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La vocación y el espíritu del empresario. ContraPeso.info presenta tres ideas del Acton Institute sobre el empresario y la idea que lo mueve y anima.

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Parte de un texto del Rev Robert A. Sirico. Agradecemos al Acton Institute el gentil permiso de reproducción.

Vocación y espíritu empresarial

Hubo un tiempo, en el pasado no muy distante, cuando los estereotipos eran socialmente aceptables. Sin embargo, los estereotipos, que típicamente funcionan como atajos al conocimiento, son hoy considerados ofensivos.

Esto es así, sin tomar en consideración si estos elucidan o no las características de un grupo. La gente no debería ser juzgada meramente por las asociaciones que mantiene, sin consideración a su persona o a sus cualidades individuales. Tal tendencia es objetable para cualquiera que tenga sensibilidad moral.

A pesar de la encomiable actitud de la cultura popular contra prejuicios de cualquier forma, todavía queda un grupo sobre el cual ha sido declarada una temporada abierta: los empresarios.

Uno observa una vívida evidencia de este prejuicio a casi cada momento, particularmente en los términos de formas populares de comunicación.

Considere, por ejemplo, obras literarias clásicas (digamos, de Charles Dickens,o Sinclair Lewis), programas de televisión (tales como Dallas y Dinastía), películas (El Síndrome de China, Wall Street, y algunas versiones de Un Árbol de Navidad), tiras cómicas (tales como Doonesbury y Dilbert), y aún sermones en los cuales los empresarios son descritos como ambiciosos, inmorales, e inescrupulosos.

En la rara ocasión en que los creadores de opinión, especialmente líderes morales, se abstienen de denunciar el «apetito rapaz» y el «consumismo obsceno y conspicuo» de estos capitalistas, lo mejor que uno puede esperar es que la gente de negocios sea tolerada como un mal necesario.

La mayoría de los editores de noticias, los novelistas, los productores de cine, y el clero presuponen que el comercio requiere una amplia y complicada red de controles para servir necesidades humanas genuinas.

Aun los amigos del capitalismo frecuentemente muestran la misma actitud. Los líderes religiosos y los críticos del mercado a menudo sufren de una confusión en su pensamiento económico y moral. Esto puede ser visto, por ejemplo, en su rechazo a conceder cualquier moralidad al empresario.

Así, en vez de elogiar al empresario como una persona de ideas, un innovador económico, o un proveedor de capital, el sacerdote o ministro promedio piensa a las personas de negocios como individuos que traen consigo una culpa adicional. ¿Por qué?

Por poseer, controlar, o manipular un porcentaje desproporcionado de la riqueza «de la sociedad».

Al tiempo que los empresarios no deberían ser injustamente criticados por hacer dinero, tampoco deben ser tratados como víctimas de una injusta discriminación que merece una bendición especial.

Sin embargo, es también verdad que la profesión que han escogido ha de ser legitimada por su fe. El público debe empezar a reconocer el valor de la vocación empresarial, la sabia administración de talentos, y las contribuciones tangibles de los empresarios a la sociedad.

Las consecuencias de un divorcio entre el mundo de los negocios y el mundo de la fe serían desastrosas en ambos campos. Para el mundo de negocios, esto significaría no reconocer ningún valor superior a la conveniencia, la ganancia, y la utilidad, lo cual resultaría en lo que ha sido descrito como capitalismo sangriento o salvaje.

Esto conduciría a una visión truncada de los consumidores, así como de los productores, cuyo único valor sería medido por la utilidad. No requiere mucha imaginación calcular el efecto que tales actitudes ejercerían en un amplio dominio de normas sociales y cívicas.

Similarmente, las preconcebidas nociones de líderes religiosos deben ser desafiadas para evitar el cargo de “estar tan ocupados con las cosas del cielo que no son suficientemente buenos para las cosas de la tierra”.

Olvidando que la actividad empresarial requiere discernimiento o intuición, y no meramente un punto de referencia transcendente señalando el bien común de la sociedad, los críticos religiosos no prestan atención a la dimensión espiritual implícita en la labor empresarial.

Algunos moralistas parecen ver la ética de los negocios como un oxímoron o como un esfuerzo en subordinar lo que es un mecanismo intrínseca y moralmente comprometido a leyes morales.

Con respecto a esta forma de pensar, la ética y los negocios se encuentran en una tensión fundamental el uno con el otro. Sin embargo, yo veo estos asuntos de una manera diferente.

