Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Capitalismo: Gran Chivo Expiatorio
Eduardo García Gaspar
5 septiembre 2007
Sección: FALSEDADES, Sección: Análisis
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Recibí un texto muy interesante, cuyo título es El aborto, un método de explotación capitalista. Su autor es Miguel Argaya Roca y fue distribuido por www.yoinfluyo.com el 20 de noviembre de 2006, señalado como fuente original a Arbil (también reproducido aquí en PDF).

El texto sostiene la tesis que lleva en el título —sostiene que el capitalismo propone la aplicación del aborto, cosa por demás curiosa porque no recuerdo haber leído en ningún libro sobre capitalismo que eso sea conveniente. El capitalismo es un sistema económico solamente, sustentado en las ideas de propiedad privada, división del trabajo, mercados libres y demás.

Pueden encontrarse explicaciones en más detalle del capitalismo por parte de I. Kirzner , o M. Novak —además de las obras clásicas de Turgot, L. von Mises, F. Bastiat y muchos otros. Ninguno de ellos contiene una propuesta sobre la conveniencia de matar bebés.

Ninguna de ellas propone matar a nadie, menos aún a bebés antes de nacer. Yo mismo me considero capitalista, partidario de la libertad responsable —al mismo tiempo que me opongo al aborto y no veo ninguna dificultad en hacerlo.

Y, sin embargo, el autor de la columna que examino, Miguel Argaya Roca, sostiene que el capitalismo explota a las personas promoviendo el aborto. El “descubrimiento” del autor vale la pena de ser explorado en lo que sigue. Trataré de probar que el autor sufre de confusiones importantes que le llevan a una tesis sin sustento.

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El análisis siguiente es un buen ejercicio mental para el interesado en ver un caso que ejemplifica ampliamente una de las causas de la pobreza —el caso de un autor que hace un análisis pésimo y ataca al que debía defender. Inicia Argaya Roca diciendo que

“Un estudio de hace unos años, realizado por Ermenegildo Spaziante, miembro de la Sociedad Italiana de Bioética y publicado por la Universitá Cattolica del Sacro Cuore de Roma, fijaba en 38.896.000 el número anual de abortos en el mundo (casi 110.000 diarios). Ahora estas cifras han aumentado significativamente… El aborto, a nivel mundial, es, por encima de todo, un acto de imperialismo brutal a cuenta de los países ricos sobre los pobres”.

Aquí hay ya una confusión pues el título indica que el capitalismo es el que promueve el aborto, pero resulta que en el texto no es el capitalismo, sino el imperialismo —dos cosas totalmente diferentes que cualquier estudiante de ciencias políticas sabe distinguir. Capitalismo e imperialismo no son lo mismo. Y de hecho, en muchos aspectos son opuestas. Una confusión considerable.

Más tarde dice,

“El meollo de toda la política antinatalista del mundo desarrollado sobre el subdesarrollado tiene su punto de origen en el problema de la competencia por mano de obra barata y en el fenómeno de la inmigración. Vayamos al segundo: es un hecho que, cada año desde hace treinta, un millón de inmigrantes del sur se instala en el norte. Lo es también que el norte no sabe ya cómo convencer al sur de que la causa de su pobreza es su sobredimensionado crecimiento demográfico”.

Según explica, entonces, se propone matar bebés para que exista menos competencia en mano de obra y los obreros ganen más —por lo menos en los países a los que se emigra. Además, los desarrollados creen que la razón de la pobreza es el exceso de población en los países pobres y para evitar esa pobreza y esa emigración, hay que matar bebés.

No hay relación con el capitalismo en esto —esas opiniones son si acaso las de algunas personas o instituciones, pero no del capitalismo per se. Haría bien el autor en repasar lecturas sobre el capitalismo para constatar que nada dicen de eso. Luego dice que cualquiera

“sabe que una adecuada revolución demográfica es un factor esencial para cualquier proceso de promoción y expansión industrial de primera fase; más población es también más mano de obra –lo que la hace más barata-, y más mercado interior, elementos esenciales ambos para consolidar una mínima infraestructura industrial capaz de abrirse posteriormente a la competencia exterior”.

No estoy seguro de entender qué significa “revolución demográfica” —pero en ese contexto aparece como el dejar libre el crecimiento de la población para así tener más mano de obra y más consumidores, y de esa manera tener industria para luego abrirse al mercado internacional.

No necesariamente —China durante años tuvo una población enorme que de poco le sirvió en su industrialización y desarrollo de mercados, lo opuesto a Hong Kong con un mínimo de población y gran mercado. Los requisitos del desarrollo económico van mucho más allá del tamaño de la población. Y peor aún, la idea de una apertura posterior al mercado internacional es proteccionismo, una idea opuesta al capitalismo.

