Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Otras Armas de Destrucción
Eduardo García Gaspar
9 enero 2012
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, SOCIEDAD
Catalogado en:


Es una herramienta para saber más, para comprender mejor. Es útil, pero cuando se abusa de ella resulta una herramienta riesgosa.

Es la herramienta de la creación de categorías, de grupos, de tipos de personas.

Eso nos ayuda a saber más de nosotros. Y, sin embargo, es un arma que puede tener efectos mortales.

Por ejemplo, muy recientemente, Obama propuso impuestos mayores a los millonarios. Es decir, creó una clasificación de dos tipos ciudadanos, millonarios y no millonarios.

A uno de ellos quiere tratarlo de manera diferente. No es el primero que hace eso. Ni será el último. La costumbre es de siglos.

Antes de que Platón lo hiciera para proponer su sistema político ideal, otro ya había hecho una clasificación de personas.

Eurípides, si no me equivoco, dijo que una sociedad está compuesta por los ricos, por los pobres y, entre ellos, eso que llamamos clase media. Mucho tiempo después, Marx basó sus ideas en la existencia de dos clases solamente, burgueses y proletarios.

En México, el presidente Lázaro Cárdenas impuso en su partido esa misma mentalidad al crear sectores: obrero, popular, campesino. El sector privado existía, pero no como parte del PRI.

La misma mentalidad esencial del fascismo, donde el estado lo es todo y para el que hay sectores, no personas.

Es frecuente, en círculos académicos encontrar ideas similares, como la de una sociedad en la que existe el grupo político, el privado y el social, cada uno con su misión y función.

Igual en las conversaciones informales, donde es frecuente hablar de ricos, pobres, políticos, iniciativa privada y demás.

No está mal hacerlo. Resulta de utilidad crear grupos con características similares. Ayuda a entender lo que sucede a nuestro alrededor. Pero tiene un riesgo: al formar grupos se pierde información de la persona.

El clásico error de este tipo es el de las ayudas a gente de muy bajo ingreso al creer que esa condición los iguala en todo. La falla de la creación de grupos o tipos es pocas veces tratada abiertamente.

Tome usted, por ejemplo, la idea de que es necesario que todos tengan acceso a la educación universitaria. Eso supone que todos tienen la capacidad y el interés de hacerlo, y de que todos obtendrán beneficio de ello sin importar qué estudien.

Claramente es falso. Igual lo es la idea de que deben pagar más impuestos los millonarios, creyendo que todos los que ganan más de unos 200 mil dólares al año son iguales.

Esta mentalidad me parece en extremo curiosa porque con frecuencia la oigo de boca de quienes al mismo tiempo exaltan a la diversidad humana.

Quien por un lado afirma que todos dentro de un cierto grupo son iguales, al mismo tiempo alaba la pluralidad y la variedad del ser humano. Una cosa no va con la otra y, la verdad, es más real el aceptar la gran desemejanza que tenemos.

Todo esto vale una segunda opinión porque, creo, es más próspera una sociedad en la que se piense menos en categorías de individuos que en las personas por sí mismas.

Donde no hay clases sociales predeterminadas, las personas son más propensas a sentirse libres y capaces de crear su propia fortuna. No sucede esto donde se aprende a ser parte de un grupo y sin remedio vivir en él.

Tome usted por ejemplo, la mentalidad que crea el creer ser parte del sector obrero, o proletario, o sindical, o como quiera llamarle: de allí no pasará, su ambición será no tener ambición de nada más.

Es como un hábito que frena todo esfuerzo que no sea el de enfrentar al grupo enemigo, que es lo que suele enseñarse. Si eres obrero, se te inculca, tu misión es quitarle lo que puedas al grupo opositor, el de empresarios.

Y los empresarios suelen terminar pensando igual: mí éxito depende del aprovechar todo lo que pueda del enemigo. Es esta mentalidad una consecuencia casi inevitable de la creación de sectores o clases sociales.

Tarde o temprano, se entenderá que el bienestar de unos sólo pueda lograrse afectando los bienes del otro. La sociedad entera, se vuelve así, un escenario de conflictos.

No está mal pensar en tipos de personas, grupos o clases, pero hacer de eso una obsesión que ignore a la individualidad personal y explique, por rivalidades, a la sociedad, es una de las peores trampas jamás creadas para destruirnos unos a otros.

Post Scriptum

Hay más ideas sobre el tema en ContraPeso.info: División Social. Véase un caso de la obsesión con clases sociales en Sociedad Dividida, Otra Vez.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





esp
Búsqueda
Tema
Fecha
Newsletter
RSS Facebook
Extras