Mi trabajo con grupos de exitosos líderes de negocios, extensas lecturas en los campos de la economía y la ética de negocios, y una buena parte de meditación y oración en estos asuntos, me ha llevado a la conclusión de que la búsqueda de la excelencia es el principio de una búsqueda de Dios.

Dicho sucintamente, la sed humana por lo trascendente es lo que impulsa a las personas a buscar la excelencia, aunque ellas lo reconozcan o no. No obstante, esto no excluye nuestro impulso inicial e intuición de ser «remolcadores» divinos en la dirección correcta. Esto también sucede con la capacidad humana del conocimiento.

Varios filósofos y teólogos sostienen que la búsqueda humana por el conocimiento revela que los seres humanos están ontológicamente orientados hacia la verdad. La mente humana fue originalmente diseñada para tener una inmediata conciencia de la verdad.

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Ahora una idea de Samuel Gregg. Agradecemos al Instituto Acton el amable permiso de publicación.

Emprendedores no Bastan

Mientras la recesión global continúa destruyendo riqueza y empleos en el mundo, es reconfortante saber que algunas personas no están mirando al gobierno para resolver todos sus problemas económicos.

Desde pequeñas aldeas en países en desarrollo hasta en los alguna vez poderosos centros de las finanzas internacionales, miles de personas están volviéndose hacia su mayor recurso —ellas mismas—, y tratando de crear nuevas corrientes de progreso mediante el poder del descubrimiento emprendedor.

Los emprendedores han sido un tema popular durante ya un tiempo, pero no fue siempre así. En mucho del siglo 20, la mayoría de los economistas trataron muy poco al emprendedor.

El economista, Israel Kirzner observó que «conforme la teoría económica se hizo más refinada, conforme el análisis marginal y la teoría de equilibrios de mercado se conformaron más cuidadosamente, el emprendedor retrocedió más y más de la visión teórica».

En los últimos 30 años, sin embargo, los emprendedores han recibido una atención renovada en parte por la inmensa riqueza generada por los adelantos de la tecnología de la información. Pero también porque mucha gente se ha dado cuenta de que no tenían otra opción que la de ser emprendedores si es que querían escapar de los cementerios económicos que crearon el comunismo y el socialismo.

Esta vuelta a la actividad emprendedora, sin embargo, no sólo fue un asunto circunstancial. También refleja lo que somos como seres humanos. Solo necesitamos leer la Biblia, Aristóteles, o a Schumpeter para darnos cuenta de que el emprender es algo propio del ser humano.

Contrario a los animales, la gente posee imaginación, razón y voluntad libre. Por tanto, somos capaces de ser creativos y volver realidad nuestras intuiciones de eso que creemos puede ser de valor para otros.

El darse cuenta de la habilidad emprendedora para transformar a sociedades enteras, ha florecido de tal manera que parece que todos están hablando de los emprendedores. El tema está lentamente yendo de la periferia de los planes de estudio de las escuelas de negocios a convertirse en una materia obligatoria.

Las ciudades compiten ahora para ser anfitrionas de ferias de emprendedores. Muchas organizaciones occidentales trabajan en naciones en desarrollo tratando de cambiar el énfasis de dar ayuda a enseñar habilidades emprendedoras.

Incluso hay prisiones en los EEUU en las que líderes de negocios enseñan a los prisioneros esas habilidades, elevando por tanto las oportunidades de crear nuevas vidas e ingresos legítimos después del cumplimiento de las sentencias.

Pero en medio de este entusiasmo, corremos el riesgo de olvidar que la capacidad de los emprendedores de crear riqueza está fuertemente afectado por el medio ambiente en el que vivimos.

En muchas escuelas de negocios es posible estudiar hoy habilidades emprendedoras sin ninguna referencia al papel que juegan factores como el estado de derecho, los derechos de propiedad y los impuestos bajos, para estimular la acción emprendedora que crea riqueza.

En resumen, el emprendedor no sólo depende de un particular entendimiento de la naturaleza humana. Su carácter creador de riqueza también requiere de un arreglo moral e institucional.

Si los impuestos son elevados, si los derechos de propiedad no se protegen y la corrupción es la norma, entonces el medio ambiente contiene obstáculos enormes para la creación de riqueza de la acción emprendedora.