Tratando de sostener que el capitalismo promueve el aborto, ofrece como prueba que

“En la Conferencia de la Población de El Cairo, de 1994, por ejemplo, los países desarrollados se negaron repetidamente a ampliar sus cuotas de inmigración y a abrir las barreras aduaneras… sí que supieron ofrecer notabilísimas ayudas encaminadas a la “planificación familiar” y, muy especialmente, al aborto. Resulta bien significativo que el presidente Billy [sic] Clinton, que no ha tenido empacho en negar al aborto, en su propio país, la cualificación de “método de planificación familiar”, impidiendo así que sea subvencionado con fondos federales, lo proponga en cambio como tal para el Tercer Mundo”.

El organizador de esa conferencia fue la ONU, no un organismo capitalista apoyado en tesis de esa escuela económica. Dice el autor que

“El promotor de esta “luminosa” idea no es otro que el “Fondo para la Población de la Naciones Unidas”, fundación creada a iniciativa de los Estados Unidos para camuflar sus intereses en las campañas contra la natalidad para el Tercer Mundo”.

De nuevo, la ONU, no el capitalismo; y uno o más gobiernos de países desarrollados, no el capitalismo. No hacer esa distinción es un error que conduce a más errores, como el creer que todo lo que hace el gobierno federal estadounidense es por definición capitalista. Otro error de consideración, adicional al confundir capitalismo con imperialismo. Insiste el autor al mencionar que

“el 16 de marzo de 1994, poco antes de la Conferencia de El Cairo, el departamento de Estado norteamericano ordenó a sus embajadas que insistieran a sus gobiernos anfitriones en que los Estados Unidos consideraban el acceso al aborto voluntario un derecho fundamental de todas las mujeres…”.

Tomando como cierto lo afirmado, aún así queda la pregunta, ¿qué tiene que ver esto con el capitalismo? Si fue la iniciativa del gobierno de Clinton debe recordarse el aborto ha sido parte de la plataforma del Partido Demócrata, no del Republicano y se trata de un asunto político que nada tiene que ver con el capitalismo. La confusión es monstruosa.

Enseguida Argaya Roca dice que

“el Fondo para la Población de las Naciones Unidas es una de las pocas oficinas de la O.N.U. que ve crecer sus presupuestos cada año, financiados en un 50% por los Estados Unidos, y el resto por otros países del Primer Mundo. En 1994, por ejemplo, contaba con 246 millones de dólares, más otros 1.000 millones en programas destinados expresamente a frenar la natalidad de los países pobres. Sus actividades se centran en la esterilización, anticoncepción y aborto en el mundo en desarrollo… una gran parte de los 385 millones de dólares… que el Congreso norteamericano dedicó en febrero del 97 a la planificación familiar en el Tercer Mundo, habrían de ser encauzados a través de la International Planet Parenthood Federation (I.P.P.F.), una multinacional del aborto fundada a principios de este siglo en Estados Unidos (Brooklin, 1916) por Margaret Sanger a partir de una clínica abortiva”.

De nuevo, ¿son capitalistas International Planet Parenthood Federation y Margaret Sanger? Lo dudo —generalmente esos movimientos y agendas progresistas pertenecen a gente opuesta al capitalismo. Tienen ellos por lo general sus programas de avanzada sin relación al capitalismo. Da la impresión que el autor de nuevo se confunde y piensa que todo lo estadounidense es capitalista por definición —sabemos que no lo es.

Añade que

“Pero quizá el más importante instrumento de presión del “lobby” antinatalista sea el Banco Mundial, con su política dirigida a condicionar los créditos a los países pobres al grado de cumplimiento de las directrices marcadas por el Fondo para la Población de las Naciones Unidas. Recordemos que la deuda externa es uno de los más dolorosos cánceres del Tercer Mundo…  Tengamos en cuenta que durante los años ochenta, según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, los tipos de interés para los países pobres fueron en conjunto cuatro veces más elevados que para los países ricos”.

Si unas tasas fueron superiores a otras, convendría al autor revisar el concepto de riesgo, muy propio para analizar esas diferencias. Y, más aún, debe recordarse también que los créditos a países, como a empresas y personas, suelen condicionarse especialmente cuando se otorgan como salvamento a crisis —aunque se saben que esas condiciones no son del todo cumplidas. Pero queda aún la pregunta, ¿demuestra esto que una simple teoría económica promueve sistemáticamente el aborto?

