derechos

Las leyes reconocen a los derechos humanos, pero no los decretan. Es decir, los derechos humanos se descubren pero no pueden ser inventados ni creados. Si llegaran a crearse de la nada, ellos se convertirían en una lista interminable.

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Para explicar la idea de que las leyes no decretan derechos y que solamente los reconocen, sigo el siguiente orden de ideas.

Primero, las leyes no se pueden comerse

Si usted es un agricultor de tomate lo que a usted le interesa es producir tomates. Si usted es un escritor, a usted le interesa escribir libros.

Pero si usted es un legislador, lo que le interesa es emitir leyes. La producción de tomates o de libros o de mangos, puede ser de beneficio para todos.

Pero un exceso de leyes produce lo contrario de lo que persigue. El exceso de leyes encarece la vida, produce confusiones e ilegalidades. Lastima el bienestar esa hiperactividad legislativa.

Y, sin embargo, eso es lo que nos dan los legisladores, pues es lo único que saben hacer.

Cuantos más problemas sociales se tengan mejor para ellos, quienes arrojarán a la sociedad cascadas de leyes y reglamentos que colocarán a prácticamente todos fueran de la ley.

Un ejemplo de esto es la creación de un derecho, el de la alimentación.

De hacerse realidad eso, desde luego, nuestra vida será más amable, pues supongo yo que podamos llegar a un restaurante francés, exigir que se cumpla ese derecho y se nos sirva de inmediato un plato de Coq au Vin.

Leyes no decretan derechos los reconocen

Lo que sucede es que en el fondo, las ansias legislativas son tantas y tan vehementes que ciegan la vista del congresista. Le impiden reconocer que las leyes reconocen derechos no los decretan. No pueden inventarse más derechos de los que ya existen, los derechos naturales.

La noción de un derecho a la alimentación tiene valor de propaganda, pero no tiene un fundamento que permita lograr eso que quiere cumplir.

Usted podrá poner ese derecho en la constitución del país con mayor pobreza que nada logrará. Usted puede dotar a una población del derecho al empleo, que eso tampoco remediará el desempleo sufrido.

La realidad no puede ser manejada soñadoramente por ley alguna. Usted puede colocar en la ley el derecho a no morir, a no caerse, a no chocar su auto, que nada de eso será posible. La razón es ignorar a la realidad.

Los derechos reales se descubren

Un derecho real impone un papel doble en las personas. Por ejemplo, el derecho a la propiedad privada que usted tiene, coloca en todos la obligación de no robarle y si llegan a hacerlo serán castigados.

Su derecho de libertad religiosa coloca en los demás la obligación de no impedir la realización del culto de su preferencia.

Pero un derecho a la alimentación no tiene esa posibilidad. Si usted tiene derecho a alimentarse, no hay nadie concreto en el que recaiga la otra parte natural de todo derecho bien fundamentado. ¿Caerá en su vecino? ¿En un restaurante? ¿En todos?

Si recayera en todos, usted tendría la facultad de ir casa por casa y pedir obligadamente dinero para alimentarse y si acaso no le dieran dinero, la policía los obligaría.

Le digo, el único mérito de un derecho como el de la alimentación es su valor de propaganda política para el legislador que quiere mostrarse preocupado y hace lo único que sabe hacer, leyes.

Es por eso que debe aceptarse que las leyes reconocen derechos solamente, no los decretan. No pueden decretar más derechos de los que ya existen en nuestra naturaleza y que son universales.

Hace más el productor de tomates, el de chiles, el de legumbres por remediar el problema de la alimentación que el legislador al que se le ocurre la terrible idea de inventar derechos.

La alimentación para todos, buena y suficiente, no puede ser un derecho. Es, sin duda, una intención loable a la que todos debemos ayudar de alguna manera, pero no puede ser un derecho exigible por ley.

Y si acaso llegara a convertirse en un derecho, lo que así se logrará será posiblemente lo contrario de lo que intenta, pues en ese torrente de leyes el legislador ahogará a la iniciativa individual de quienes sí pueden producir alimentos.

La verdad es que las leyes no son comestibles pero si lo fueran no se tendría ya un problema de falta de alimento. Lo que las buenas leyes hacen es facilitar la acción humana que produce satisfactores que sí pueden comerse.

Segundo, derecho a la felicidad

Cada vez me siento más inclinado a pensar que la nuestra es una época con un rasgo interesante, que es una terrible ansia de declarar que todo lo que sea deseable es un derecho.

