Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Nada es Gratuito
Leonardo Girondella Mora
11 abril 2016
Sección: POLITICA, Sección: Asuntos
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Puede ser una sorpresa —y sin duda lo es para muchos— que se reconozca ampliamente que los mercados libres son causa de prosperidad: la mayor riqueza que producen permite elevar los ingresos de todos, aunque no al mismo tiempo ni en la misma proporción.

No creo que sea algo que pueda ser colocado como un tema a debatir —es una realidad que a partir de la existencia de mercados libres, que permiten aprovechar el talento de millones, la humanidad ha dado un giro: si antes la pobreza era la situación estándar ahora la riqueza puede ser la norma si se implantan los libres mercados.

Los opositores al libre mercado —si bien suelen aceptar esa realidad— insisten en querer demostrar las fallas del libre mercado y corregirlas por medio de políticas intervencionistas y el establecimiento de estados de bienestar.

Lo que quiero destacar con lo anterior es otra realidad, igual de innegable: el intervencionismo económico, dependiendo de su intensidad, reduce el nivel de crecimiento de la economía; y el estado de bienestar consume una mayor cantidad de recursos que el estado más reducido que requieren los mercados libres.

Puede ser expresado en tres puntos:

• Los mercados libres son los mayores creadores de prosperidad general.

• El intervencionismo económico actúa como un freno a la creación de prosperidad.

• El estado de bienestar necesita una gran cantidad de recursos para implantarse y subsistir.

Ahora, si es posible analizar lo anterior sin prejuicios ideológicos, es posible concluir que si alguien decide implantar un estado de bienestar lo que más le conviene es establecer también un régimen de libre mercado —que genere más recursos para poner financiar al estado de bienestar.

Sería muy miope que la persona decidiera aplicar el intervencionismo económico que le causará una reducción en los recursos grandes que necesita el estado de bienestar. Muy miope y absurdo, pero es lo que sucede.

El estado de bienestar suele ir acompañado de un fuerte intervencionismo económico, lo que debilita al primero —y le hace sufrir falta de recursos (recuerde a Grecia, por ejemplo). Es algo difícil de entender que quien quiere imponer un estado de bienestar y sabe que eso cuesta mucho decida al mismo tiempo reducir el ritmo de generación de riqueza.

Esa es la realidad, donde no hay influencias doctrinales ni ideológicas: si se sabe que el estado de bienestar es el tipo de gobierno más caro que puede tenerse, lo más lógico sería establecer el sistema que mejores resultados da, el que crea más recursos.

Es una buena intención de todo gobierno el ayudar a lograr una sociedad en la que se viva mejor —aumenten los ingresos, los estándares de vida; la pobreza sea reducida y otras cosas similares. Un estado de bienestar quiere, además, ofrecer educación gratuita, pensiones de vejez, seguro de desempleo, servicios de salud… Todo eso tiene un gran costo que aumenta en el futuro.

Es un problema claro de sustentabilidad financiera —uno que requiere recursos sustanciales crecientes en el plazo medio y largo. Si se quiere evitar caer en crisis de falta de recursos, es decir, la bancarrota del gobierno, lo más conveniente sería adoptar el sistema que más riqueza general cree, el de mercados libres.

Si eso no se hace, es algo que desafiaría a la razón. Sería como el jefe de familia que decide comprar una casa mayor y más lujosa y que, para hacerlo, acepta un empleo en el que tiene un salario menor al actual —algo carente de sentido.

La situación se agrava ahora debido a opiniones que proponen dejar de lado la idea de crecimiento económico —eso que ha sido llamado el anti-growth lobby— . Si lo que se propone es dejar de crecer, eso son las peores noticias que pueden recibir los proponentes del estado de bienestar al significarles secar la única fuente de financiamiento posible.

Mi intención, en esta columna, fue el llamar la atención sobre los muy altos costos del estado de bienestar, apuntando que sí quiere tener solidez en el largo plazo necesitará implantar el mejor sistema de creación de riqueza que se conoce, los mercados libres.

Además, llega a ser patológico que el estado de bienestar sirva para comprar votos, como cuando se prometen “dentaduras gratis para jubilados, operaciones de cataratas y entradas gratis en cines y trenes”.

No, el estado de bienestar no es gratuito, muy lejos de eso.

Nota del Editor

Si le gustó la columna, seguramente también Estado de Bienestar: Imposible.

No resisto apuntar un efecto poco examinado del estado de bienestar y que lo vuelve aún más inestable:

«Lo que, contrariamente, ha sucedido, es que nuestros contemporáneos, acostumbrados a tener cubiertas, sin esfuerzo, todas sus necesidades básicas, desde la cuna hasta la tumba, han perdido el amor al riesgo y a la aventura, creadora de riqueza. Preso de una paralizante excesiva seguridad, el hombre de hoy se desinteresa progresivamente de su contribución al desarrollo de la sociedad, lo que conduce a instituciones cada vez más ineficaces y anquilosadas. En esta situación, lo único que subsiste es la ambición por el enriquecimiento rápido y sin esfuerzo, fomentando la corrupción y el empleo de toda clase de artes torcidas para lograrlo» Liberalismo. org

El reconocer una “crisis financiera” del estado de bienestar, sería ya un adelanto —ella ha sido explicada así:

«[…] en poco años el volumen de gasto que engendra superará ampliamente a los ingresos vinculados al mismo, de modo que el sistema estará en una situación técnica de quiebra, ya que los activos del sistema […] serán inferiores a sus pasivos[…]» IESE, Universidad de Navarra

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