Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Sociedades teóricas
Leonardo Girondella Mora
9 enero 2018
Sección: Sección: Asuntos, SOCIALISMO
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Mucho de la base que sostiene a la estructura de los gobiernos en expansión sin límite —estado de bienestar y partidos socialistas en el poder— tiene un origen en ideas que F. Hayek (1899-1992) ha expuesto.

Dice él en The Fatal Conceit que el pensamiento socialista se presta muy bien a ser aplicado en situaciones en las que:

• No es posible probar algo científicamente.

• No es posible comprender algo totalmente.

• Algo no tiene un propósito específico.

• Algo tiene efectos desconocidos.

Cuando ese «algo» tiene uno o varios de esos requerimientos, se convierte en algo que no es razonable y debe ser descartado.

Puesto de otra manera, para la mente progresista que propone gobiernos mayores, con más funciones y responsabilidades, sus propuestas son posibles de ser comprobadas, son posibles de entender, tienen un propósito especificado y sus efectos se conocen —o al menos eso afirman.

Esto presenta un problema irremediable. Citando al mismo autor:

«[…]la mayoría de los principios, instituciones y prácticas de la moralidad tradicional y del capitalismo, no cumplen con los requerimientos o criterios establecidos y son —desde la perspectiva de esta teoría de la razón y la ciencia— no razonables y no científicos».

La conclusión socialista: deshacerse de todos esos principios, instituciones y prácticas. Tirar al cesto de basura cualquier cosa porque ella no se entiende totalmente, ni tiene objetivos predeterminados y sobre eso, los socialistas proponen sociedades que, en teoría, funcionan perfectamente.

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Sobre esa base es posible extender algunas ideas.

• La sociedad y las conductas humanas dentro de ella son en extremo complejas de comprender —forman una red muy compleja de procesos que no admite una explicación de laboratorio, cuyos propósitos no son aparentes y tienen efectos embrollados.

Suponer que tan enmarañada red de procesos, conductas, reglas, instituciones, normas y prácticas es algo simple, capaz de ser entendido con facilidad y demostrado con método científico —eso es una hipótesis demasiado audaz.

• Los grandes gobiernos, que se nombran responsables de grandes funciones, como la felicidad de sus ciudadanos desde la cuna hasta la tumba, además, tienden a justificarse con intenciones encomiables.

Es suficiente que se persiga un laudable propósito para que se use esa bondad aparente para implantar la acción gubernamental que sea —como el aumentar las pensiones para cumplir con la vejez digna, sin que se considere la posibilidad de efectos colaterales indeseables.

• Buscando un propósito específico cualquiera, como el elevar el poder de compra de las personas para que vivan mejor, la teoría del gobierno desbordado razona linealmente: con más dinero en la billetera, las personas comprarán más y vivirán mejor, por tanto, que se eleve el salario por decreto legal.

El razonamiento puede ser «probado» con una lógica científica de laboratorio; puede ser entendido por cualquiera, tiene un propósito claro y no se le ven efectos desconocidos.

Por supuesto, eso es en teoría y ella justifica el rechazo de cualquiera que se oponga a ella, acusándolo de no ser científico —y, también, ser insensible ante causas humanitarias.

• Ya que nada realmente del funcionamiento complejo de la sociedad y la conducta humana cumple con esos requerimientos exigidos, los proponentes de gobiernos desbordados sustituyen a las normas, leyes, instituciones, prácticas y moral de la sociedad por el modelo social teórico que han desarrollado.

Esto es, para todo propósito práctico, un «borrón y cuenta nueva» —el adiós a toda experiencia acumulada anterior para poder construir un nuevo régimen. El ejemplo más conocido es el de la URSS, sin olvidar a otros, como Pol Pot, F. Castro, H. Chávez y Mao Tse-tung.

No todo es tan extremo pues hay versiones más ligeras, como el estado benefactor europeo y, en México, las propuestas de López Obrador.

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El desenlace de todo lo anterior es muy conocido: la proposición de una quimera social que en teoría debe funcionar sin problemas —y que el gobernante se propone aplicar aprovechando el poder gubernamental que tiene.

La nueva sociedad, maniobrada desde el gobierno, sustituye a la anterior con una expectativa de perfección —la invención no tiene problemas pues cumple con todos esos requerimientos anteriores y se ha desecho de lo inexplicable racionalmente.

La expectativa de perfección tienen una marca necesaria y que es el no contener mecanismos de corrección —y si se presentan problemas, eso no puede ser por causa de fallas en el modelo teórico; deben ser impedimentos causados por enemigos internos y externos. Esto produce una tozudez que lleva a intensificar la implantación de la teoría sin consideración de errores y fracasos —como en Venezuela, o Cuba, por ejemplo.

Las explicaciones del fracaso, entonces, llegan a lo grotesco:

«[…] lo que vino a decir Íñigo Errejón en 2013 cuando aseguraba que las colas que había en Venezuela a las puertas de los supermercados no eran por la falta de productos, sino porque los ciudadanos, gracias a la Revolución Bolivariana, tenían más dinero en sus bolsillos». periodistadigital.com

Ha sido mi intención mostrar cómo se llega a diseñar un modelo teórico de sociedad ideal partiendo del creer que debe desecharse todo lo que no se entiende científicamente en la compleja sociedad real —y proponer durante elecciones la construcción de esa sociedad que en teoría es perfecta.

Addendum

Otra explicación irrisoria, de Luis Salas para Venezuela:

«La inflación no existe en la vida real, esto es, cuando una persona va a un local y se encuentra con que los precios han aumentado, no está en presencia de una “inflación”. En realidad, lo que tiene al frente es justamente eso: un aumento de los precios, problema del cual la inflación en cuanto teoría y sentido común dominante se presenta como la única explicación posible, cuando en verdad es tan solo una y no la mejor. Se presenta como la única posible porque es la explicación del sector dominante de la economía, en razón de la cual se la impone al resto. La inflación es el correlato económico del fascismo político. No tiene mucho sentido seguir hablando de “inflación y escasez” cuando de lo que estamos hablando es de especulación, usura y acaparamiento».

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