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En la sección Prudence, Statemanship, and Political Science del capítulo dedicado a Aristóteles, Lord examina a la prudencia dentro del pensamiento de filósofo, contenida esencialmente en la Ética a Nicómaco. Se habla allí de la prudencia, es decir, de la sabiduría práctica. Ella es para el griego la virtud propia de la deliberación, parte del raciocinio que elige calculando y seleccionando. Y tiene rasgos que la caracterizan. Por un lado, es una virtud intelectual. Pero también es una parte o aspecto de la acción moral, la que no podría existir sin virtud moral. Se tienen por tanto, elementos que ayudan a entenderla. Ella está sin duda relacionada con la virtud al mismo tiempo que combina elementos de deliberación, raciocinio y decisión.
Un tanto simplificada, la prudencia puede entenderse como una virtud a ser usada en el momento de tomar decisiones, para mejorarlas. La prudencia supone elementos: pensar, calcular, analizar, deliberar. No estaría lejos de ser un hábito muy deseable. Más aún, la prudencia, continúa Lord, no debe ser confundida con otras cosas, como el ingenio, la agudeza, la astucia , la perspicacia, o la habilidad. La prudencia no está destinada a ser un instrumento en busca del bien propio como tal, sino para disponer de los medios apropiados que son necesarios para alcanzar los fines que la virtud moral indica. La aseveración introduce otro elemento, el moral y por eso, una evaluación inevitable de lo bueno y de lo malo, algo a lo que se oponen a las visiones actuales que exaltan la tolerancia absoluta de todas las ideas independientemente de sus méritos morales. La prudencia, por eso, contiene un elemento esencial moral. No es la astucia que por medio de engaños, falsedades y apariencias ayuda a lograr objetivos personales. Lo anterior implica, según el autor, que la prudencia tiene una combinación especial de elementos. Se ocupa de las virtudes morales, sí, pero no de la universalidad de las virtudes, sino de las circunstancias específicas en las que las virtudes son llevadas a la práctica.
El punto es esencial para comprender a la prudencia: ella reúne los detalles y situaciones particulares de una circunstancia concreta en la que son aplicados principios universales. No es un asunto teórico que estudia esos principios inmutables, sino uno pragmático que aplica esos principios a una situación específica y única. Lo que a su vez implica otra conclusión, según Lord en su comentario sobre Aristóteles: la prudencia es una cualidad que depende de la experiencia, razón por la que el griego hace notar que las personas jóvenes pueden ser muy hábiles en diversas materias, pero que por falta de experiencia en la vida no tienen una prudencia desarrollada. Es otro punto esencial, muy similar al que hace Santo Tomás, señalando que la prudencia es una obra que toma toda la vida. La exclusión de los jóvenes de la prudencia no es gratuita, sino lógica: hace falta haber vivido diferentes circunstancias y situaciones para entender las complicaciones de las consecuencias que una decisión puede tener.
Ya en el terreno político la prudencia resulta muy ligada con la experiencia en ese campo y es en realidad una forma aolicada de prudencia. En la política, la prudencia del gobernante es de varios tipos. Una es la prudencia legislativa. Otra es la de los asuntos de día a día, llena de circunstancias particulares y que a su vez se divide en deliberativa y judicial. Es posible por tanto, según el autor, ver que Aristóteles dice que el gobernante combina en su función virtud moral con inteligencia práctica, experiencia y conocimiento del lugar que gobierna. En la aplicación de la prudencia a los campos de la política, es natural que se repita la esencia de la prudencia, esa combinación de elementos y que tiene un fuerte contenido moral aunado a la experiencia y el conocimiento. La unión de elementos, sin duda, es necesaria para un buen gobierno, uno que toma decisiones prudentes, definidas como deliberadas, que anticipan consecuencias. Y esas decisiones prudentes son de diversos tipos. Una es la prudencia de las leyes, lo que evoca la importancia que los legisladores tienen al decretar disposiciones sabias, sin efectos indeseables. Otra es la prudencia de los casos concretos, la de los asuntos cotidianos, realizada por jueces y gobernantes. Hay aquí un sabor a Bastiat y su noción de lo que se ve y lo que no se ve. El prudente es quien es capaz de ver lo que no es fácilmente visible al resto y que lo puede hacer combinando conocimiento, experiencia y moral. A lo anterior se añade que hay dos tipos de actores en el conocimiento de las cuestiones políticas. Sus practicantes, dice Aristóteles, no hablan ni escriben de estas cuestiones y tampoco capacitan a otros en ellas. Su éxito parece deberse más a su capacidad natural y experiencia que a conocimiento. Los otros actores, los sofistas, en su mayor parte no suelen considerar estas cuestiones. Es decir, hay un descuido de este campo y su estudio. Los estudiosos del tema lo hacen de lado y los gobernantes también, confiando en sus habilidades e instintos, pero no en sus conocimientos. A lo que podría quizá añadirse el abandono de las cuestiones morales.
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