grandes ideas

Qué es el valor económico, qué significado tiene y cómo se forma. Es un tema antiguo, tratado al menos desde el siglo 15 con gran refinamiento. Tratamientos realizados por grandes pensadores pertenecientes al grupo de los escolásticos medievales.

Introducción

Un problema clásico de la Economía, la definición de valor económico, su significado. La respuesta, y una muy razonable, tiene ya varios siglos. Y es anterior a la época del «nacimiento de la Economía».

La idea fue encontrada en la obra de Marjorie Grice-Hutchinson. Early Economic Thought in Spain, 1177-1740 (2013, Routledge Revivals).

Punto de partida

La autora comienza haciendo referencia a dos personajes del siglo 15.

Por un lado, a un franciscano, san Bernardino de Siena (1380-1444). Del otro, a un dominico, san Antonino de Florencia (1389-1459).

Los dos, contemporáneos, con opiniones similares en asuntos económicos. Los dos, personas bien informadas sobre los asuntos de sus tiempos, el comercio y los negocios.

«Nuestros dos economistas italianos», como los llama la autora, sostienen una teoría del valor, que es la que explica con brevedad a continuación.

Significado del valor económico

Para san Bernardino y para San Antonino el valor de los bienes tiene tres componentes. Ellos son, en latín, raritas, viruositas y complacibitas.

Traducidos pueden entenderse como escasez, utilidad o servicio y capacidad para agradar.

Raritas

Es la escasez es un componente entendido con facilidad, referido al monto de disponibilidad del bien. Podría acudirse a la expresión latina «raritas pretium facit» (la escasez hace el precio).

Virtuositas

Es la utilidad como una característica del bien, su capacidad para satisfacer necesidades; algo que es inherente al bien en sí mismo.

Complacibitas

Es un componente menos obvio, una propiedad del bien. Su capacidad para agradar a la persona, para ser de su gusto.

La paradoja del valor económico

La autora a continuación trata la paradoja del valor, la avistada por Aristóteles y que tiempo después tuvo un lugar destacado en la literatura de la Economía.

Ambos economistas la tratan de igual manera.

Afirman que el valor económico de las mercancías se determina por su nivel de escasez.

Los cuatro elementos básicos, tierra, agua, aire y fuego tienen un valor inferior al bálsamo y al oro, a pesar de que ellos son más necesarios y útiles para vivir que los segundos. El agua tiene un precio menor que los diamantes, como suele expresarse.

La escasez tiene aplicación no solamente en el caso de las mercancías y bienes materiales.También aplica al salario. Los dos sacerdotes-economistas del siglo 15 están de acuerdo.

Las diferencias de ingresos se explican por la escasez, afirma san Bernardino: los trabajadores calificados son menos numerosos que los trabajadores sin capacitación.

San Antonino, por su parte, dice que los salarios son determinados, en ausencia de fraude, por medio de la «estimación común».

El asunto del precio justo

El tema que sigue es inevitable, el del precio justo.

Grice-Hutchinson apunta que conforme el lector ahonda en la mentalidad de los escolásticos, mayor es su impresión de que ellos creyeron en «el libre juego de las fuerzas del mercado» como causa central de la formación de precios.

Pero no solo eso. También verá que quisieron defender esa idea por causas morales. ¿Por qué?

Sin duda, porque consideraban al pobre como la persona que gana el pan, que es el sostén familiar, más que ser un productor. La carestía y la hambruna son riegos siempre presentes para ellos, por lo que los gobiernos quieren asegurar que la oferta de bienes sea constante y abundante.

Tomaban medidas en contra de los acaparadores que compraban mercancías antes de que ellas llegaran a los mercados o que provocaban aumentos de precios. Los intermediarios que se veían con recelo y que eran dados a esas prácticas.

Los «doctores», como se conocen a los escolásticos, temían que si se usaba el concepto del valor-trabajo para determinar precios, eso permitiría a los comerciantes a reclamar altos costos para justificar precios elevados a los consumidores.

Un mercado libre, con competencia, evita eso, pero no basta totalmente para asegurar abundancia y precios reducidos. En momentos de gran escasez, las autoridades acudían al uso de controles de precios para proteger al pobre.

Los escolásticos claramente preferían al mercado libre, pero permitían regulación de precios en situaciones graves y para bienes básicos.

Grice-Hutchinson termina está parte concluyendo que los monopolios eran «unánimemente rechazados por los doctores medievales», recelando de los gremios de comercio a los que veían como «cunas de conspiración ilegal».

En resumen

La contribución de Grice-Hutchinson es enorme al apuntar esas ideas de los dos santos-economistas, gente con gran poder de observación.

Dejaron ellos, entre otros escolásticos, una idea sustancial: el precio de los bienes es subjetivo, producto de la apreciación personal del comprador.

Y, si el valor o precio de los bienes, por tanto, puede solo formarse en un mercado de libre participación humana. Los precios fijados por la autoridad son, consecuentemente, falsos.

