Cuando hay enojo político, no suceden cosas buenas. La ira en política impide que la prudencia tenga oportunidad de apaciguar los ánimos exaltados. 

Hay una instancia que merece verse, de hace unos cien años. Cuando la cólera política abrió la puerta a la dictadura.

La escalada de sucesos durante la Revolución Rusa de febrero. Después de la salida del zar, los revolucionarios moderados buscaban evitar la guerra civil.

Estos, los moderados, vacilaron, perdieron oportunidades de consolidar su poder y «las masas impacientes cada vez más comenzaron a buscar a esos que prometían cambio radical e inmediato».

La propaganda bolchevique cayó en buena tierra. Pedía cambios radicales y prometía cambios inmediatos.

«Las pancartas del partido leninista: “Lo más importante, atacar al enemigo”; “Veremos que pasa”; y “Las cosas no podrían ser peores”: consuman la sabiduría popular que guió a millones a poner su fe en las promesas bolcheviques». Khlevniuk, Oleg V. Stalin: New Biography of a Dictator (p. 37). Yale University Press. Kindle Edition. Mi traducción.

Las promesas eran extremas, como la expropiación de tierras y su asignación a campesinos, la industria bajo el control obrero. No era un asunto de tener un plan de implantación detallada, sino una «nueva fe».

No se hacían preguntas, ni se preguntaban minucias, era una creencia general de que los bolcheviques resolverían todos los problemas. Nada se preguntaba, todo se creía. No había escepticismo, solo existía una esperanza enorme. Además, las cosas no podían estar peor.

La realidad es que sí empeoraron y a la corta. La guerra civil que siguió produjo más víctimas rusas que la I Guerra Mundial y la revolución de febrero. Estas son las cosas que produce el enojo y la ira en la política.

El descontento, parte natural de todo régimen político, convertido en furia y cólera lleva a la violencia produciendo cambios de gobierno que tienen gran probabilidad de ser peores que sus antecesores. La irritación suele ser una puerta que da la bienvenida a ideas descabelladas y propuestas radicales, que se aceptan solamente en la desesperación irritada.

Esto es lo que intenta remediar la democracia, con cambios de gobierno pacíficos bajo reglas conocidas y aceptadas. Pero la democracia tiene ese riesgo natural, el de convertir al descontento en rabia que dé entrada a la aceptación indiscriminada de ideas descabelladas y propuestas radicales.

La mentalidad a la que me refiero es a esa de «las cosas no pueden estar peor» y que, de llegar a ser un sentimiento numeroso, forma esa tierra fértil para hacer creer que existe un remedio que todo lo resolverá y que todo es asunto de fe y no preguntar detalles. 

Es mi impresión que este elemento, el del enojo político, de la ira social, es un elemento indispensable en el arribo al poder de gobiernos aún peores que sus antecesores. Examine usted los casos que se le ocurran y verá eso precisamente.

Y una cosa más…

Para esta columna usé el libro citado antes de Khlevniuk, Oleg V.. Stalin: New Biography of a Dictator. Yale University Press, a la que pertenecen todos los entrecomillados.

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