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El derecho a tener opiniones. Un reclamo común que busca dar credibilidad a las opiniones propias sin necesidad de demostraciones, argumentos, ni evidencias. Una manera efectiva de terminar discusiones cambiando de tema.

Introducción

Es frecuente escuchar eso de «tengo derecho a mis opiniones». Y eso suele llevar a concluir que lo que cada persona dice es objeto de tanto respeto que no debe ser tocado ni sujeto a juicio.

Whyte argumenta que el derecho a opinar es usado de manera equivocada y con malos resultados. Las opiniones, después de todo, no son todas ciertas y el derecho a opinar podría ser equivalente a creer que es verdadero lo falso.

La idea tratada en esta carta fue encontrada en Whyte, Jamie (2005). Crimes Against Logic: Exposing The Bogus Arguments Of Politicians, Priests, Journalists, And Other Serial Offenders. New York. McGraw-Hill. 0071446435, The Right to your own opinion, pp. 1-10.

El derecho a tener opiniones

¿Se tiene derecho a opinar? Así inicia el autor el planteamiento de su tesis.

Por ejemplo, la Corte Europea de Derechos Humanos ha declarado que las personas tienen el derecho a dormir en paz, lo que mueve al autor a pensar en demandar dentro de unos años a su ahora pequeña hija.

La realidad, dice Whyte, es que no se tiene derecho a tener opiniones propias. Se ha repetido tanto que lo creemos cierto, pero es falso.

Y aunque ese derecho fuera real, sería irrelevante. Este es el comienzo de una exposición que reta la sabiduría convencional.

Es irrelevante

Antes de demostrar que el derecho a la opinión propia es falso, el autor examina su irrelevancia.

En muchas conversaciones, el uso de ese derecho equivale a una falacia. Una persona cualquiera tiene una opinión acerca de un tema, el que sea, con la que otra persona está en desacuerdo.

Ambas intentan convencerse mutuamente sin éxito terminando al final con una conclusión: cada quien tiene derecho a su propia opinión.

En realidad al decir eso lo que se ha hecho es cambiar el tema de conversación. Ya no se habla del tema original que originó la discusión, sino de otro muy distinto.

El mismo objetivo se hubiera logrado si en vez de decir que se tiene derecho a una opinión se hubiera dicho que las ballenas son de sangre caliente. La falacia es evidente una vez que se señala, dice Whyte.

Realidad y opinión, no son lo mismo

A lo que agrega que si las opiniones que alguien sostiene son falsas, ese derecho a opinar no puede ser usado para terminar una discusión. No tiene sentido hacerlo.

Si la persona argumenta algo defendiendo su opinión, la verdad de esa opinión es independiente de su derecho a opinar. Su opinión será verdadera o falsa con independencia del tener ese derecho.

El poder decir algo sobre un tema no tiene efecto sobre la verdad de lo que se dice. El derecho a opinar no añade información nueva a la discusión ni puede ser un argumento de defensa de la opinión sostenida.

Los dos problemas

La verdad no puede serlo teniendo como causa que yo lo crea; es independiente de mis opiniones. Usar el argumento del derecho a opinar para defender lo expresado por una persona, tiene dos problemas.

El primero, dice el autor, es que eso es ridículo.

En segundo lugar, el derecho a opinar no ayuda a solucionar quién tiene la razón en una discusión.

Incluso en el caso de reclamar el derecho a tener opiniones verdaderas, ese derecho sería violado continuamente al tener opiniones falsas y para determinar su falsedad sería necesario averiguar la verdad del tema tratado.

Su gran popularidad

Siendo un derecho tan absurdo, hay que explicar la razón de su popularidad. En términos legales, el derecho se interpreta como el poder expresar las ideas que queramos, así sean las menos sólidas.

Pero también hay una interpretación epistémica, la relacionada con el conocimiento exacto, disciplinado y sistemático, en oposición a las meras opiniones personales.

Es el sentido de los argumentos sólidos, de la evidencia y de las pruebas. Este derecho epistémico no es universal, es algo que se gana en lo personal.

Esas dos interpretaciones del derecho a opinar están muy alejadas una de otra, pero en la práctica se mezclan de la manera siguiente, con un razonamiento que dice sí:

  1. Si alguien tiene derecho a opinar, entonces su opinión está fundamentada.
  2. Las personas tienen derecho a opinar.
  3. Por tanto, las opiniones de las personas están bien fundamentadas.

Es un ejemplo precioso de la falacia de la equivocación: confundir el significado de una palabra, que tiene dos acepciones.

Ahora es fácil ver que en el sentido epistémico el derecho a una opinión es erróneo. Esto ocasiona que se impida el libre flujo de ideas y su examen razonado.

Las personas pueden llegar a creer que sus opiniones son sagradas y que ellas merecen respeto por parte del resto. Si se argumenta en contra de esas opiniones, se sienten ofendidas sin considerar que pueden estar equivocadas.

Es como una cultura de precaución que obstaculiza el camino a la verdad. Por esto, importa que se muestre la falsedad de ese derecho a tener opiniones propias.

Derechos implican obligaciones

Para completar la idea, es necesario entender que los derechos implican obligaciones: los derechos están definidos por las obligaciones que llevan de manera implícita.

Esto es lo que el autor examina a continuación.

A. ¿Tu derecho a opinar me obliga a estar de acuerdo contigo?

La respuesta es negativa: no podría existir la obligación mutua de que yo también puede tener mis opiniones propias.

B. ¿Tu derecho a opinar me obliga a escuchar tus opiniones?

Tampoco. No hay tiempo y podrían imponerse deberes imposibles de cumplir.