¿Por qué razón la gente debe arriesgarse con acciones emprendedoras cuando ella piensa que sus ideas pueden ser robadas, o que sus propiedades pueden ser confiscadas?

Como prueba de esta afirmación está un fascinante estudio del desarrollo económico actual de China. En Capitalismo con Características Chinas (2008), Yasheng Huang afirma que el despegue económico en los años 80 fue alimentado por emprendedores privados, lo que se facilitó con una mayor flexibilidad microeconómica, acceso a capital y mayor protección de la propiedad privada.

Sin embargo, el autor muestra que en los años 90 los mayores indicadores económicos mostraron un deterioro en la economía de China. Sostiene que esto fue el resultado de la sutil reafirmación de control sobre partes de la economía china.

La privatización, por ejemplo, estuvo cada vez más acompañada por la retención o adquisición del gobierno de  porciones importantes de acciones en empresas grandes.

El resultado fue el declive de la actividad emprendedora en partes del territorio chino, incluyendo Shanghai. La lección, según el autor, es «perder incentivos es perder emprendedores».

Debemos, sin embargo, preguntar también lo que sucede cuando los incentivos para los emprendedores se desalínean y se encuentran en la política, no en la economía. En estos casos, los emprendedores ya no son cuestión de crear ideas o productos que otros valoran.

En su lugar, los emprendedores lo son, identificando y aprovechando contactos políticos y oportunidades burocráticas para acumular poder o transferir riqueza a sí mismos y a sus clientes y apoyos.

Bienvenidos al mundo del cabildeo, los abogados de juicios, la Venezuela de Chávez, la Rusia de Putin. Si se deja sin curar, resulta en el reemplazo de una próspera clase media por parte de una clase política parasitaria.

La implicación es que cualquiera que tome en serio a la acción emprendedora que crea riqueza, en algún momento debe poner su atención en cómo el medio ambiente moral, legal y político alínea los incentivos.

Hacer esto, involucrará sin duda temas de controversia, desde en impacto de los impuestos en los emprendedores hasta asuntos políticamente incorrectos como el de la influencia de ciertas culturas en la creación de riqueza.

La acción emprendedora —como todas las cosas— no existe en el vacío. Ya pasó el tiempo de creer que puede hacerlo.

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Otra parte de un texto del Rev Robert A. Sirico. Agradecemos al Acton Institute el gentil permiso de reproducción.

Vocación empresarial

Implícitamente, y, a veces, explícitamente, devotos feligreses piensan que el único llamado religioso real es algún tipo de trabajo de tiempo completo en la iglesia. Según esto, los laicos no tienen realmente una vocación, aunque logren hacer lo mejor que puedan, dadas las circunstancias.

En 1891, la ley canónica ofrecía una simple pero devastadora definición de la persona laica: «Laico: no clérigo». Desde entonces, especialmente bajo la influencia del Segundo Concilio Vaticano, una visión mucho más positiva ha emergido, una que se sumerge en las profundidades de los objetivos misionarios de Dios, tanto dentro como fuera de la iglesia.

Ver al don de la habilidad para los negocios, en una forma alternativa, nos capacita para captar su potencial moral y espiritual. Un empresario es alguien que conecta el capital, el trabajo, y los factores materiales con el propósito de producir un bien o servicio.

Michael Novak ha argumentado que la creatividad del empresario es similar a la actividad creadora de Dios en el primer capítulo del Génesis.

En este sentido, el empresario participa en el mandato cultural original, dado por Dios a Adán y Eva, de someter la tierra. La vocación empresarial es un llamado sagrado similar al de ser padre o madre, aun si no es tan sublime.

Por algunos años he participado en programas diseñados para enseñar a los seminaristas la importancia de la economía libre y las responsabilidades del empresario. Para muchos de estos estudiantes, las ideas presentadas condujeron a experiencias que les abrieron los ojos.

Los estudiantes descubren que el sistema de libre mercado se trata de crear riquezas, encontrando formas más eficientes de servir a otros, y proveer trabajos a la gente y oportunidades para la inversión. Ellos descubren que la brecha que separa la prosperidad y la moralidad ya no es insuperable.

En estos seminarios, a menudo menciono el extraordinario libro de George Gilder Riqueza y Pobreza. Creo que todavía se puede sostener que Gilder es algo así como un empresario intelectual.

