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El punto de partida del autor es hacer ver que no hay diferencias entre el comercio internacional y el comercio interno de un país cualquiera. La existencia de accidentes geográficos como ríos o fronteras no cambia la naturaleza del comercio. Este es un tema lleno de falacias que son ideas heredadas del mercantilismo del siglo 16 y que en la actualidad han sido calificadas de “proteccionistas”, pero mantienen esa misma y absurda idea de acumular dinero sin sentido, logrando sólo la reducción del nivel de vida de la población.
Por principio de cuentas debe verse que el comercio internacional no se realiza entre Argentina y Francia, por ejemplo, sino entre un argentino y un francés. La posición geográfica de ambos no causa un cambio en la esencia de sus acciones de compra y venta y es igual a lo que dos franceses compran y venden entre sí, dentro de su país, o dos argentinos. Dentro de un país cualquiera las personas realizan las actividades que más le convienen y eso es división del trabajo dentro de un ambiente de necesaria colaboración social. Esta división de trabajo se da incluso a pesar de que algunas personas sean mejores realizando todas actividad. Un médico podría realizar mejor las tareas de una enfermera, pero deja que ella lo haga en su lugar, para con eso ser más eficiente en lo que él hace. Son estos los conceptos de ventaja relativa y absoluta, que Benegas Lynch define diciendo que la ventaja relativa es la situación en la que uno es más eficiente que otro para realizar alguna actividad. Y ventaja absoluta es la situación en la que uno es más eficiente que otro en varias actividades, un caso en el que a pesar de esa superioridad conviene dividir el trabajo.
Dentro de un país nadie en su sano juicio decide ser autárquico y, por ello, creer que es mejor que él mismo se abastezca de todo lo que necesita, haciendo sus propias camisas, lápices, teléfonos; cultivando sus propias verduras, criando sus propias reses. Y si lo intenta, su estándar de vida sufriría una reducción drástica por una razón: tendría que invertir más por unidad fabricada por él, por ejemplo, una camisa, que si decide aceptar el intercambio de bienes. En palabras más técnicas, la autosuficiencia produce una reducción en la productividad de la persona, pues necesita más recursos para producir lo mismo que puede adquirir fuera. En tiempos recientes, los adelantos en transporte han ayudado a mover bienes de un lugar a otro con costos muy reducidos. En tiempos anteriores, los altos costos de transportación hacían posible mover sólo artículos cuyos precios podían absorber esa transportación, como sedas y joyas. Ahora, es posible transportar trigo y otros bienes similares con gran facilidad, lo que es paradójico pues en cuando se han creado barreras aduaneras que impiden ese tránsito beneficioso.
Concluye el autor que, por lo anterior, la política proteccionista en realidad no resguarda nada, sino que de hecho lastima a los ciudadanos del país que la adopta. Los daña porque los obliga a dedicar más recursos para producir internamente lo que está prohibido importar; deben usar más insumos por unidad de producto, lo que sin remedio da como resultado menor bienes producidos con igual inversión. Las opciones de bienes producidos se reducen y se pierde calidad de vida. No son cosas complicadas, y pueden verse con facilidad. Por ejemplo, una persona ofrece los bienes que produce y su venta le reporta un ingreso de dinero, un dinero que posteriormente él dedica a la compra de los bienes que necesita. Si se retira de en medio al dinero, para entender esto mejor, se puede comprender que las compras de la persona son pagadas con las ventas. No se puede comprar sin vender y el propósito de vender es comprar. En el comercio internacional es lo mismo. Lo que se vende al exterior sirve para comprar lo que de allí viene. Las exportaciones sirven para pagar las importaciones. No tiene sentido exportar para no importar y no se puede importar si no se ha exportado. Igual que cualquier persona en su actividad de trabajo. Las importaciones y las exportaciones son dos partes de una misma moneda, ambas caras vienen juntas, no se pueden separar y ninguna es más importante que la otra, como tampoco un zapato es más importante que el otro. Si un país no tiene capacidad para exportar, necesariamente no podrá importar.
En estas cuestiones hay un mito, repetido incansablemente, el de la balanza comercial desfavorable a la que se le da una connotación extrema maléfica. Se dice que cuando las importaciones son mayores que las exportaciones eso representa una balanza desfavorable y que cuando las exportaciones son mayores que las importaciones eso es positivo tendiendo un saldo favorable. Esta forma de ver las cosas es falsa. La razón fundamental de exportar es el importar. No tiene caso exportar sin la intención de importar. Aquí recurre el autor al símil de una persona cualquiera, la que también tiene su equivalente de balanza comercial. Si nos encontramos a alguien cuando estamos comprando algo y nos aconseja no comprar nada y vender todo pues si no lo hacemos estaremos sufriendo de una balanza comercial desfavorable, lo vamos a ver como un loco. Lo que vendemos en lo personal, sea lo que sea, está justificado por lo que vamos a comprar. La cosa va más allá, pues el ideal para nosotros sería tener una balanza comercial siempre desfavorable, lo que significaría poder comprar todo lo que pudiéramos sin necesidad de vender nada a otros. Pero desafortunadamente eso no es posible ya que necesitaríamos que todos nos regalaran las cosas. Se debe vender para comprar. En los países en los que existe una balanza con saldo desfavorable, ella suele ser compensada con movimientos de capital, como transferencias. No puede hablarse de superávit ni de déficit en una balanza comercial.
