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Virtudes Sociales
Selección de ContraPeso.info
1 noviembre 1999
Sección: EDUCACION, ETICA, Sección: AmaYi, SOCIEDAD
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En el análisis del progreso ha sido descuidado un factor crítico: la ética que da sostén a la confianza mutua entre los miembros de una sociedad. La sociedad depende de la confianza, y la confianza está determinada por la cultura. Por tanto, el progreso depende en buen nivel de la cultura.

Sobre esa idea está construida la obra consultada para esta carta, el libro de Fukuyama, Francis (1995). TRUST : THE SOCIAL VIRTUES AND THE CREATION OF PROSPERITY. New York. Free Press. 0029109760, chapter 4 Scale and trust, chapter 5, Languages of good and evil, pp. 23-41. Es una obra muy digna de leer en su totalidad.

Para empezar, un par de definiciones de Fukuyama.

Primero, confianza es la expectativa que surge en las personas cuando en su comunidad la regla es que haya conductas honestas, confiables y de cooperación, basadas en normas comunes.

Segundo, capital social es la capacidad que surge de la confianza que prevalece en la sociedad; este capital social puede estar en la familia e incluso en el grupo más grande que es la nación.

El capital social es diferente a otras formas de capital humano en el sentido de que se crea y transmite por mecanismos culturales como la religión, la tradición y los hábitos.

El capital social no es una cuestión de un solo individuo; el capital social tiene que estar basado en las virtudes de la sociedad más que en las virtudes de la persona. Ese capital social, que es la capacidad de la sociedad que emana de la confianza que en ella exista, requiere hábitos de virtudes adquiridas como la lealtad y la honestidad.

Una consecuencia de lo anterior es un menor costo en los trabajos realizados en común; es decir, la confianza reduce los costos de lo producido.

Si las personas que tienen que trabajar reunidas en una empresa confían unas en otras porque ellas respetan un conjunto de reglas éticas comunes, es más barata esa operación. Esa comunidad donde existe confianza va a tener, además, mayor capacidad de innovar ya que su alta confianza mutua hará posible que emerja una gran variedad de relaciones entre sus miembros.

Por el contrario, si las personas no confían entre sí, ellas terminarán trabajando dentro en un sistema de reglas nada espontáneas, formales y llenas de regulaciones que tienen que ser negociadas, acordadas y obligadas, a veces por la fuerza.

Este aparato legal y de revisión detallada de acuerdos, ocasionado por la falta de confianza, implica costos de transacción.

La desconfianza entre los miembros de una sociedad, por tanto, impone una especie de impuesto o costo extra en todas las formas de actividad económica, un costo que no tienen que pagar las sociedades en las que existe alta confianza mutua entre sus miembros.

El capital social no está distribuido de manera homogénea entre las sociedades. Unas comunidades muestran una más marcada tendencia a la confianza y la asociación mutua que otras y las maneras preferidas de asociación difieren entre ellas. Hay sociedades en verdad individualistas con escasa capacidad de asociación.

En estas sociedades individualistas, las familias y las asociaciones voluntarias son débiles pues no existe confianza entre las personas.

Les siguen, con un nivel superior de confianza, las sociedades familistas en las que la mayor y quizá única forma de sociedad es la familia y el parentesco, en donde las asociaciones voluntarias son débiles porque no se confía en quienes no son miembros de la familia.

Después de las sociedades familistas siguen las sociedades de más alta confianza, donde por esa razón existe gran tendencia a formar organizaciones espontáneas que generan progreso y bienestar.

El capital social, que es la capacidad que surge de la confianza que prevalece en la sociedad, tiene consecuencias económicas importantes.

Aunque existen otros factores como políticas fiscales y regulaciones económicas, hay una clara correlación entre las sociedades de gran capital social y su habilidad para crear grandes empresas, como Japón, Estados Unidos y Alemania.

Las economías de Taiwan, Francia e Italia, por el contrario tienen gran cantidad de empresas familiares porque son sociedades en las que hay menos confianza. Tan sencillo como hacer una lista de las más grandes empresas y ver su nacionalidad de origen; ellas vienen de países con alta confianza y capital social.

Una sociedad de alta confianza, además, puede organizar su trabajo de manera más flexible y más orientada a grupos, con delegación mayor de autoridad en los niveles bajos de la organización. Por el contrario, las sociedades de baja confianza imponen a sus trabajadores reglas burocráticas y detalladas que deben seguir literalmente y que elevan costos de la jerarquía organizacional.