Su Riqueza y Pobreza han sido acreditadas por ser la fuerza intelectual detrás de la revolución, que forzó a los economistas y a los creadores de planes políticos a considerar por primera vez cómo la política gubernamental, especialmente en el área tributaria, afecta a las decisiones humanas.

La popularidad de este libro ilustra bien cómo alguien fuera de la academia puede ejercer una influencia tremenda sobre la vida económica americana. Según mi punto de vista, sin embargo, Gilder logró algo mucho más importante insistiendo en que la actividad empresarial es una profesión moral legítima.

Gilder considera a los empresarios como uno de los grupos peores entendidos y minusvalorados de la sociedad. Como visionarios con instintos prácticos, los empresarios combinan las virtudes cristianas y clásicas para adelantar sus propios intereses y los de la sociedad. Gilder piensa que es una equivocación asociar el capitalismo con la ambición ­una asociación con el altruismo sería mucho más exacta.

Cuando la gente acepta el desafío de una vocación empresarial, ha implícitamente, decidido satisfacer las necesidades de otros a través de los bienes y servicios que produce.

Si las inversiones del empresario devengan una ganancia, el empresario debe estar ««dirigido al otro». En última instancia, las personas de negocios, en una economía de mercado, simplemente no pueden ser a la vez egocéntricas y exitosas.

El capítulo final de Riqueza y Pobreza es tal vez el menos leído pero el más crucial del libro entero. Aquí Gilder presenta la teoría de que la actividad empresarial es un acto de fe, un acto religioso inherente. Al fusionar la moralidad cristiana tradicional con una celebración de crecimiento y cambio, nos ayuda a discernir cómo el conocimiento y el descubrimiento son elementos esenciales de la empresa.

Mucho tiempo antes de la publicación de Riqueza y Pobreza de Gilder, una escuela entera de economía había crecido alrededor de la visión y actividad empresarial de Joseph Schumpeter.

De acuerdo a Schumpeter, era la actividad empresarial ­ más que cualquiera otra institución académica ­ la que prevenía que la apatía económica y teológica retarde el crecimiento económico.

Él consideró que la función de los empresarios era: reformar o revolucionar el patrón de producción por medio de la explotación de un invento, o más generalmente, una posibilidad tecnológica no intentada, para producir una nueva comodidad o transformar una vieja en una nueva forma, al abrir una nueva fuente de materiales o centro de distribución para los productos, reorganizando una industria y demás.

Los empresarios, como agentes de cambio, motivan a la economía a ajustarse al aumento de la población, los traslados de recursos y los cambios en las necesidades y deseos del consumidor. Sin empresarios, enfrentaríamos un mundo económico estático, no distinto de los estancados pantanos económicos que el socialismo trajo a la Europa Central.

El análisis económico que tiene sus raíces en el trabajo de Schumpeter enseñó que los empresarios son entrepreneurs, visionarios que organizan numerosos factores, tomando riesgos, y cambiando recursos para crear algo más grande que la suma de sus partes. Los empresarios dirigen la economía hacia delante al anticipar los deseos del público y al crear nuevas formas de organizar los recursos.

En suma, ellos son hombres y mujeres que crean trabajos, descubren y aplican nuevos remedios, brindan comida a aquellos en necesidades, y ayudan a los sueños a convertirse en realidades.

El argumento bíblico a favor de la actividad empresarial: Aquellos que consideran la vocación empresarial como un mal necesario, que miran las ganancias con abierta hostilidad, deberían darse cuenta de que la Escritura presta amplio apoyo a la actividad empresarial.

La Biblia nos enseña verdades eternas pero también nos provee sorpresivamente de lecciones prácticas para los asuntos del mundo. En Mateo 25:14-30 encontramos la parábola de los talentos, de Jesús. Como todas las parábolas, su interpretación es multívoca. Su significado eterno narra cómo usar el don de la gracia de Dios.

Con respecto al mundo material, es una historia acerca del capital, inversión, actividad empresarial y el uso apropiado de los recursos económicos. Es una réplica directa a aquellos que insisten en que el triunfo en los negocios y en la vida cristiana son contradictorios. Lo que sigue es el texto de esta parábola (NBJRA) con comentarios que aplican principios tomados de ésta a la vocación empresarial.

