Efectos no previstos 

Suelen llamarse efectos colaterales. Más precisamente, efectos no intencionales. Esas cosas que suceden y que no se esperaba que sucedieran.

Cuando cualquiera realiza una acción persiguiendo un cierto propósito y, resulta que enfrenta efectos que no había previsto y que incluso pueden resultarle en un empeoramiento de su situación. 

¿Suena lógico? Por supuesto. Cualquiera con una mínima capacidad de razonamiento puede admitir esa posibilidad. Y, sin embargo, es curioso que una y otra vez la idea de efectos no intencionales sea ignorada.

Un buen ejemplo de ese olvido es el anotado por un autor.

«En Humanae Vitae, Pablo VI advirtió sobre varias consecuencias del uso generalizado de la anticoncepción, entre ellas un aumento de la infidelidad conyugal, una disminución general de la moralidad, una pérdida de respeto hacia las mujeres y el uso de la anticoncepción como arma en manos del público. Todas estas consecuencias, por supuesto, se han cumplido. En definitiva, parafraseando a la famosa observación de G.K. Chesterton sobre la fe cristiana, las enseñanzas de la Iglesia sobre la anticoncepción no han sido estudiadas y rechazadas; han sido rechazadas pero no estudiadas». Weidenkopf, Steve. The Real Story of Catholic History: Answering Twenty Centuries of Anti-Catholic Myths (Kindle Locations 3386-3391). Catholic Answers Press. Mi traducción. 

Hay otros casos, por supuesto y que son muy comunes en las políticas económicas de los gobiernos, pero este provee una visión muy completa del concepto de efectos no intencionales.

Tome usted, por ejemplo, la invención y difusión de métodos anticonceptivos. Siendo razonable, una de las primeras cosas que debe hacerse es examinar siquiera brevemente la posibilidad de los efectos colaterales que esos métodos produzcan. Bueno, pues eso es lo que hizo Pablo VI provocando reacciones sustanciales.

El problema, en su real fondo, es algo que merece una segunda opinión.

Póngase usted en el lugar de un gobernante cualquiera que hace promesas como elevar por decreto salarios o mudar oficinas federales de la capital a otras ciudades. Medidas como esas son examinadas primitivamente, a la única luz del beneficio que con ellas se piensa tener.

Todo lo que las sustenta es una buena intención cimentada en un análisis pueril que ignora la posibilidad de tener efectos colaterales que no solamente anulen la buena intención perseguida, sino que también empeoren la situación que pretende aliviarse. 

En fin, no es mucho pedir a las autoridades que antes de implantar alguna medida el reducir tasas para hipotecas o prohibir el consumo de bebidas, vayan más allá de la fascinación que sienten por sus propias ideas y las admirables intenciones que presumen tener.

Y una cosa más…

Pablo VI concretamente escribió en la encíclica de referencia:

«Los hombres rectos podrán convencerse todavía de la consistencia de la doctrina de la Iglesia en este campo si reflexionan sobre las consecuencias de los métodos de la regulación artificial de la natalidad. Consideren, antes que nada, el camino fácil y amplio que se abriría a la infidelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad. No se necesita mucha experiencia para conocer la debilidad humana […] Podría también temerse que el hombre, habituándose al uso de las prácticas anticonceptivas, acabase por perder el respeto a la mujer y, sin preocuparse más de su equilibrio físico y psicológico, llegase a considerarla como simple instrumento de goce egoísta y no como a compañera, respetada y amada.[…]¿Quién impediría a los gobernantes favorecer y hasta imponer a sus pueblos, si lo consideraran necesario, el método anticonceptivo que ellos juzgaren más eficaz?». No. 17

Existe una buena cantidad de material sobre el tema en efectos no intencionales

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