los EEUU. Pero queda algo importante.

¿Tienen fallas los mercados? Claro que sí. No son perfectos, pero corregirlos con la intervención estatal supone que esa intervención será una medicina efectiva. Es desafortunado, pero es inefectiva, produce efectos colaterales que son peores que los problemas que pretende solucionar. Trata de curar, pero mata pacientes.

Post Scriptum

Creo que el punto básico es distinguir una situación de otra y sabe cuándo sí y cuándo no pedir intervención estatal. El tema de la imperfección de los mercados y del intervencionismo es básico de comprender. Proviene de la comprensión esencial de la imperfección humana.


ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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