Sin reconocer que las leyes reconocen derechos que ua existen en nuestra naturaleza, pero no los decretan ni inventan. Esto es lo que hace absurdo el pensar en derechos como el de la felicidad.

Siguiendo esta lógica y siendo yo un amante de la música clásica, me parecería lógico que se declarara oficialmente el derecho a escuchar música clásica. Una acción de esas que la ONU encuentra irresistibles para luego hacer el Día Internacional del Derecho a la Música Clásica.

La realidad es que eso no puede ser un derecho, pues si lo fuese andaría yo ya exigiendo a la Sinfónica de Jalapa que me diese boletos gratuitos durante el resto de mi vida. O mejor aún, que la Sinfónica de Berlín me enviara boletos de avión para ir a Alemania a escuchar todos sus conciertos.

Porque después de todo, eso es un derecho verdadero, algo que yo puedo exigir a los demás, como el derecho a la propiedad privada, con el que se obliga a los otros a no robarme ni dañar mis posesiones, so pena de castigos legales.

La equivocación actual

Y es que existe un error muy claro de nuestros tiempos, el creer que lo deseable es un derecho. La mentalidad que hace que las leyes decretan derechos creados, cuando ellas solo los reconocen.

Sí, es deseable que yo tenga un empleo pero de allí a que eso sea un derecho hay una distancia enorme, a menos que uno pueda plantarse frente a las oficinas de una empresa y exigir que me contraten.

Digo que en nuestros tiempos hablamos demasiado de derechos y tenemos terribles confusiones con ellos. Uno de esos derechos de los que se habla es el derecho a la felicidad. No, no es chiste, aunque lo parezca.

Felicidad de talla única

Si ese derecho realmente lo fuera tendríamos que hacer algo que es absurdo.

Primero, la definición personal de felicidad es diferente en cada persona y eso complica las cosas terriblemente.

Pero vamos a simplificar las cosas y presuponer que todos, absolutamente todos, han definido a la felicidad como el tener tres millones de dólares en el banco y dedicarse a viajar el resto de la vida.

Si la felicidad fuera un derecho, y los derechos reales exigibles, eso significaría que a cada habitante del planeta alguien le tendría que dar esa cantidad como obligación. Es risible pensar en eso. Requeriría definir la felicidad como idéntica para todos.

Pero hay más. Me refiero a un asunto de más fondo.

Felicidad imposible

¿Es de verdad la vida algo en lo que la felicidad sea posible? No lo creo y como prueba ofrezco lo siguiente.

La felicidad supondría cancelar la probabilidad de enfermedades; ni siquiera un dolor de muelas sería permitido si la felicidad fuera un derecho. Más aún, tampoco deberían existir los accidentes que dañaran a las personas; nada de frenos dañados, nada de terremotos, nada de siquiera cortocircuitos.

Tampoco serían permitidos el estrés en el trabajo, las crudas por beber de más, ni las discusiones con personas que no comparten nuestros puntos de vista.

Nuestro equipo favorito de béisbol o de futbol no podría perder jamás (lo que significaría un problema de lógica tremendo con varios equipos rivales). Nada de nada de lo que nos pueda quitar felicidad. Le digo, esto es tonto.

Nuestra existencia no está diseñada para ser un sitio de felicidad exigible y menos una felicidad reclamada bajo el pretexto de un adulterado derecho que no puede existir. Recuerde las leyes reconocen derechos existentes ya, no los decretan.

Aislamiento de la realidad

Quienes con seriedad hablan del derecho a la felicidad, mucho me temo, tienen una visión parcial de la vida y ésa es una visión hedonista que no tiene contrapartida en la realidad.

Es más realista la otra visión. Me refiero a quienes entienden a la vida como una mezcla en la que existen ocasiones de felicidad y ocasiones de pena o sufrimiento.

Dicho de otra manera, el desconsuelo es parte de la naturaleza humana y querer quitárselo de encima es una tarea vana que rasga parte de esa naturaleza.

Peor aún, si alguien cree sinceramente en la felicidad como un derecho, tenderá necesariamente a evitar cumplir con los deberes. Esos deberes que deben realizarse para conseguir algo mejor, pero que no causan placer en sí mismos.

Quien crea en la felicidad como derecho vería todo a corto plazo y sucumbiría a los placeres más inmediatos sin pensar en las consecuencias futuras de sus acciones. Es realmente charlatanería política el hacer del gobierno un ente que vuelva realidad el derecho a la felicidad.

Las leyes reconocen derechos que ya existen en nuestra naturaleza, no los decretan, ni los crean.