Se trata de una negación de la teoría del valor-trabajo, en su sentido práctico, pero también, un argumento moral que ve a la persona más como comprador que como vendedor.

Este último podrá justificar precios altos argumentando costos altos, pero el comprador tendrá la última palabra al argumentar la utilidad y el gusto que el percibe en cada bien.

Los tres componentes del valor económico permiten encontrar su significado. Raritas, viruositas y complacibitas son conceptos ricos para el entendimiento del valor de las cosas.

Y unas cosas más

El lector encontrará de interés la información de La Escuela de Salamanca; de los escolásticos españoles; y los contenidos del Instituto Juan de Mariana.

Es especialmente aconsejable El Mundo Económico de los Escolásticos Tardíos.

Bonus track: más sobre el significado del valor económico y su teoría.

El valor económico de una silla

Por Leonardo Girondella Mora

La respuesta a cuanto vale un bien cualquiera, sea una silla o un reloj, es uno de los problemas económicos más interesantes —y puede ser respondido desde dos principales puntos de vista.

El productor del bien

Desde el punto de vista del productor, una mesa o el vidrio de una ventana, vale lo que resulta de la suma de todos los recursos que fueron utilizados para su producción.

Este sería el precio de venta al que se le ofrecido el producto y que incluiría una utilidad para el productor.

El consumidor del bien

Pero hay otro punto de vista mucho más interesante, el del consumidor —para el que el valor de las cosas está en función de la utilidad que él percibe en cada producto.

Esta es una expresión subjetiva del significado del valor económico y tiene poco que ver con el costo de producción del bien en cuestión.

Divergencia de opiniones

La silla que el productor valúa, por ejemplo, en $1,000, un consumidor cualquiera podría valuarla en no más de $500 — y otro consumidor podría valorarla en $2,000.

El consumidor que la valúa en $500, por tanto, no la compraría, pero para quien vale $2,000, el precio de $1,000 sería muy ventajoso.

Puede apreciarse aquí esa divergencia de opiniones y el predominio de la opinión del consumidor.

Significado subjetivo del valor económico

Para el consumidor el valor de las cosas es subjetivo —se establece gracias a la evaluación que el consumidor hace de los bienes, es decir, de la utilidad personal que él percibe en cada producto en cada momento.

Para quien necesita sillas, ellas tendrán un valor mayor que para quien no las necesita. Cuando no se necesita un bien de acuerdo con la percepción del consumidor, el precio de ese bien tendrá que ser en extremo bajo para convencerlo de comprarlo.

Lo que quiero enfatizar es algo que puede ser difícil de entender para algunos, la realidad de que el valor económico de las cosas es subjetivo.

Es un resultado de la evaluación personal del consumidor, en cada momento, de la utilidad que percibe en la silla, la mesa, la camisa, o cualquier otro bien.

Cálculo de costos

De acuerdo con esto, sucede algo que puede ir en contra de la intuición superficial: los productores de bienes y servicios calcularán sus costos en concordancia con lo que ellos piensan que los consumidores percibirán como valor en esos bienes y servicios.

Es decir, los costos de producción estarán afectados por la idea que se tenga del valor económico subjetivo que tendrán a los ojos del consumidor.

Una silla de un millón

Lo anterior puede ser ejemplificado utilizando una situación extrema. Una persona produce una silla cuyos costos de producción totalizaron un millón de pesos —lo que hace que ese productor le ponga un precio de esa misma cantidad.

En ese caso se necesitará de uno o más consumidores que perciban que la utilidad que les proporcionaría en esa silla fuese mayor a un millón de pesos. Ningún consumidor que valora la utilidad de esa mesa en menos de esa cantidad, la compraría.

En otro ejemplo, el aceptar qué el valor económico de las cosas depende de la evaluación subjetiva del consumidor, ayuda a resolver el viejo problema del mayor valor del agua en el desierto.

Donde una persona antes que fallecer de sed estaría dispuesto a dar uno o más diamantes a cambio de una cantimplora.

Precio justo

Es común, en fechas recientes, que se reclame pagar el precio justo al productor, especialmente cuando este es un agricultor —por ejemplo hablar de fair trade para los agricultores de café pagándoles un precio más alto.

Lo que sucede la práctica es que los consumidores que están convencidos de ese fair trade serán los que paguen el precio más elevado que ello les significa. Pero los consumidores para quienes el fair trade significa poco un nada, se guiarán por otras evaluaciones diferentes.

Lo que he querido hacer en esta columna, es recordar de nuevo que el valor económico de los bienes y servicios tiene su origen en la subjetividad del consumidor —una subjetividad que se origina en el cálculo de utilidad personal que hace el consumidor.

Es decir, la suma de los insumos que han sido necesarios para producir un bien no tienen utilidad alguna en sí mismos —no pueden ser utilizados para determinar el valor de las cosas. Ese valor está en la mente del consumidor.