Los trabajadores de las sociedades con alta confianza encuentran sus trabajos más satisfactorios pues son tratados como adultos capaces de aceptar responsabilidades. Y sucede lo opuesto en las sociedades de escasa confianza porque allí no puede fiarse de los empleados.

El capital social está de la cultura, lo que es una paradoja pues la cultura es arracional en su sustancia y en su forma de transmisión; la cultura no se creó pensando en la eficiencia económica.

Es decir, los aspectos culturales que se desarrollaron sin objetivos económicos, tienen impacto en las posibilidades económicas.

Dice Fukuyama que la cultura es hábito ético heredado y ese hábito puede estar representado en una idea, como por ejemplo, la de que el hijo mayor debe heredar todos los bienes de la familia. La conducta de las personas está influida por las costumbres y hábitos que contiene una cultura.

Poco importan rasgos culturales como la forma de vestir; lo que importa son los códigos éticos de las culturas, que son los que tienen un impacto fuerte en establecer o no confianza. De los varios aspectos que comprende una cultura, los que tienen impacto económico son los relacionados con el comportamiento ético de las personas.

Añade el autor que existe una gran cantidad de culturas y que en todas ellas hay alguna manera de restringir el egoísmo destructivo con reglas morales no escritas, que están en la cultura.

Aunque es posible dar un soporte racional a esas reglas, la mayoría las personas no hace eso, simplemente se educan en esa cultura y adoptan las reglas de la sociedad en la que nacen y que así crean hábitos.

Los sistemas éticos crean comunidades morales porque sus lenguajes compartidos del bien y del mal dan a sus miembros una vida moral común. Hasta cierto punto, una comunidad moral, sin importar las reglas éticas particulares, creará un alto nivel de confianza entre sus miembros.

Algunas reglas tienden a promover un círculo más amplio de confianza que otras al enfatizar imperativos como la honestidad, la caridad y la benevolencia. Donde, por tanto, impere un sistema de reglas éticas, respetado por los ciudadanos, entre ellos se generará más confianza en los tratos y habrá más posibilidades de bienestar.

La confianza, que es critica para la vida económica, surgió de las virtudes y los hábitos religiosos más que del cálculo racional. La influencia de la moral religiosa tiene, entonces, un efecto en las oportunidades de progreso.

Un elemento vital es la visión de la cultura con las costumbres, lo que simplifica la vida. Identificar a la cultura con el hábito más que con lo racional no quiere decir que las culturas son irracionales, sino que son arracionales en relación a los medios que usan para tomar decisiones.

No podríamos vivir a diario sin cultura en el sentido arracional.

Nadie tiene la inclinación ni el tiempo para hacer análisis racionales de la gran cantidad de decisiones que se toman a diario. La mayoría de las personas están habituadas a un mínimo de honestidad que les impide salir corriendo de un restaurante sin pagar.

El análisis de todas la posibles acciones y sus consecuencias tomaría demasiado tiempo y se prefiere actuar por costumbre.

Los economistas modernos tienden a identificar al objetivo racional como la maximización de la utilidad. En este sentido, muchas culturas tradicionales son arracionales o simplemente irracionales con respecto a los fines porque el fin económico está por debajo de otros objetivos.

Es un error craso el considerar que sólo los fines económicos en sentido estricto son racionales. De ser así, mucho de la cultura occidental, rica en movimientos religiosos y éticos, tendría que ser descartado como irracional.

Pero es posible que tradiciones arracionales practicadas como costumbres con fines no terrenales, puedan tener un efecto positivo en la maximización económica.

Por ejemplo, las comunidades que desarrollaron ciertas virtudes como la honestidad y el ahorro, tienen costumbres que sin perseguirlo intencionalmente producen acumulación de capital y valores que producen riqueza.

Diferentes costumbres en diferentes culturas acarrean diferentes efectos en la estructura económica. Los más maximizadores no necesariamente son los más racionales; muchas virtudes arracionales que intentan otros objetivos, tiene efectos económicos grandes.

Para Fukuyama, no hay duda de que los seres humanos son fundamentalmente egoístas y de que persiguen sus intereses de una manera racional. Pero también hay un lado moral por el que sienten obligaciones ante los demás, algo que está en opción a sus sentimientos egoístas.

La colección completa de resúmenes de AmaYi en tres partes, puede encontrarse aquí:

Ideas Económicas

Ideas Políticas

Ideas Culturales

La sección AmaYi de ContraPeso.info fue fundada en septiembre de 1995 y desde entonces publica un resumen mensual de grandes ideas encontradas en diferentes publicaciones.





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