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¿Qué es Fundamentalismo?
Eduardo García Gaspar
9 agosto 2017
Sección: EDUCACION, RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión, Y MATERIAL ACADEMICO
Catalogado en:


El término es frecuente. Suele ser usado en tono acusatorio, como una anotación que apunta a un error.

Me refiero al ‘fundamentalismo’, una palabra que mucho me temo es usada con ligereza y que merece ser examinada.

Su definición es sencilla. Fundamentalismo se refiere centralmente a temas religiosos, aunque podría ser aplicado a ideologías. Y tiene una cualidad muy distintiva, la de la interpretación literal de textos, sean religiosos o ideológicos.

Por ejemplo, tome usted al Corán, o a la Biblia, o a El Capital (de C. Marx) y haga una interpretación literal de sus palabras y significados. La clave es la palabra ‘literal’, es decir, sin otra consideración más y que pueda alterar el significado de lo escrito en alguna parte del texto en cuestión.

El fundamentalismo es, por tanto, muy diferente a la postura de quienes tienen opiniones firmes y, por ello, suelen ser poco flexibles en algunos temas. Podría hablarse de terquedad, de firmeza, de lo que usted quiera, pero no de fundamentalismo auténtico.

El fundamentalista puede ser reconocido mediante el uso que él haga de textos que contienen las ideas en las que él cree y a las que considera infalibles y ciertas en su lectura literal.

Mi intención hasta aquí es una de uso cuidadoso de la palabra ‘fundamentalismo’ referida a la conclusión de que ciertos textos debe ser leídos e interpretados de forma literal, sin alteraciones ocasionadas por contextos, congruencia general, ni sentido común o razón.

Que alguien tenga algunas opiniones firmes no significa que sea fundamentalista necesariamente. Recuerdo a la persona que llamó a algunos amigos «fundamentalistas del mercado»; era erróneo ese uso porque no estaba basado en lecturas únicas y parciales interpretadas al pie de la letra.

El problema del fundamentalismo no es moderno, aunque me parece que el término sea relativamente nuevo. Se presenta naturalmente en textos religiosos, los que inspiran tanto respeto que corren el riesgo de llegar al extremo de su entendimiento fundamentalista.

Tome usted, por ejemplo, cualquier texto sagrado de cualquier religión. Los creyentes de esa iglesia tendrán un punto de partida obvio, que es el considerar que el contenido de los textos es una verdad clara. Tienen razón al comenzar así, pero de inmediato enfrentan un problema.

El problema de la posibilidad de entender de maneras diferentes una cierta parte del texto. Este es el punto vital del fundamentalismo: cada parte del texto, cada párrafo y cada palabra debe entenderse sin que medie la razón.

Por supuesto, es imposible detener a la inquietud que produce el ponerse a pensar y será obvio que diferentes partes de algún libro sagrado sean posibles de entender de maneras diversas. Un caso obvio es el que otras partes del mismo libro que permitan modificar la interpretación literal considerando el contexto integral.

Entonces, el problema se centra en varias maneras de entender una parte del texto. ¿Qué hacer? Una respuesta respuesta razonable es la de santo Tomás de Aquino (1224-1274). No debe sostenerse con rigidez una interpretación determinada para la que existan argumentos convincentes en su contra.

Suena razonable concluir eso, sobre todo por una razón que el mismo Tomás explica: sostener una interpretación para la que existen fuertes evidencias en su contra hace posible que los no creyentes se mofen del texto y de la religión, y se cierren a la posibilidad de creer en ella.

Esto hace entrar en juego al factor que destruye al fundamentalismo, a la razón humana y su búsqueda de la verdad. La interpretación fundamentalista de cualquier texto necesita evitar que la persona piense y hacer que ella crea al pie de la letra lo escrito. Conocí hace años a un buen hombre que eso hacía con los textos de Carlos Marx.

Finalmente, una faceta curiosa, la de la acusación fundamentalista a la inversa. En esta variación del fundamentalismo, el opositor al texto en cuestión lo interpreta literalmente y luego acusa al otro de lo que ha «probado» su interpretación.

Un ejemplo de este uso falaz: un capitalista convencido acusó al Catolicismo de ser comunista. Su «prueba» era una parte de un texto de Los Hechos de los Apóstoles (2: 44-45), donde se dice que en la primera comunidad cristiana «Todos los creyentes se mantenían unidos y ponían lo suyo en común: vendían sus propiedades y sus bienes, y distribuían el dinero entre ellos, según las necesidades de cada uno».

La interpretación literal ignora contextos, olvida otras partes de los textos y la posibilidad de otras interpretaciones, muchas de ellas, producidas por el mismo Catolicismo. En fin, solo un ejemplo.

Lo que bien vale una segunda opinión, al final de cuentas, es el error de dejar de pensar incluso frente a textos sagrados.

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