Símbolo de trabajo humano
Mortero que combina ideas y trabajos

Salarios dignos, suficientes y viables. El precio del trabajo humano exige considerar a la realidad, sin eso no habría viabilidad práctica y peores consecuencias. Pero también, tomar en cuenta asuntos morales.

Introducción

El gran tema de la idea de Schmiesing es el de la determinación de los salarios, el precio del trabajo humano. Un tema complejo que debe reconocer la realidad evitando trabajar en el vacío teórico, pero eso no deja de lado a las obligaciones personales, sean de justicia o de caridad.


La idea fue encontrada en la obra de Schmiesing, Kevin E., Within the market strife: american catholic economic thought from rerum novarum to vatican ii. Lanham, Md. Lexington Books, pp 37-39.


Punto de arranque

El tema del salario justo y digno ha sido y es sujeto de discusiones de economistas y moralistas.

La Iglesia Católica lo ha tratado ampliamente desde finales del siglo 19 en las encíclicas, y mucho antes por parte de moralistas.

En lo general dentro de los círculos católicos se reconoce que existe una obligación moral, la que obliga al empleador a pagar salarios dignos (living wages), lo que ha sido tratado de diversas maneras desde el siglo 16 con santo Tomás de Aquino [véase, por ejemplo, las opiniones de los Escolásticos Tardíos].

La clave del tema, desde el inicio de las reflexiones al respecto, ha sido un reto para los estudiosos del tema.

Por un lado está la cuestión de cómo determinar el monto que debe tener un salario justo. Por el otro, está el tema de cómo balancear dos realidades: la del derecho del trabajador a una vida digna y la de la viabilidad de los niveles de salario.

Esta es la gran idea que Schmiesing señala. Es la de considerar no sólo una de las partes, sino las dos. Tener salarios dignos, suficientes y viables Dice el autor que los asuntos morales y los económicos están entrelazados. No pueden tratarse de manera independiente.

Leyes de mercado, moral y salarios

Si los salarios son determinados con apego estricto a las leyes de mercado por medio de la oferta y demanda de trabajo, entonces hay poco espacio para consideraciones morales.

Si por el contrario, los salarios pudieran ser alterados de acuerdo con la sola voluntad del empleador, entonces no habría espacio para las consideraciones económicas.

Dos posibilidades reunidas

Ninguna de esas dos posibilidades extremas es posible. La mención de que en la realidad ambas consideraciones están inevitablemente entretejidas aporta un punto de vista mejor y más sólido, que evita propuestas que solo consideran una de esas consideraciones.

Una de las partes del debate sobre el tema explora si el pago de un salario justo es un asunto de justicia o es uno de caridad.

Justicia o caridad

Dentro del catolicismo, como lo menciona el autor, existen ambas posiciones las que surgen de interpretaciones distintas de la Rerum Novarum, donde se dice que «el salario no debe ser en manera alguna insuficiente para alimentar a un obrero frugal y morigerado [de buenas costumbres]».

El punto es si eso es una obligación de justicia y solucionar el asunto de la conmutativa que pide igualdad en el intercambio de bienes. Si un trabajador realiza un trabajo de mayor valor que el de otro, ¿puede en justicia reclamarse un pago igual a los dos?

La noción de un salario familiar suficiente para el sostén de una familia no caería bajo la justicia conmutativa. Podría existir esa obligación como caridad, pero no como justicia.

Schmiesing añade otra pieza de información a la anterior. Al tratar este tema, el de los salarios dignos, suficientes y viables, deben considerarse aspectos económicos y morales. Pero también debe considerarse otra cosa: no es un tema simple como suele ser tratado.

Un posible resumen del tema, de acuerdo con estas ideas católicas es aceptar que sí existe una obligación en justicia de pagar un salario digno. Y en ocasiones la obligación por caridad de pagar un salario familiar.

Realidad económica

Hasta aquí la posición moral es clara, pero a ella se añade otra cosa. La realidad económica debe ser tenida en cuenta para no caer en el caso de cerrar una empresa que no puede cumplir con las obligaciones anteriores.

Es decir, la realidad marca las posibilidades del cumplimiento de las obligaciones. Quizá sea posible traducir esta idea a una general de prudencia.

Es decir, cuidar que el cumplimiento de obligaciones de justicia y caridad no produzca una situación peor a la que se trata de resolver.

Sería absurdo que si una empresa no pudiese cubrir salarios considerados dignos, ella tuviese que cerrar causando el desempleo de sus trabajadores.

Lo que estas consideraciones dejan ver es un panorama en el que no son admisibles las posiciones simples, definidas estas como las que hacen de lado la dualidad del tema.

Concluyendo

Quien, por ejemplo, propone que por decreto se obligue a los empresarios a pagar salarios considerados dignos según alguna definición y no atiende a las consecuencias económicas de su demanda, comete un error de imprudencia.

Y quien por el otro lado, se atiene a seguir los resultados de un análisis estrictamente económico, comete un error serio de justicia o caridad.

Entre las dos posiciones deberá encontrarse un balance satisfactorio del que es responsable no la autoridad con leyes universales, sino los acuerdos a los que pueden llegar trabajadores y empresarios en lo personal y sin interferencia externa.

