Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Recortando Narices
Eduardo García Gaspar
5 abril 2012
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


La persona defendió una idea, la de que cada persona tenía su verdad y que por eso era respetable.

La ocasión era un lío de vida de celebridades y las versiones que distintas personas tenían de los hechos.

Los detalles no valen la pena, pero sí el asunto central.

En resumen, sucede algo, lo que sea, que involucra a dos personas célebres en conflicto.

Las versiones sobre los hechos varían y alguien las examina diciendo que todas esas versiones tienen igual veracidad, que todas merecen respeto.

Las cosas, mucho me temo, son exactamente al contrario.

Las personas merecen respeto. Eso es indudable. Se les debe tratar a todas por igual. Pero eso no significa que también se trate por igual a las opiniones que ellas tienen.

Tome usted dos personas. Una de ellas dice que es más sano tomar brócoli que papas fritas. La otra dice que es más saludable comer papas fritas que brócoli.

Si esas dos personas inician una conversación sobre sus opiniones, es obvio que lo mejor es que ellas se traten con respeto. Sería reprobable que una de ellas sacara un revólver y con amenazas tratara de convencer a la otra.

Ese respeto entre ellas es positivo, pero no implica que lo que opinen y digan deba ser respetado como una verdad.

En lo del brócoli y las papas fritas resulta lógico que una de esas opiniones esté más cerca de la verdad (podría ser que ninguna).

Es decir, la dignidad de la persona tiene una consecuencia en el trato que debe dársele, pero esa dignidad personal significa que lo que la persona dice sea verdad.

Esta confusión es muy común. La sufrió quien dijo que cada persona tiene su verdad y que ésa es respetable.

Lo que es respetable es la persona. Sus opiniones, no necesariamente.

Esas opiniones pueden ser falsas, incorrectas, inexactas y, por tanto, no pueden ser tratadas con el respeto que la verdad merece.

Un caso común de esta confusión es el de quien dice que la libertad es absoluta, que no tiene límites y que, por esa razón, lo que sea que él haga es legítimo mientras sea libre.

Esa persona puede alegar que eso es lo que ella piensa y que ésa es su verdad y que entonces hará lo que ella quiera sin restricciones, como jamás cortarse el pelo.

Que la persona piense así no necesariamente significa que su creencia sea respetable. Si lo fuera, enfrentaría un problema serio: otra persona piensa que su libertad consiste en cortar el pelo a todos los que ve, que esa es su verdad.

¿Cómo conciliar esas dos supuestas verdades?

No hay manera posible si se acepta que las dos opiniones son verdades. Es decir, no hay manera voluntaria de resolver el conflicto.

Sólo hay una posibilidad, hacer que las dos acepten el veredicto de un tercero, una especie de juez que dicte una solución. Aquí es donde las cosas se ponen interesantes.

¿Bajo qué criterios dictará ese juez su sentencia?

El juez puede pensar como esas dos personas. Por ejemplo, creer que su verdad es que cada vez que se encuentre a dos personas que estén en conflicto, a las dos les cortará la nariz.

Para él, esa es su verdad: los conflictos se resuelven mediante el corte de la nariz de las personas que piensan distinto. Como esa es su verdad, la aplicará con total legitimidad.

Pero en eso sucede otra cosa, una cuarta persona se entera de la sentencia de cortar las narices de quien quería dejarse crecer el pelo y de quien quería cortárselo.

Y, esa cuarta persona, alega que su verdad es ejercer una libertad sin límites que le hace creer muy conveniente arrancarle los dientes a quien corte narices, lo que ahora crea un conflicto entre estas dos nuevas personas, el que tampoco tiene solución… a menos que suceda de nuevo, que entre un juez nuevo y comience el ciclo otra vez.

La historia es exagerada, pero es lo que en realidad sucede cuando se piensa que cada quien tiene su verdad y que esa verdad es tan respetable como la de cualquier otro.

Si esto sucede jamás que podrá encontrar una solución razonable… excepto por la más temible de todas: la de que se implante la verdad sostenida por el que más fuerza tiene para obligar a todos a seguir sus opiniones.

Y ese que más poder y fuerza tiene, es el gobierno.

Es decir, cuando se abre la puerta a las verdades personales, también se abre la puerta del abuso gubernamental. La “verdad gubernamental” será la impuesta.

Post Scriptum

Palabras que en apariencia son inocentes, como eso de afirmar que cada quien tiene una verdad que merece respeto, tienen consecuencias muchas veces severas. Si en realidad cada quien tiene su verdad y todas ellas son tomadas como merecedoras de igual respeto, no hay posibilidad, a la larga, de convivencia.

La única posibilidad de tenerla es la imposición del orden basada en lo que considere verdad quien más poder tenga, es decir, el gobierno. Será él quien aplique su verdad porque el poder es la única solución a los conflictos que se crean cuando se acepta que toda opinión es verdadera.

Otra cosa: si alguien piensa que la opinión de cada persona es una verdad respetable, en realidad está expresando una opinión personal a la que considera verdad. Ella enfrenta una situación insoluble, la de qué hacer con la persona que cree lo opuesto y a la que, por obligación, debe considerar que también opina con verdad. La incongruencia es obvia.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





esp
Búsqueda
Tema
Fecha
Newsletter
RSS Facebook
Extras