… Es también como un hombre que, al ausentarse, llamó a sus siervos y les encomendó su hacienda: a uno dio cinco talentos, a otro dos, y a otro uno, a cada cual según su capacidad; y se ausentó. Enseguida, el que había recibido cinco talentos se puso a negociar con ellos y ganó otros cinco. Igualmente el que había recibido dos ganó otros dos. En cambio el que había recibido uno se fue, cavó un hoyo en tierra y escondió el dinero de su señor.

Al cabo de mucho tiempo, vuelve el señor de aquellos siervos y ajusta cuenta con ellos. Llegándose el que había recibido cinco talentos, presentó otros cinco diciendo: ‘Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes otros cinco que he ganado. Su señor le dijo:’¡Bien, siervo bueno y fiel; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor’. Llegándose también el de dos talentos dijo: ‘Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes otros dos talentos que he ganado’. Su señor le dijo: ‘’¡ Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor’.

Llegándose también el que había recibido un talento dijo: ‘Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. Por eso me dio miedo, y fui y escondí en tierra tu talento. Mira, aquí tienes lo que es tuyo.’ Mas su señor le respondió: ‘Siervo malo y perezoso, sabías que yo cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí; debías, pues, haber entregado mi dinero a los banqueros, y así, al volver yo, habría cobrado lo mío con los intereses. Quitadle, por tanto, el talento y dádselo al que tiene los diez. Porque a todo el que tiene, se le dará y sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y al siervo inútil, echadle a las tinieblas de afuera. Allí será el llanto y rechinar de dientes’

Esta es una historia que muchos líderes religiosos no aplican a menudo a la vida real. Cuando las personas piensan acerca de las parábolas de Jesús, la de los talentos no es la primera que viene en mente. Tal vez esto se deba a que la mayoría de los líderes religiosos se apegan a una ética donde la ganancia es sospechosa y la actividad empresarial es mal vista.

Sin embargo, la historia precedente ofrece un significado ético aparentemente inmediato, sin mencionar lecciones aún más profundas para el rendimiento de cuentas económicas y una apropiada administración.

La palabra talento en esta parábola tiene dos significados. Primero: Es una unidad monetaria, tal vez la de mayor denominación en los tiempos de Jesús. Los editores del “Comentario de la Nueva Biblia”, concuerdan con que un talento era una suma de dinero muy grande; en tiempos modernos, éste habría sido el equivalente a algunos miles de dólares. Así, sabemos que la cantidad dada a cada sirviente fue considerable.

Segundo: Más ampliamente interpretada, la palabra talento se refiere a todos los diversos dones que Dios nos ha dado para cultivar y multiplicar. Esta definición acoge a todos los dones, incluyendo nuestras habilidades naturales y recursos, así como nuestra salud, educación, posesiones, dinero, y oportunidades.

No pretendo construir una ética completa para el capitalismo a partir de esta parábola. Hacerlo así sería cometer un ejemplar error exegético e histórico, similar a aquellos cometidos por los teólogos de la liberación y de los teólogos de la dominación. Sin embargo, una de las más sencillas lecciones de esta parábola tiene que ver con cómo usamos nuestras capacidades y recursos dados por Dios.

Esto, sostengo, debe ser parte de una ética que guíe la actividad económica y la toma de decisiones en el mercado. En un nivel, de la misma manera en que el señor esperaba actividad productiva de sus siervos, Dios quiere que usemos nuestros talentos hacia fines constructivos. Aquí vemos que al prepararse para su viaje, el señor permite a sus siervos decidir acerca de la mejor manera de invertir.

Con relación a esto, ellos tienen plena libertad. De hecho, ni siquiera les ordena invertir para obtener ganancias; en vez de esto, él simplemente asume la buena voluntad de ellos y sus propios intereses en sus propiedades. Dada esta implícita confianza, es fácil entender el disgusto eventual del señor con el siervo, que no obtuvo ganancias. No es tanto la falta de productividad que ofende al señor sino la actitud subyacente que el siervo exhibe ante el señor y su propiedad.

Uno puede imaginarse el razonamiento del siervo: Sólo dejar pasar; pondré este talento fuera de vista de tal manera que no tenga que preocuparme por él, cuidarlo, o dar cuentas de él”. Un erudito de la Biblia, Leopold Fonck, observa que “no es solamente el mal uso de los dones recibidos lo que trae la culpa a quien los recibe, sino también el que no los use”. El maestro invitó a cada uno de los sirvientes diligentes a regocijarse en su propio regocijo, una vez se habían mostrado productivos para sí mismos. Ellos fueron generosamente recompensados; de hecho, el señor dio el talento del siervo perezoso a aquel que había recibido diez.