El documento da así una vuelta —gira notablemente y ya no es uno que trata del aborto como sistema de explotación capitalista. Ya es uno cuya misión es criticar al capitalismo. Por ejemplo, cuando dice que

“A finales de 1991 la revista The Economist y el New York Times sacaron a la luz un memorándum interno del Banco Mundial según el cual esta institución debía estimular la instalación en el Tercer Mundo de las industrias más sucias, por varias razones: la misma lógica económica, que invita a alejar de la propia casa los residuos, los bajos niveles de contaminación de esos países, a causa de su menor densidad de población, y la escasa incidencia del cáncer sobre grupos de gente cuya esperanza de vida es de por sí pequeña… el problema demográfico no existe en cuanto tal, sino como consecuencia de una injusta distribución de la riqueza”.

Se atisba ya aquí una luz interpretativa —el autor es anticapitalista y se empeña en demostrar algo negativo del capitalismo, lo que sea y sin fundamento ni rigor intelectual. Es un socialista que con o sin conciencia de serlo, ataca al capitalismo en una exposición desordenada de ideas que partieron de una apelación moral: tratar de convencer a los opositores del aborto que el capitalismo es su enemigo. Un sucio truco que engañará al incauto.

Ahora el autor da otro giro más y exalta aspectos positivos de desarrollo:

• En 1960, la previsión mundial de población para el año 2000, era de casi 10.000 millones; a pocos meses del nuevo milenio, hay que revisar esa cifra notablemente a la baja. Y la razón… es… la misma lógica demográfica, que determina que, a mayor nivel de vida, se corresponde un descenso en la cantidad del número de hijos por pareja.

• …no conviene magnificar desmesuradamente la triste situación económica del mundo. Hace sólo treinta años, el 80% de la población de los países en vías de desarrollo vivían bajo el triste umbral de las 2.000 calorías per cápita, y en esos mismos países sólo un 2% superaba las 2.700. Hoy no llega al 8’5 % la cantidad de población en vías de desarrollo que no alcanza el umbral mínimo, y supera el 15% la que sobrepasa el de las 2.700 calorías.

• … mientras la población mundial se duplicaba, el suministro medio de calorías per cápita del planeta pasaba de 1.950 a 2.475. En la actualidad existe, por ejemplo, un 60 % más de cereales disponibles por persona que en 1960. La F.A.O., en 1994, determinó que, de 1950 hasta ese año, la producción mundial de cereales se había multiplicado por tres, mientras la población sólo se había duplicado. Y, en 1996, durante la Cumbre Mundial sobre la Alimentación, este organismo internacional reveló que desde 1970 en los 55 países más pobres de la tierra la esperanza de vida se había disparado.

Todos esos logros se ha realizado bajo sistemas capitalistas y de creciente globalización. A lo que el autor añade de nuevo su insistencia, al decir que

“El problema, en cualquier caso, no es demográfico, sino de reparto. Aunque los países pobres son cada día, en efecto, menos pobres, los ricos son más ricos, de modo que las diferencias se acrecientan. En el año 1800, el P.N.B. por habitante era de 200 dólares entre los países del norte, y de 206 en los del sur… A la altura de 1987, la diferencia es escandalosa: el norte disfruta de un P.N.B. medio por habitante de 14.430 dólares, y el sur sólo de 700”.

No, no es de reparto —es de creación: los países en vías de desarrollo que se tornan capitalistas crecen a tasas mayores que las naciones ricas, pero no le sucede lo mismo a los países pobres que mantienen políticas económicas opuestas. Es obvio que el autor ya salió de su tema original y ahora sólo está interesado en probar que el capitalismo es negativo lo que curiosamente hace citando logros capitalistas como los anteriores.

Y ahora no podían faltar los reclamos usuales en este tipo de artículos que no se relacionan con el título del escrito:

“… los Estados Unidos, por sí solos, podrían alimentar adecuadamente a los 6.000 millones de habitantes que viven hoy sobre la Tierra (un solo niño norteamericano consume anualmente lo que 422 etíopes)”.

Sería bueno que Etiopía copiara el sistema de libres mercados que ha dado resultado a quien lo aplica —a lo que añado otra observación: el autor es un opositor a los EEUU, parecido al grupo de personas que es capaz de torcer todo argumento y violar toda regla de lógica con tal de probar que lo que piensa es lo correcto.

“…la riqueza de 225 personas en el mundo equivalga a la de la mitad de la Humanidad, y que las tres personas más ricas del mundo (entre ellas Bill Gates) superen en conjunto el presupuesto de los 48 países más pobres”.

No necesariamente, según cuenta Hernando de Soto al contabilizar las propiedades de los pobres en el mundo: un monto mayor al de las principales bolsas de valores del mundo —46 veces mayor a todos los préstamos dados por el Banco Mundial en las tres últimas décadas. Es 93 veces más que toda la ayuda dada por los países industrializados a esas mismas naciones en el mismo período. Además, los reales multibillonarios son realmente los gobiernos, por mucho.