Tercero utopías bobas

Exigiendo la utopía decretada

El otro día fui a una tienda de discos y quise ejercer mi derecho a la música. Pedí que me regalaran un disco. Me sacaron de allí creyéndome loco.

Luego fui a un restaurante y pedí que respetaran mi derecho a comer. Me sucedió lo mismo, aunque el guardia de seguridad me miró de manera extraña.

Más tarde fui a una universidad y pedí que me aceptaran en su doctorado de matemáticas abstractas. Me dijeron que primero tenía que pasar un examen, lo que yo vi como una violación a mi derecho a estudiar.

Al día siguiente busqué al azar a una empresa y fui a sus oficinas. Les dije que ya que se había declarado el derecho al trabajo que me dieran un puesto más o menos aceptable, de esos que incluyen un carro como prestación. No tuve éxito.

Ya de regreso a casa, visité al vecino y le dije que por favor me diera dinero para mis vacaciones, puesto que tengo el derecho a vacaciones pagadas. Me sacó en medio de las más grandes risas de su casa y me dijo que ya no bebiera tanto.

El problema de los derechos decretados

Digo, si yo tengo consagrados todos esos derechos que incluso están hasta en la Declaración Universal de la ONU, no sé por qué no los puedo ejercer. Pero curioso que es uno, me puse a leer y descubrí cosas interesantes.

Porque todo esto de los derechos decretados es más un sueño calenturiento que un análisis serio.

Un derecho real y claro tiene dos partes. Una de ellas es la que posee el derecho y la otra es la que tiene la obligación. La asignación de derecho y de obligación es clara y no tiene pierde.

Por ejemplo, si se tiene libertad religiosa, usted tiene el derecho de asistir al templo que más quiera y en todos los demás recae la responsabilidad de no impedir que usted haga lo que desee. Es sencillo.

Igualmente, si se tiene el derecho a la propiedad, en los demás cae la responsabilidad clara de no robar esa propiedad.

Dicho de otra manera, a cada derecho real corresponde una obligación real que es asignada a personas concretas. Allí están los derechos naturales, como la libertad de trabajo.

Si yo quiero dedicarme al canto, todos tienen la obligación de respetar mi decisión… aunque claro no tienen la obligación de comprar mis discos.

¿Quién paga los derechos por decreto?

Pero con los derechos decretados las cosas se complican notable y bobamente. Digamos que el derecho a vacaciones pagadas fuera realmente aplicado.

Yo, que trabajo por mi cuenta, tendría que averiguar a quién le pido ese dinero para mis vacaciones y a alguien bien claro le tendría que caer esa responsabilidad. Dígame usted a quién.

No hay respuesta razonable posible. Si de verdad existiera el derecho al trabajo, y yo decidiera contratarme con una empresa, necesitaría saber qué empresa exactamente es la que está obligada a contratarme.

No hay respuesta justa. Y se ha hablado ya del derecho al desarrollo social, lo que sea que eso signifique. ¿A quién voy a exigirle ese derecho?

Dígame por favor, porque para mí estar desarrollado socialmente es pasar todos los años un par de meses de viaje y quiero saber a quién le exijo eso. ¿Cómo le hacemos para exigir el derecho al desarrollo social?

Ni la menor idea. Lo que sí sé es cómo exigir mi libertad de pensamiento, por ejemplo, leyendo lo que se me dé la gana y opinando como yo quiera. Los demás se tienen que aguantar mis columna y mis opiniones… claro sin la obligación de escucharlas.

Igualmente, si tengo derecho a la salud, a quién le hubiera exigido que sanara mi vesícula. ¿O a qué médico voy para exigirle que me opere sin costo?

Consagrar como derechos a lo que son ideales nada más, por si fuera poco, viola los derechos naturales de igualdad y libertad.

A alguien tengo que sacrificar si es que quiero ejercer mi derecho a, por ejemplo, vacaciones pagadas. Los derechos son derechos y los ideales son solo eso, ideales muy deseables, pero jamás derechos.

Ws por eso que las leyes reconocen los derechos en nuestra naturaleza, no los decretan. Es absurdo desbocar a la imaginación convirtiendo en derechos legalmente exigibles a lo que no es más que metas deseables y propósitos admirables.

Aunque los pongamos en las leyes como derechos, esos ideales confunden, son vagos y dañan a las personas. A todas, menos a los gobernantes que son los que quieren esos derechos irracionales porque les dan más poder del que ya tienen.

Ellos quieren ser los distribuidores de esos llamados derechos creados e inventados.

Y unas cosas más…

Conviene ver:

Sir Roger Scruton sobre los derechos humanos: