Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Haití: Daño Neto
Leonardo Girondella Mora
28 enero 2010
Sección: PROSPERIDAD, Sección: Asuntos
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La noticia en el NYT (26 enero 2009) continuó con el tema de Haití —decía que quienes hacen donativos a ese país están preocupados por la corrupción y el liderazgo débil en el país. Mencionaba una cifra de reconstrucción de la capital, 3,000 millones. Haití tiene una tradición establecida, la del manejo inadecuado de recursos de ayuda.

El asunto de fondo es serio —las ayudas externas son retiros de recursos que en otras partes podrían usarse con mayor beneficio. Es un clásico caso de costo de oportunidad y que se agrava por el historial del país, uno en el que las ayudas internacionales han tenido un efecto mínimo.

El caso fue tratado por William F. Shughart II (El Instituto Independiente, 21 enero 2009) en una columna titulada Terremotos y Desarrollo Económico —usando la célebre idea de Bastiat sobre la ventana rota.

Shughart tiene una opinión tan razonable como políticamente incorrecta —critica él la idea de considerar a las consecuencias del terremoto como la ocasión pintada e ideal. Dice él:

“… tras el duelo por las víctimas humanas, algunos comentaristas han señalado la dorada oportunidad que la tragedia ofrece para impulsar el desarrollo económico en el país más pobre del hemisferio.

“¡Piénsese en todos los puestos de trabajo que se crearán en la reconstrucción del palacio presidencial de Puerto Príncipe, sus instalaciones portuarias y otras infraestructuras destruidas por la furia de la naturaleza! Lloverá dinero desde los Estados Unidos, China y Europa Occidental para socorrer a las víctimas del terremoto y para financiar las reparaciones y las nuevas construcciones. Haití se levantará de las cenizas y saldrá de la pobreza. O al menos eso dice la historia. Nada podría estar más lejos de la verdad”.

La idea está basada en un razonamiento sólido de Bastiat, el de lo que se ve y lo que no se ve—y no va en contra de las acciones caritativas a ese país. Va en contra de esa idea tan popular que sólo piensa en ver el lado positivo de una acción, sin considerar sus efectos en otros lados.

Bastiat (1801-1850) lo expresó narrando la situación del joven que arroja una piedra a un comercio y rompe un vidrio —sin duda una pérdida, pero que a otros hace pensar en el beneficio que eso significa para la industria del vidrio. La falacia se esconde en no considerar la pérdida que no se ve: el propietario del comercio pierde lo que hubiera hecho con el dinero si el vidrio no hubiera sido roto.

Shughart saca de esto una conclusión:

“La historia de Bastiat enseña que no hay ningún beneficio para la sociedad en general cuando la propiedad es destruida, ya sea por jóvenes vándalos o por la madre naturaleza. El gasto necesario para reemplazar los activos existentes no puede ser utilizado para generar otros nuevos”.

El proceso es sencillo de entender: la reconstrucción de Haití significa transferir fondos de otras partes del mundo, generalmente de gobiernos, los que han obtenido esos recursos por medio de impuestos cobrados a ciudadanos en otras naciones. Siento mucho decirlo, pero como dice el autor,

“las naciones donantes empeoran su situación. Antes del terremoto, los Estados Unidos tenían los 100 millones de dólares que se han comprometido a gastar y Puerto Príncipe era habitable; después, tendremos una nación reconstruida, pero no los 100 millones de dólares”.

La conclusión es de mero sentido común —la suma de recursos del mundo queda igual, no hay mejora neta, sólo se han transferido recursos de una parte a otra: es ridículo por esta razón ver al terremoto como una oportunidad benéfica para Haití. Si eso fuera cierto, se estaría en espera ansiosa de más terremotos, tsunamis, inundaciones y otros desastres naturales.

Un desastre natural donde sea daña al mundo —, como dice el autor,

“El hecho evidente es que los desastres vuelven a todo el mundo más pobre de forma permanente por los valores de las vidas y propiedades que destruyen. Los terremotos no tienen un lado positivo.”

Quizá lo único que puede hacerse es mencionar que el terremoto llamó la atención de muchos sobre el estado lamentable de un país —pero el costo de esa llamada, calculado en 3,000 millones es demasiado costoso. Podría estarse enterado de lo que sucede en Haití sin necesidad del terremoto y es mi creencia que las razones de esa situación son internas, asignables a sus gobiernos y sus acciones.

Puede verse, además, el riesgo que menciona la nota del NYT con la que inicié esta columna —las ayudas se prestarán a ocasiones de corrupción y mal uso porque esa ha sido la conducta tradicional de las autoridades de Haití. Más, por supuesto, el riesgo moral que la ayuda significa: las autoridades nacionales disminuirán sus incentivos para ser realmente responsables.

El suceso del terremoto es una oportunidad de compasión y ayuda a gente afectada, pero no puede ser visto este suceso como una ocasión benéfica y de gran oportunidad —ella es un daño significativo que nada tiene de positivo. Y todo lo que puede sacarse de provecho es una lección sobre el fracaso de sus gobiernos.


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