Si bien las consecuencias de la realidad económica aplican a todos, las responsabilidades de justicia y caridad son una cuestión personal e individual. Este debe ser el tratamiento completo de los salarios dignos, suficientes y viables


Y unas pocas cosas más…

Debe verse:

¿Qué es salario justo? Su monto y determinación

Otras ideas relacionadas:

[Actualización última: 2020-11]

Notas extras: hacer dignos los salarios mínimos

Por Eduardo García Gaspar

La disyuntiva siempre está allí: se eleva o no el salario mínimo, y qué sucede en cada caso. Una columna del WSJ trató este tema hace tiempo, iniciando con la cita del New York Times en 1987, «El salario mínimo correcto: $00.00».

No es que se trabajara gratis, sino que debía no tenerse salario mínimo. Desde entonces ese diario ha cambiado drásticamente de opinión.

Subir el salario

¿Elevarlo o no? En la primera impresión, quizá las personas vean que es una buena idea elevarlo. Después de todo, con más ingresos se vive mejor y todos queremos vivir mejor y así se remedia la pobreza.

Pero la cuestión no es tan simple. Un buen economista, se ha dicho, examina los efectos secundarios de ese tipo de decisión. Los salarios no solo deben ser dignos, también deben ser viables.

Efectos no intencionales

Es aceptado que una elevación del salario mínimo producirá un beneficio real, pero solo a los que tengan y mantengan su empleo. Quienes estén en busca de empleo saldrán lastimados con menos oportunidades.

Elevar el salario mínimo, en otras palabras, no es garantía de creación de empleos, sino de que ganarán más los que mantengan sus empleos.

Y, de hecho, la elevación del salario incrementa el precio del trabajo, reduciendo la cantidad demandada. Es decir, se socava la creación de empleos, lo que tiene una implicación interesante: si el salario mínimo dejara de existir, se crearían más empleos.

La columna a la que me refiero dice que existe un cálculo aceptado: una elevación del 10 por ciento del salario mínimo destruye de 1 a 2 por ciento de los empleos de los jóvenes.

Desde luego que el problema es de largo plazo, afectando a jóvenes que sin empleo retrasan su acumulación de experiencia de trabajo, la formación de una familia y pueden elevar la informalidad económica e incluso la delincuencia.

Más aún, el pronóstico de pérdida de empleos es general, no se sabe en qué sectores ocurrirá.

Uso político del salario mínimo

A pesar de la evidencia en ese sentido, el salario mínimo se mantiene, supongo que más para uso político que beneficio económico.

El gobernante puede usar al salario mínimo como herramienta de popularidad, cuando prometa elevarlo, una medida seguramente aplaudida por quienes no ven los efectos secundarios.

Pero aplaudida también por los sindicatos, cuyos miembros son protegidos por esa tarifa de entrada, el salario mínimo. Quienes estuvieran de acuerdo en trabajar por menos, no les significarán competencia a sus privilegios.

Salarios dignos pero viables

La realidad es que a pesar de eso sigue vigente una idea válida, la de qué hacer para mejorar el ingreso de las personas. Si la elevación del salario mínimo no es conveniente, queda por ver cómo resolver ese problema de ingresos muy bajos.

Es un problema serio, de tal magnitud que moverá a demasiados a ignorar la realidad elevando ese salario, haciéndoles sentir que están haciendo algo, pero empeorando la situación a la larga.

La solución conocida

La solución es conocida desde hace tiempo, la de facilitar la inversión o al menos no ponerle obstáculos. La inversión eleva la productividad y ésta es la única manera de elevar el ingreso personal.

Más infraestructura, más instalaciones, más tecnología, más capacitación, en suma, más inversión, es decir, más capital. Mucho me temo que no hay de otra.

Pero esto tiene problemas. Por principio de cuentas, no produce resultados inmediatos y por eso no genera aplausos inmediatos al gobernante.

En segundo lugar, algunas personas se opondrían a las medidas que faciliten la inversión, usando las consabidas frases de «capitalismo salvaje», «neoliberalismo fracasado», «reformas innecesarias», «intereses imperialistas» y las demás de la lista usual.

Sin saberlo, son ellas la causa misma del problema que quieren resolver: el político porque se sostiene en popularidad inmediata y el socialista porque se niega a salir de su caja artificial.

El problema de la pobreza no es económico, sino político y consiste en los frenos que se le ponen a las inversiones de quien quiere abrir un negocio o expandirlo.

Pero también, me decía un amigo, es un problema de opinión pública: si las personas mayoritariamente entendieran estas cosas, los gobernantes no usarían al salario mínimo para elevar su popularidad.

Tiene un punto mi amigo, el que le hace proponer que en las escuelas es muy necesaria la educación económica de sentido común.

Otras cosas más

• El artículo al que me refiero está aq. Su autor es David R. Henderson,  research fellow en la Hoover Institution y coautor de  “Making Great Decisions in Business and Life” (Chicago Park Press, 2006).

• La idea de elevar el salario mínimo como herramienta de prosperidad se enfrenta a dos problemas serios:

— Si así pudiera remediarse la pobreza, ella hubiera sido solucionada hace tiempo.

— La elevación de los salarios, sin productividad añadida, equivale a una elevación del precio de los bienes. Es decir, si alguien propone elevar el salario mínimo está proponiendo que se vive mejor con precios altos de los bienes. Véase Hazlitt, Henry Economics in one lesson.

• La propuesta de liberar los salarios, para dejarlos en acuerdos personales, no está exenta de problemas. Sí, habrá abusos, por parte de empleadores y de empleados, pero es mejor a la larga.