C. ¿Tu derecho a opinar me obliga a dejar que mantengas esa opinión?

Esto es lo más cercano a lo que se quiere decir cuando se argumenta el derecho a opinar. Es lo que se hace para defender la posición propia cuando se está a punto de perder en una discusión. Es el punto más débil y por eso el de mayor probabilidad de ser aceptado.

No tenemos en realidad la obligación de dejar que los otros conserven sus opiniones. De hecho tenemos la obligación opuesta, la de intentar cambiarlas.

¿Cómo no decirle a una persona que no cruce la calle, aunque ella crea que sí puede, cuando no ha visto que viene un coche? No hay violación de derechos, al contrario. Lo mismo sucede en otros campos, si es que la persona está interesada en conocer la verdad.

Pero sucede que algunas personas pueden no estar interesadas. Ellas preferirían que sus opiniones fuesen verdad y su error no tiene costo para ellas.

Cuando se oye eso de «tengo derecho a mis opiniones» lo que se escucha es una petición: es de mala educación insistir en el tema y no les interesa saber si es verdad lo que piensan.

Y unas cosas más…

Quizá el tema puede ser visto de manera complementaria examinando a la libertad de expresión como el reclamo de poder hablar sin limitar el mismo derecho de los demás.

Poder hablar no implica decir cosas razonables ni verdaderas, por lo que la libertad de expresión debe ser separada: lo que yo diga no es verdad por el hecho de que lo diga.

Y la libertad de expresión lleva implícita el deber de tener ideas fundamentadas en razonamientos sólidos; si se olvida esta obligación, la libertad de expresión no es más que un capricho.

El razonamiento anterior puede conducir a un error en el planteamiento. Si se hace la pregunta de quién tiene la verdad, el tema se vuelve uno de poder entre personas que se imponen unas a otras. Nadie puede poseer la verdad. Ella es externa a las personas y se descubre. Las opiniones de unas personas, por tanto, pueden estar más cerca de la verdad que otras.

Más sobre el tema de la libertad de expresión y el derecho a opinar.

Derecho a Opinar, el Problema

Por Leonardo Girondella Mora –

Es una creencia aceptada el que cada persona tiene derecho a sus opiniones, a pensar en lo que ella quiera —lo que en realidad es nada más que libertad de pensamiento y expresión.

En el derecho a opinar pueden separarse dos elementos:

  1. El pensar con libertad
  2. El expresarlo con libertad comunicándolo a otros.

Mi suposición es que hay inicialmente una actividad anterior a la expresión de la opinión, que es el pensarla.

La dificultad con el derecho a opinar

Y ese es el tema que quiero desarrollar en lo que sigue. El de la actividad previa que se supone existe antes de opinar y que he llamado genéricamente «pensar».

Opinión no es conocimiento

Una opinión supone la creencia en algo, como la existencia de Dios, el liberalismo como mejor que el socialismo y cosas similares. O bien, que Michael Jordan ha sido el mejor basquetbolista, que cierto acusado de corrupción es realmente culpable y demás.

La diferencia entre opinión y conocimiento es la clave. El conocimiento es verdad comprobada, como la suma de números, o el cálculo de Pi, o una composición química. La opinión es una creencia sobre algo que aún no es considerado conocimiento.

De opiniones a opiniones

La creencia que contiene una opinión supone que la persona tiene una base en la que sustenta esa creencia —una base que necesariamente tiene dos elementos al menos:

1. Conocimiento

Un cierto conocimiento sobre el tema sin el que su opinión carecería de mérito.

Podría la persona aún sin este conocimiento tener una opinión y, por ejemplo, sin saber de futbol afirmar que Messi ha sido el mejor futbolista de todos los tiempos.

O que deben nacionalizarse todas las industrias del país sin conocer nada de historia, ni de economía.

2. Demostración

Un cierto proceso lógico de demostración razonada de su opinión —simples reglas lógicas de pensamiento claro y sentido común.

Podría la persona opinar, por ejemplo, que su paraguas es mágico porque cuando lo saca a la calle no llueve y viceversa.

La realidad

•En demasiados casos, las opiniones no cumplen con mínimos razonables de uno o incluso los dos elementos anteriores, lo que no impide que la persona exprese su opinión sobre el tema.

O sea, el derecho a expresar opiniones propias no está limitado por la falta de conocimiento, ni por el pensamiento ilógico.

La realidad de que cualquier creencia puede ser expresada sin tener un «control de calidad» mínimo lleva a la multiplicidad de opiniones de muy baja clase.

Se crea así un ambiente cultural en el que las opiniones menos fundamentadas se colocan al mismo nivel de las más razonadas.

Un proceso de sustitución

Lo que he querido enfatizar en lo anterior es un fenómeno moderno, producido por la libertad de expresión y la abundancia de medios, especialmente los muy personalizados, como Internet.

El fenómeno de una explosión de opiniones sobre todos los temas y que tienen demasiadas un problema de calidad: son emitidas sin mínimos de conocimiento y sin estándares de reglas de pensamiento. Con la complicación de que para todas ellas se reclama respeto.

Este es un fenómeno que puede llamarse de substitución:

  1. La cantidad substituye a la calidad —las opiniones mayoritarias desplazan a las minoritarias.
  2. Los sentimientos sustituyen a la razón —opiniones emotivas, sentimentales e insultantes desplazan a las reglas lógicas del razonamiento disciplinado.
  3. Lo trivial sustituye a lo importante —lo inmediatamente llamativo y sensacionalista desplaza a lo central y vital.
  4. La simpleza memorable sustituye a lo complejo —las frases contagiosas desplazan a las ideas profundas.

El resultado neto de la explosión de opiniones, sin control de calidad, es inevitable dada la libertad de expresión. Una libertad genuina que, sin embargo, tiene ese efecto colateral, el de producir un ambiente intelectual en el que abundan las opiniones de muy baja calidad.

[La columna fue actualizada en 2019-10]