“Mientras un 20 % de la población del Planeta vive aún por debajo de lo que se considera el umbral de la pobreza, el mundo rico se gasta anualmente en el cuidado y manutención de sus animales domésticos un montante de 17.000 millones de dólares, más otros 12.000 en perfumes y cosméticos”.

En perspectiva hace un par de siglos el 80% de la población estaba en esa situación de pobreza —no está mal el logro y puede avanzarse más de no ser por este tipo de lamentos ilógicos. El autor con su pésimo análisis es causa de lo mismo que pretende solucionar.

“…se sabe que serían suficientes 13.000 millones de dólares para lograr que todos los seres humanos tuvieran acceso a unos mínimos servicios de salud”.

Si fuera una cuestión de dinero, el asunto sería solucionado con rapidez —el más complicado e implica tener gobiernos responsables, transparentes y estado de derecho. Dar dinero a esos gobiernos empeoraría el problema.

De la aseveración de que el capitalismo promueve el aborto —jamás realmente probada y escasamente desarrollada—, el autor ha pasado a una crítica económica del capitalismo para lo que ahora propone que,

“El mundialismo económico, si ha de serlo, tendrá que reportar a sus protagonistas no sólo beneficios, sino también responsabilidades. Para ello, se haría preciso que los países ricos asumieran su parte alícuota de sacrificio sin reservas. Y ello, no sólo por un elemental deber de justicia (se calcula que por cada dólar que el mundo desarrollado invierte en el Tercer Mundo, recupera cuatro), sino también –para el caso en que lo anterior no fuera suficiente-, que tendría que serlo- como único modo verdaderamente eficaz de evitar el previsible big bang migratorio que se avecina y ya se apunta”.

Ignoro la fuente de donde el autor obtuvo esa cifra de rendimiento —sólo apunto que de ser cierta, las inversiones llegarían a torrentes a esos países pobres, pues ninguna inversión en los países ricos da rendimientos cuatro veces superiores a la inversión.

Ya no es una cuestión para el autor de sostener la tesis apuntada en el titulo del escrito, sino una de solucionar el problema mundial. Dice que

“El camino para ello, aunque suene a paradójico, pasa por la eliminación, o en su defecto por la ampliación, de las cuotas de inmigración en los países ricos y la desaparición de sus barreras aduaneras proteccionistas a las importaciones provenientes del mundo en vías de desarrollo. Sin olvidar la urgente condonación de al menos una parte de su deuda externa”.

Pero el remedio según el autor es uno en el que las medidas tomadas

“supondrían algunos notables sacrificios, tales como la inmediata caída de los salarios y la reducción en gran medida del bienestar individual y social…”.

No comprendo esto —¿significa que para mejorar debemos empeorar todos? Convendría al autor aclarar este punto que suena en extremo aventurado. Eliminar las barreras aduaneras proteccionistas en una tesis capitalista de viejo cuño a la que el autor debería oponerse si fuese lógico. La condonación de deudas, se ha escrito, puede producir lo opuesto de lo que pretende al subsidiar a los gobiernos corruptos que causan pobreza.

Ahora regresa al tema original diciendo que

“Lo cierto es que el mundo “rico” anhela mantener su status y su ritmo de vida sin perder, además, la hegemonía política. Por eso necesita detener con urgencia el crecimiento demográfico de los países en vías de desarrollo, y, para ello, trata de convencer a éste de que su pobreza se debe a su exceso de población, mientras restringe las cuotas de inmigración y fortifica su proteccionismo”.

De nuevo la confusión: el proteccionismo económico es opuesto al capitalismo que pide mercados libres y por ende también movimientos libres de personas —un poco de Bastiat basta para entenderlo. Si alguien cree que debe controlarse el crecimiento poblacional por medio del aborto, ésa es una historia que nada tiene que ver con el capitalismo en sí mismo, sino con la teoría que eso sustenta. Algunos capitalistas creerán eso, al igual que algunos socialistas.

A lo anterior agrega un buen punto,

“Los países en desarrollo, por el contrario, alegan que su pobreza se debe a la carencia de medios para mejorar su productividad, y que tal carencia se hace insalvable ante su continua discriminación en los intercambios internacionales y las barreras aduaneras a sus productos en los países ricos… Lo que los países “pobres” piden no es otra cosa que juego limpio en las relaciones económicas internacionales… Lo que los países en desarrollo necesitan no es tanto una ayuda permanente, y menos aún una grosera e interesada presión sobre sus hábitos demográficos, sino tecnología y comercio, y sobre todo una válvula de escape para sus excedentes de población…”.

Efectivamente, existe una gran necesidad de libertad económica para que eso pueda lograrse —inversiones para mejorar productividad, comercio exterior sin proteccionismo. En otras palabras, más capitalismo en ambos, los países pobres y los ricos. Y esto es a lo que el autor se opone.


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