La parábola de los talentos, sin embargo, presupone un entendimiento local de la apropiada administración de dinero. De acuerdo a le ley rabínica, enterrar el dinero era considerado como la mejor seguridad contra el robo. Si una persona a quien se le ha confiado dinero lo enterrase tan pronto como lo recibiera, sería libre de responsabilidad, por cualquier cosa que le pasara al dinero.

Para el dinero meramente envuelto en una tela, la cuestión era diferente. En este caso, la persona era responsable de cubrir cualquier pérdida incurrida debido a la naturaleza irresponsable del depósito. Sin embargo, en la parábola de los talentos, el señor exhorta a tomar un riesgo razonable. Él considera el acto de enterrar el talento ­ y así terminar sin pérdidas ­ como irracional, porque considera que el capital debe revertir en una cantidad razonable. En este entendimiento, el tiempo es dinero (otra forma de comprender el interés).

Una segunda lección crítica de esta parábola es ésta: No es inmoral beneficiarse de nuestros recursos, ingenio, y labor. Aunque escribiendo para una audiencia y contexto enteramente diferente, el economista austríaco Israel Kizner emplea el concepto de alerta empresarial, para mostrar el significado de la habilidad natural, tiempo, y recursos personales.

Basándose en la obra de Ludwig von Mises reconoce que al buscar nuevas oportunidades y al encargarse de una actividad dirigida a un fin, los empresarios luchan no sólo por perseguir logros, donde medios y fines están claramente identificados, sino también por la energía y estado de alerta que se necesita para identificar por cuáles fines uno debe luchar y saber cuáles medios están disponibles.

Sin exagerar en la similitud entre el concepto de Kizner y la parábola de los talentos, parece haber una conexión natural entre el descubrimiento de oportunidades empresariales y la advertencia del Señor en Mateo 25 de ser cautelosos a su regreso y de ser cuidadosos de su propiedad. Así, con respecto a las ganancias, la única alternativa es la pérdida, la cual en el caso del tercer siervo constituye una mala administración.

Sin embargo, la renuncia voluntaria de la riqueza, tal como sucede en la limosnería, o una forma más radical de renunciar al derecho de poseer una propiedad (como en el voto de pobreza tomado por miembros de algunas órdenes religiosas), no debería ser confundido con la pérdida económica.

En el primer caso, un bien legítimo se abandona al intercambiarlo por uno hacia el cual se tiene un llamado único. En el otro caso, fallar deliberadamente en una empresa económica, o hacerlo como resultado de la pereza es mostrar irrespeto por el don de Dios y la responsabilidad propia como administrador.

Sin embargo, debemos distinguir apropiadamente entre las obligaciones morales que deben ser económicamente creativas y productivas, por una parte, y emplear nuestros talentos y recursos prudente y magnánimamente, por otra parte. Esto está claro a partir de nuestra discusión de la parábola de los talentos y el mandato cultural que aparece en Génesis 1, el cual señala que al someter la tierra, las personas necesitan estar atentas a las posibilidades de cambio, de desarrollo, e inversión.

Además, ya que los seres humanos son creados en la imagen de Dios y han sido dotados de razón y libre voluntad, las acciones humanas necesariamente implican una dimensión creativa, Así, pues, en el caso del tercer siervo que colocó su único talento bajo tierra, no se hizo uso de su habilidad para estar alerta de posibilidades futuras ­las cuales incluían cualquier retorno productivo del dinero del señor- lo que condujo a que fuera severamente recriminado.

Quizá no hay, tal vez, ilustración más clara de emplear los talentos y recursos personales prudentemente para el bien de todos que los monjes cistercienses de los monasterios medievales. En cuanto éstos, eran gobernados por una constitución religiosa que dividía el día de cada monje en segmentos dedicados a la oración, contemplación, culto, y trabajo; la cantidad de tiempo disponible para invertir en actividades productivas fue apretadamente regulada.

Además del temprano y frecuente uso de molinos, los monjes cistercienses también experimentaron con plantas, abonos y crianza de ganado que les permitían usar su creatividad dada por Dios sabia y productivamente para acumular dinero para el monasterio y ayudar al pobre.

