Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Fallan Programas de Ayuda
Eduardo García Gaspar
2 enero 2008
Sección: PROSPERIDAD, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


La historia no es nueva. Ha sido tratada por años.

Y, sin embargo, produjo una noticia de primera plana en El Universal, de la Ciudad de México (24 diciembre). El encabezado decía, “72% del gasto social, ineficaz”.

Según la nota, “Al menos 85 programas sociales del gobierno federal, para los que se canaliza 72% del presupuesto destinado a ese rubro, están reprobados…”.

Eso al menos en opinión de Gonzalo Hernández Licona, secretario ejecutivo del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), un organismo burocrático que evalúa a otros similares a él.

Se refiere a programas como Oportunidades, el Programa de Abasto Social de Leche a cargo de Liconsa, el Nacional de Becas y Financiamiento y el Fondo de Desastres Nacionales y que tienen fallas:

“incumplimiento en los plazos previstos para la entrega de recursos, padrones de beneficiarios no actualizados, excesivos gastos administrativos, poca claridad en las reglas de operación y carencia de mecanismos para conocer su impacto”.

Ni sorprende, ni maravilla, al contrario, es lo que se esperaría. La real sorpresa hubiera sido encontrar que los programas funcionan siquiera razonablemente bien.

La biblia al respecto de este tipo de programas fue un libro de hace ya algún tiempo, Losing Ground: American social policy 1950-1980, de Charles Murray. En esencia señalaba lo mismo, la falla terrible de los programas gubernamentales contra la pobreza en los EEUU.

Otro libro trata lo mismo, en el Reino Unido, The Welfare State we’re in, de James Bartholomew.

Lo que en conjunto se muestra es simple, los programas contra la pobreza que un gobierno implanta suelen ser fracasos sonoros que a pesar de eso se mantienen en funcionamiento alegando que lo que se necesita es tener más dinero.

En el caso mexicano se alega que lo que se necesita es más transparencia, mejorar las operaciones, mayor eficiencia y evitar el uso electoral de los programas.

Cuando algún programa falla en una organización con recursos propios, la reacción natural es cancelarlos o al menos modificarlos drásticamente. Esta conducta natural no sucede dentro de los gobiernos porque el costo de los recursos usados se traslada a terceros, los ciudadanos.

Por eso suelen ser mantenidos a pesar de sus fallas y, más aún, ya que el tener más presupuesto es tener más poder, el gobernante siempre argumentará que falta dinero.

No sostengo que se deben suspender los programas de combate a la pobreza, pero lo que sí creo es que pueden también hacerlos los particulares, que casi siempre son más eficientes.

Creo que estos programas deben ser personalizados, no colectivos; que deben ser dados a casos de pobreza extrema y temporalmente, distinguiendo entre situaciones rurales y urbanas. Sería una buena idea considerar que esos programas con fondos gubernamentales los pudieran realizar agencias privadas.

Es una cuestión de sentido común, pues si los programas de combate a la pobreza conducidos por el gobierno dieran resultados, la miseria ya no existiría.

Llevamos décadas de esos programas sin que se vean resultados importantes. También es de sentido común considerar otra posibilidad, la de atacar no los síntomas sino la enfermedad. Lo que remedia la pobreza es muy conocido, se llama riqueza y todo lo que ayude a crearla es mejor remedio que cualquier programa oficial.

Una persona pobre lo es por dos posibles razones.

Una es la de situaciones ajenas a su persona, como una inundación en la que pierde todas sus propiedades. La otra es su persona misma y su incapacidad para producir lo que le cause ingresos razonables y esto es lo central: tener programas que permitan a la persona generar ingresos propios y no depender de las ayudas de otros.

Porque al final de cuentas, todo se resumen en dos posibilidades, una de dependencia y una de autonomía.

Los programas gubernamentales tienden fuertemente a crear poblaciones dependientes de ayudas oficiales que se eternizan y crean ciudadanos pasivos. Por el contrario, los buenos programas son los que hacen lo opuesto, vuelven a esos ciudadanos seres capaces de valerse por sí mismos.

Post Scriptum

Las dos obras mencionadas son muy aconsejables:

•    Murray, Charles A (1994). Losing Ground: American Social Policy, 1950-1980. New York. BasicBooks. 0465042333.

•    Bartholomew, James (2004). The Welfare State We’re In. London. Politico’s. 1842750631.


ContraPeso.info fue lanzado en enero de 2005 y es un proveedor de ideas e información para el interesado en buscar explicaciones. 





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