La justificación empleada para decretar barreras aduaneras a las importaciones es la de proteger a la industria naciente en el país; la de darle tiempo a que se haga fuerte y pueda competir. Resulta curioso que ese mismo razonamiento, dice Benegas Lynch, no se use dentro de la nación para con la misma línea de pensamiento proteger artificialmente a las industrias nuevas dentro de un sector. De hacerse, eso sería equivalente a un trato privilegiado e indebido a ciertas empresas. Pero sí se aplica ese razonamiento erróneo cuando se trata del comercio entre un argentino y un francés. Pensar así es infantil, pues supone que los competidores en los otros países se van a quedar quietos y sin hacer nada, dejando que otras empresas alcancen sus niveles. La realidad es que el esperar a que la incipiente industria protegida se haga fuerte se vuelve una espera eterna y mientras tanto las personas del país están soportando la dilapidación de los recursos, Esto debe ser visto bajo otro punto de vista. Cuando un empresario decide abrir un negocio no puede existir justificación alguna para proteger a su empresa con trabas aduaneras, pues eso hace que sean los consumidores quienes paguen el costo del desarrollo de la empresa; es el propio empresario quien debe absorberlo. Y si acaso el empresario decide no entrar a un cierto negocio, ello puede deberse a que no considere que sea una buena propuesta o a que a pesar de serlo, existan otras posibilidades mejores de inversión. Con recursos limitados es obvio que no todos los proyectos empresariales pueden hacerse. Debe entenderse que un efecto del comercio internacional es el cierre de las empresas que no son eficientes, es decir, que no están usando los recursos de manera adecuada, los están desperdiciando. Esto incluye empleos y otros recursos que se aprovecharán más en las actividades que el mismo mercado indique por la voluntad de consumidor y de la eficiencia para servir a las necesidades de ellos. Esta mayor eficiencia implica una capitalización superior la que a su vez es la causa de la elevación de los ingresos. Si existiera una política de proteccionismo, su desmantelamiento requeriría ser igual para todos, pues de lo contrario se presentarían conflictos de interés entre las industrias, empresas y sectores y, más aún, se crearían cuellos de botella entre las industrias y sus insumos. A los exportadores les favorece que las trabas a la importación sean eliminadas y a los importadores les es de beneficio que las exportaciones sean sencillas; son ellos clientes recíprocos, como los dice el autor.
Es obvio que el libre comercio internacional es de beneficio para el consumidor, pues le permite adquirir bienes con precios más bajos y de mayor calidad. A pesar de esto, se insiste en argumentar que es ventajoso proteger a la industria nacional total sin considerar que también tiene un efecto negativo en el sentido de requerir insumos de capital cada vez mayores por unidad de producto, lo que significa un descenso de la productividad y la posibilidad de menor cantidad de actividades o empresas. Igualmente, suele argumentarse que el libre comercio internacional sólo puede llevarse a cabo si todos los países del mundo lo realizan. Esto es falso y Benegas Lynch usa el siguiente argumento para demostrar esa falsedad: si, por ejemplo, todos los países del mundo se pusieran de acuerdo para no comprar ningún producto argentino, ni invertir en ese país, desde luego, Argentina estaría imposibilitada para importar. Eso es poco probable, porque con un único país que decida comprar algo argentino ya podrá esta nación comprar en cualquier parte del exterior. También se habla de imponer represalias aduaneras a otros países que a su vez limitan sus importaciones. Para entender esto es sencillo acudir al ejemplo de la vida diaria; si los lecheros se rehusan a comprar trajes de los sastres no sería lógico que estos sastres se dedicaran a producir su propia leche, pues estos sastres pueden vender a otros, los que sean, y con esos ingresos comprar leche.
En este tema, hay otro argumento utilizado en contra del comercio libre y que es el criticar los costos de transporte duplicados de materias primas que viajan a un lugar a ser transformadas para luego regresar como producto terminado al lugar de origen del producto original . Quien argumenta así, olvida que los productos transportados son diferentes y por eso tienen diferentes valores y también olvida que en ambos intercambios hubo beneficios mutuos. En la misma frecuencia anterior está la crítica de la explotación de los países ricos a los países pobres: los pobres exportan materia prima y los ricos exportan bienes terminados y eso se dice que es una explotación malévola. Este argumento deja de tener significado cuando se menciona que la mayor parte del comercio internacional se realiza entre países ricos.
A continuación en autor resume sus ideas afirmando que la división internacional del trabajo y la cooperación hacen posible economizar capital, lo que produce bienestar. Por el contrario, sin comercio internacional se eleva la inversión por unidad producida y por ello se reduce la productividad, lo que daña el nivel de vida.
Con este número, se cumplen diez años de la públicación de estos resúmenes de grandes ideas. La siguiente es una selección de comentarios de lectores recibidos durate este tiempo.
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