La economía muestra que la tasa de ganancias del capital a largo plazo es similar a la tasa de interés. La tasa de interés, a su vez, es el pago dado por posponer el consumo presente para uno futuro (a veces denominado la tasa de tiempo preferencial). Al señor en la parábola de Jesús no le era suficiente recuperar meramente el valor original del talento; más bien, el señor esperaba que el siervo incrementara su valor al participar de la economía.

Aun un mínimo nivel de participación, tal como mantener el dinero en una cuenta para que gane intereses, habría producido una pequeña tasa de ganancias en el capital del señor. Enterrar el capital en la tierra sacrifica aun esa tasa mínima de ganancias, lo cual fue lo que enojó al señor con respecto a la indolencia de su siervo.

En el libro del Génesis, leemos que Dios dio la tierra con todos sus recursos a Adán y Eva. Adán debía combinar su trabajo con el material en bruto de la creación para producir bienes utilizables para su familia. De manera similar, el señor de la parábola de los talentos esperaba que sus sirvientes usaran los recursos a su disposición para incrementar el valor de su pertenencia.

Más que mantener pasivamente lo que habían recibido, los dos siervos fieles invirtieron el dinero. Pero el maestro se enojó de manera justa por la timidez del siervo que había recibido un talento. A través de esta parábola, Dios nos manda a usar nuestros talentos productivamente. Por medio de la misma, somos exhortados a trabajar, ser creativos, y rechazar la pereza.

A través de toda la historia, las personas se han encargado de construir instituciones que maximicen la seguridad y minimicen el riesgo ­ tanto como el siervo que falló trató de hacer con el dinero del señor. Tales esfuerzos existen desde los Estados de Bienestar grecorromanos hasta las comunas luditas de los 60, hasta el totalitarismo soviético en escala absoluta..

De tiempo en tiempo, estos esfuerzos han sido acogidos como soluciones ‘cristianas’ a las inseguridades futuras. Sin embargo, la incertidumbre no es sólo el azar que debe ser evitado; éste puede ser una oportunidad para glorificar a Dios a través del sabio uso de sus dones. En la parábola de los talentos, la valentía frente a un futuro incierto fue generosamente recompensada en el caso del primer siervo, al que se le confió la mayor cantidad. Él usó los cinco talentos para adquirir cinco más. Habría sido más seguro depositar el dinero en un banco y recibir una tasa de interés nominal.

Al tomar riesgos razonables y mostrar habilidad empresarial, se le permitió retener su dotación inicial así como sus nuevas ganancias. Además de lo anterior, se le invitó a regocijarse con el señor. El sirviente perezoso pudo haber evitado su destino sombrío demostrando una iniciativa más empresarial. Si él hubiera hecho un esfuerzo por incrementar los bienes de su señor, aunque hubiese fallado en el proceso, no hubiera sido juzgado tan duramente.

La parábola de los talentos implica una obligación moral de confrontar la incertidumbre en una forma aventurera. No hay un ejemplo más apto de tal individuo que el del empresario. Los empresarios miran al futuro con valentía y un sentido de oportunidad. Al crear nuevas empresas, abren nuevas opciones para la gente con respecto a ganar un salario y desarrollar sus habilidades.

Sin embargo, nada de lo que ha sido dicho debe ser tomado para implicar que el empresario, debido a la importancia que él o ella tienen para la sociedad, debería ser eximido de rendir cuentas en el sentido espiritual. El comportamiento inmoral puede ser encontrado entre los empresarios no menos que entre cualquier grupo de seres humanos pecadores. No obstante, es importante que ni se canonice la pobreza ni se demonice el éxito económico.

Sin duda, en la búsqueda de su vocación, los líderes de negocios serán tentados de muchas maneras. A veces, la tentación será pensar que el ruidoso mundo de los negocios y las finanzas es espiritualmente insignificante y que el objetivo final es similar.

En tales momentos, los empresarios deben reflexionar nuevamente sobre el vigésimo quinto capítulo del evangelio de Mateo y captar el hecho que Dios les ha confiado con sus talentos y espera que los empresarios sean industriosos, generosos, e innovadores con ellos. Y si ellos son fieles a su llamado, podrían esperar escuchar las palabras pronunciadas por el Señor de esos siervos: “Bien hecho, siervo bueno y fiel. Has sido fiel en lo poco; te haré dueño de mucho. Entra y regocíjate en el gozo de tu Señor” (Mateo. 25:21)